Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos
(Canto XI, versos 537 á 539.)
531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo á los caballos de hermosas crines. Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por entre teucros y dánaos el ligero carro, pisando cadáveres y escudos; el eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no dejaba la lanza quieta, recorría las filas de aquéllos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el encuentro con Ayax Telamonio, porque Jove se irritaba contra él siempre que combatía con un guerrero más valiente.
544 El padre Júpiter, que tiene su trono en las alturas, infundió temor en Ayax y éste se quedó atónito, se echó á la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, paseó su mirada por la turba, como una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando á paso lento. Como los canes y pastores ahuyentan del boíl á un tostado león, y vigilando toda la noche, no le dejan llegar á los pingües bueyes; y el león, ávido de carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre él multitud de venablos arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y cuando empieza á clarear el día, se marcha la fiera con ánimo afligido; así Ayax se alejaba entonces de los teucros, contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las naves aqueas. De la suerte que un tardo asno se acerca á un campo, y venciendo la resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en él y destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca, sólo consiguen echarlo con trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma manera los animosos troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras perseguían al gran Ayax, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayax unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía las falanges de los teucros, domadores de caballos; otras, tornaba á huir; y moviéndose con furia entre los teucros y los aqueos, conseguía que los enemigos no se encaminasen á las naves. Las lanzas que manos audaces despedían, se clavaban en el gran escudo ó caían en el suelo delante del héroe, codiciosas de su carne.
575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vió que Ayax estaba tan abrumado por los tiros, se colocó á su lado, arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, á Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor las rodillas. Corrió en seguida hacia él y se puso á quitarle la armadura. Pero advirtiólo Alejandro, y disparando la ballesta contra Eurípilo logró herirle en el muslo derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el muslo del guerrero. Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar la muerte; y dando grandes voces, decía á los dánaos:
587 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved la cara al enemigo, y librad de la muerte á Ayax que está abrumado por los tiros y no creo que escape con vida del horrísono combate. Rodead al gran Ayax, hijo de Telamón.»
592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos se colocaron junto al mismo con los escudos sobre los hombros y las picas levantadas. Ayax, apenas se juntó con sus compañeros, detúvose y volvió la cara á los teucros. Y siguieron combatiendo con el ardor de encendido fuego.
597 En tanto, las yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del combate á Néstor y á Macaón, pastor de pueblos. Reconoció al último el divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde lo alto de la ingente nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó, desde allí mismo, á Patroclo, su compañero: oyóle éste, y, parecido á Marte, salió de la tienda. Tal fué el origen de su desgracia. El esforzado hijo de Menetio habló el primero, diciendo:
606 «¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?» Respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
608 «¡Noble hijo de Menetio, carísimo á mi corazón! Ahora espero que los aquivos vendrán á suplicarme y se postrarán á mis plantas, porque no es llevadera la necesidad en que se hallan. Pero ve Patroclo, caro á Júpiter, y pregunta á Néstor quién es el herido que saca del combate. Por la espalda tiene gran parecido con Macaón, hijo de Esculapio, pero no le vi el rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes, pasaron rápidamente por mi lado.»