162 «¡Padre Júpiter! Muy falaz te has vuelto, pues yo no esperaba que los héroes aqueos opusieran resistencia á nuestro valor é invictas manos. Como las abejas ó las flexibles avispas que han anidado en fragoso camino y no abandonan su hueca morada al acercarse los cazadores, sino que luchan por los hijuelos; así aquéllos, con ser dos solamente, no quieren retirarse de las puertas mientras no perezcan, ó la libertad no pierdan.»
173 Tal dijo; pero sus palabras no cambiaron la mente de Jove, que deseaba conceder tal gloria á Héctor.
Los corceles no se atrevían á pasar el foso y parados en el borde relinchaban
(Canto XII, versos 50 á 53.)
175 Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil, no siendo un dios, contarlo todo. Por doquiera ardía el combate al pie del lapídeo muro; los argivos, aunque llenos de angustia, veíanse obligados á defender las naves; y estaban apesarados todos los dioses que en la guerra protegían á los dánaos. Entonces fué cuando los lapitas empezaron el combate y la refriega.
182 El fuerte Polipetes, hijo de Pirítoo, hirió á Dámaso con la lanza á través del casco de broncíneas carrilleras: el casco de bronce no detuvo á aquélla cuya punta, de bronce también, rompió el hueso; conmovióse el cerebro, y el guerrero sucumbió mientras combatía con denuedo. Aquél mató luego á Pilón y á Órmeno. Leonteo, hijo de Antímaco y vástago de Marte, arrojó un dardo á Hipómaco y se lo clavó junto al ceñidor; luego desenvainó la aguda espada, y acometiendo por en medio de la muchedumbre á Antífates, le hirió y le tumbó de espaldas; y después derribó sucesivamente á Menón, Yámeno y Orestes, que fueron cayendo al almo suelo.
195 Mientras ambos héroes quitaban á los muertos las lucientes armas, adelantaron la marcha con Polidamante y Héctor los más y más valientes de los jóvenes, que sentían un vivo deseo de romper el muro y pegar fuego á las naves. Pero detuviéronse indecisos en la orilla del foso, cuando ya se disponían á atravesarlo, por haber aparecido encima de ellos y á su derecha una ave agorera: Un águila de alto vuelo, llevando en las garras un enorme dragón sangriento, vivo, palpitante, que no había olvidado la lucha, pues encorvándose hacia atrás hirióla en el pecho, cerca del cuello. El águila, penetrada de dolor, dejó caer el dragón en medio de la turba; y chillando, voló con la rapidez del viento. Los teucros estremeciéronse al ver la manchada sierpe, prodigio de Júpiter, que lleva la égida. Entonces acercóse Polidamante al audaz Héctor, y le dijo:
211 «¡Héctor! Siempre me increpas en las juntas, aunque lo que proponga sea bueno; mas no es decoroso que un ciudadano hable en las reuniones ó en la guerra contra lo debido, sólo para acrecentar tu poder. También ahora he de manifestar lo que considero conveniente. No vayamos á combatir con los dánaos cerca de las naves. Creo que nos ocurrirá lo que diré si vino realmente para los teucros, cuando deseaban atravesar el foso, esta ave agorera: Un águila de alto vuelo, á la derecha, llevando en las garras un enorme dragón sangriento y vivo, que hubo de soltar pronto antes de llegar al nido y darlo á los polluelos. De semejante modo, si con gran ímpetu rompemos ahora las puertas y el muro, y los aqueos retroceden, luego no nos será posible volver de las naves en buen orden por el mismo camino; y dejaremos á muchos teucros tendidos en el suelo, á los cuales los aquivos, combatiendo en defensa de sus naves, habrán matado con las broncíneas armas. Así lo interpretaría un augur que, por ser muy entendido en prodigios, mereciera la confianza del pueblo.»
230 Encarándole la torva vista, respondió Héctor, de tremolante casco: «¡Polidamante! No me place lo que propones y podías haber pensado algo mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho perder el juicio; pues me aconsejas que, olvidando las promesas que Júpiter tonante me hizo y ratificó luego, obedezca á las aves aliabiertas, de las cuales no me cuido ni en ellas paro mientes, sea que vayan hacia la derecha por donde aparecen la Aurora y el Sol, sea que se dirijan á la izquierda, al tenebroso ocaso. Confiemos en las promesas del gran Júpiter que reina sobre todos, mortales é inmortales. El mejor agüero es este: combatir por la patria. ¿Por qué te dan miedo el combate y la pelea? Aunque los demás fuéramos muertos en las naves argivas, no debieras temer por tu vida; pues ni tu corazón es belicoso, ni te permite aguardar á los enemigos. Y si dejas de luchar, ó con tus palabras logras que otro se abstenga, pronto perderás la vida, herido por mi lanza.»