616 Dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fué corriendo á las tiendas y naves aqueas.
618 Cuando aquéllos hubieron llegado á la tienda del Nelida, descendieron del carro al almo suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón dejaron secar el sudor que mojaba sus lorigas, poniéndose al soplo del viento en la orilla del mar; y penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces les preparó una mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del magnánimo Arsínoo, que el anciano se había llevado de Ténedos cuando Aquiles entró á saco esta ciudad: los aqueos se la adjudicaron á Néstor, que á todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de bronce con cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y sacra harina de flor, y una bella copa guarnecida de áureos clavos que el anciano se llevara de su palacio y tenía cuatro asas—cada una entre dos palomas de oro—y dos sustentáculos. Á otro anciano le hubiese sido difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa, pero Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía una diosa, les preparó la bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la mezcla con blanca harina y les invitó á beber así que tuvo compuesta la mixtura. Ambos bebieron, y apagada la abrasadora sed, se entregaban al deleite de la conversación cuando Patroclo, varón igual á un dios, apareció en la puerta. Vióle el anciano; y levantándose del vistoso asiento, le asió de la mano, le hizo entrar y le rogó que se sentara; pero Patroclo se excusó diciendo:
648 «No puedo sentarme, anciano alumno de Júpiter; no lograrás convencerme. Respetable y temible es quien me envía á preguntar á cuál guerrero trajiste herido; pero ya lo sé, pues estoy viendo á Macaón, pastor de hombres. Voy á llevar, como mensajero, la noticia á Aquiles. Bien sabes tú, anciano alumno de Júpiter, lo violento que es aquel hombre y cuán pronto culparía hasta á un inocente.»
655 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «¿Cómo es que Aquiles se compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No sabe en qué aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de cerca y otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fué herido el poderoso Diomedes Tidida; con la pica, Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón; á Eurípilo flecháronle en el muslo, y acabo de sacar del combate á este otro, herido también por una saeta que el arco despidiera. Pero Aquiles, á pesar de su valentía, ni se cura de los dánaos ni se apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves sean devoradas por el fuego enemigo en la orilla del mar, sin que los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de otros sucumbamos todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda surgida entre los eleos y los pilios por el robo de bueyes, maté á Itimoneo, hijo valiente de Hipéroco, que vivía en la Élide, y tomé represalias. Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra entre los primeros, herido por el dardo que le arrojara mi mano, y los demás campesinos huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido botín: cincuenta vacadas, otras tantas manadas de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos rebaños copiosos de cabras y ciento cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros. Aquella misma noche lo llevamos á Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su corazón de que me correspondiera una gran parte, á pesar de ser yo tan joven cuando fuí al combate. Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos aquellos á quienes se les debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues como en Pilos éramos pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido el fornido Hércules, que nos maltrató y dió muerte á los principales ciudadanos. De los doce hijos de Neleo, tan sólo yo quedé con vida; todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de broncíneas lorigas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros inicuas acciones.—El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes y otro de trescientas cabras con sus pastores, por la gran deuda que tenía que cobrar en la divina Élide: había enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos, uncidos á un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode. Y Augías, rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fué triste por lo ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogió muchas cosas y dió lo restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su respectiva porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios á los dioses.—Tres días después se presentaron muchos epeos con carros tirados por solípedos caballos y toda la hueste reunida; y entre sus guerreros figuraban ambos Molíones, que entonces eran niños y no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así que hubieron atravesado la llanura, Minerva descendió presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos las armas, y no halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos de combatir. Á mí, Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió los caballos, no teniéndome por suficientemente instruído en las cosas de la guerra. Y con todo eso, sobresalí, siendo infante, entre los nuestros, que combatían en carros; pues fué Minerva la que me llevó al combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en el mar cerca de Arena: allí los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la divinal Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura, marchamos, llegando al mediodía á la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos sacrificios al prepotente Júpiter, inmolamos un toro al Alfeo, otro á Neptuno y una gregal vaca á Minerva, la de los brillantes ojos; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la armadura puesta, á orillas del río. Los magnánimos epeos estrechaban el cerco de la ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les presentó una gran acción de guerra. Cuando el resplandeciente sol apareció en lo alto, trabamos la batalla, después de orar á Júpiter y á Minerva. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fuí el primero que mató á un hombre, al belicoso Mulio, cuyos solípedos corceles me llevé. Era este guerrero yerno de Augías, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas drogas produce la vasta tierra. Y acercándome á él, le envasé la broncínea lanza, le derribé en el polvo, salté á su carro y me coloqué entre los combatientes delanteros. Los magnánimos epeos huyeron en desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que mandaba á los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme á ellos cual obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi lanza y haciendo morder la tierra á los dos guerreros que en cada uno venían; y hubiera matado á entrambos Molíones Actóridas, si su padre, el poderoso Neptuno, que conmueve la tierra, no los hubiese salvado, envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces Júpiter concedió á los pilios una gran victoria. Perseguimos á los eleos por la espaciosa llanura, matando hombres y recogiendo magníficas armas, hasta que nuestros corceles nos llevaron á Buprasio, la roca Olenia y Alisio, al sitio llamado la colina, donde Minerva hizo que el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que maté. Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles á Pilos, todos daban gracias á Júpiter entre los dioses y á Néstor entre los hombres. Tal era yo entre los guerreros, si todo no ha sido un sueño.—Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él mismo, y creo que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército perezca. ¡Oh amigo! Menetio te hizo un encargo el día en que te envió desde Ptía á Agamenón; estábamos en el palacio con el divino Ulises y oímos cuanto aquél te dijo. Nosotros, que entonces reclutábamos tropas en la fértil Acaya, habíamos llegado al palacio de Peleo, que abundaba de gente, donde encontramos al héroe Menetio, á ti y á Aquiles. Peleo, el anciano jinete, quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de Júpiter, que se complace en lanzar rayos; y con una copa de oro vertía el negro vino en la ardiente llama, mientras vosotros preparabais la carne de los bueyes. Nos detuvimos en el vestíbulo; Aquiles se levantó sorprendido, y cogiéndonos de la mano nos introdujo, nos hizo sentar y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer con los forasteros. Satisficimos de bebida y de comida al apetito, y empecé á exhortaros para que os vinierais con nosotros; ambos lo anhelabais y vuestros padres os daban muchos consejos. El anciano Peleo recomendaba á su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera entre los demás, y á su vez Menetio, hijo de Áctor, te aconsejaba así: ¡Hijo mío! Aquiles te aventaja por su abolengo, pero tú le superas en edad, aquél es mucho más fuerte, pero hazle prudentes advertencias, amonéstale é instrúyele y te obedecerá para su propio bien. Así te aconsejaba el anciano, y tú lo olvidas. Pero aún podrías recordárselo al aguerrido Aquiles y quizás lograras persuadirle. ¿Quién sabe si con la ayuda de algún dios conmoverías su corazón? Gran fuerza tiene la exhortación de un amigo. Y si se abstiene de combatir por algún vaticinio que su madre enterada por Jove le ha revelado, que á lo menos te envíe á ti con los demás mirmidones, por si llegas á ser la aurora de salvación de los dánaos, y te permita llevar en el combate su magnífica armadura para que los teucros te confundan con él y cesen de pelear, los belicosos aqueos que tan abatidos están se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Vosotros que no os halláis extenuados de fatiga, rechazaríais fácilmente de las naves y tiendas hacia la ciudad á esos hombres que de pelear están cansados.»
804 Dijo, y conmovióle el corazón. Patroclo fuése corriendo por entre las naves para volver á la tienda de Aquiles Eácida. Mas cuando llegó á los bajeles del divino Ulises—allí se celebraban las juntas y se administraba justicia ante los altares erigidos á los dioses—regresaba del combate, cojeando, el noble Eurípilo Evemónida, que había recibido un flechazo en el muslo: abundante sudor corría por su cabeza y sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su inteligencia permanecía firme. Vióle el esforzado hijo de Menetio, se compadeció de él, y suspirando dijo estas aladas palabras:
816 «¡Ah infelices caudillos y príncipes de los dánaos! ¡Así debíais en Troya, lejos de los amigos y de la patria, saciar con vuestra blanca grasa á los ágiles perros! Pero dime, héroe Eurípilo, alumno de Júpiter: ¿Podrán los aqueos sostener el ataque del ingente Héctor, ó perecerán vencidos por su lanza?»
822 Respondióle Eurípilo herido: «¡Patroclo, de jovial linaje! Ya no hay defensa para los aqueos que corren á refugiarse en las negras naves. Cuantos fueron hasta aquí los más valientes, yacen en sus bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por los teucros, cuya fuerza va en aumento. Pero, ¡sálvame! Llévame á la negra nave, arráncame la flecha del muslo, lava con agua tibia la negra sangre que fluye de la herida y ponme en ella drogas calmantes y salutíferas que, según dicen, te dió á conocer Aquiles, instruído por Quirón, el más justo de los Centauros. Pues de los dos médicos, Podalirio y Macaón, el uno creo que está herido en su tienda, y á su vez necesita de un buen médico, y el otro sostiene vivo combate en la llanura troyana.»
837 Contestó el esforzado hijo de Menetio: «¿Cómo acabará esto? ¿Qué haremos, héroe Eurípilo? Iba á decir al aguerrido Aquiles lo que Néstor gerenio, protector de los aqueos, me encargó; pero no te dejaré así, abrumado por el dolor.»
842 Dijo; y cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llevólo á la tienda. El escudero, al verlos venir, extendió en el suelo pieles de buey. Patroclo recostó en ellas á Eurípilo y sacó del muslo, con la daga, la aguda y acerba flecha; y después de lavar con agua tibia la negra sangre, espolvoreó la herida con una raíz amarga y calmante que previamente había desmenuzado con la mano. La raíz calmó el dolor, secóse la herida y la sangre dejó de correr.