251 Dijo, y echó á andar. Siguiéronle todos con fuerte gritería, y Júpiter, que se complace en lanzar rayos, enviando desde los montes ideos un viento borrascoso, levantó gran polvareda en las naves, abatió el ánimo de los aqueos, y dió gloria á los teucros y á Héctor, que, fiados en las prodigiosas señales del dios y en su propio valor, intentaban romper la gran muralla aquea. Arrancaban las almenas de las torres, demolían los parapetos y derribaban los zócalos salientes que los aqueos habían hecho estribar en el suelo para que sostuvieran las torres. También tiraban de éstas, con la esperanza de romper el muro de los aqueos. Mas los dánaos no les dejaban libre el camino; y protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí á los enemigos que al pie de la muralla se encontraban.
265 Los dos Ayaces recorrían las torres, animando á los aqueos y excitando su valor; á todas partes iban, y á uno le hablaban con suaves palabras y á otro le reñían con duras frases porque flojeaba en el combate:
269 «¡Amigos, ya seais preeminentes, mediocres ó los peores, pues los hombres no son iguales en la guerra! Ahora el trabajo es común á todos y vosotros mismos lo conocéis. Que nadie se vuelva atrás, hacia los bajeles, por oir las amenazas de un teucro; id adelante y animaos mutuamente por si Júpiter olímpico, fulminador, nos permite rechazar el ataque y perseguir á los enemigos hasta la ciudad.»
277 Dando tales voces animaban á los aqueos para que combatieran. Cuan espesos caen los copos de nieve cuando en el invierno Júpiter decide nevar, mostrando sus armas á los hombres; y adormeciendo á los vientos, nieva incesantemente hasta que cubre las cimas y los riscos de los montes más altos, las praderas cubiertas de loto y los fértiles campos cultivados por el hombre; y la nieve se extiende por los puertos y playas del espumoso mar, y únicamente la detienen las olas, pues todo lo restante queda cubierto cuando arrecia la nevada de Júpiter: así, tan espesas, volaban las piedras por ambos lados, las unas hacia los teucros y las otras de éstos á los aqueos, y el estrépito se elevaba sobre todo el muro.
290 Mas los teucros y el esclarecido Héctor no habrían roto aún las puertas de la muralla y el gran cerrojo, si el próvido Júpiter no hubiese incitado á su hijo Sarpedón contra los argivos, como á un león contra bueyes de retorcidos cuernos. Sarpedón levantó el escudo liso, hermoso, protegido por planchas de bronce, obra de un broncista que sujetó muchas pieles de buey con varitas de oro prolongadas por ambos lados hasta el borde circular; alzando, pues, la rodela y blandiendo un par de lanzas, se puso en marcha como el montaraz león que en mucho tiempo no ha probado la carne y su ánimo audaz le impele á acometer un rebaño de ovejas yendo á la alquería sólidamente construída; y aunque en ella encuentre hombres que, armados con venablos y provistos de perros, guardan las ovejas, no quiere que le echen del establo sin intentar el ataque, hasta que saltando dentro, ó consigue hacer presa ó es herido por un venablo que ágil mano le arroja; del mismo modo, el deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo á asaltar el muro y destruir los parapetos. Y en seguida dijo á Glauco, hijo de Hipóloco:
310 «¡Glauco! ¿Por qué á nosotros nos honran en la Licia con asientos preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como á dioses, y poseemos campos grandes y magníficos á orillas del Janto, con viñas y tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los más avanzados y nos lancemos á la ardiente pelea, para que diga alguno de los licios, armados de fuertes corazas: No sin gloria imperan nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al frente de los licios. ¡Oh amigo! Ojalá que huyendo de esta batalla, nos libráramos de la vejez y de la muerte, pues ni yo me batiría en primera fila, ni te llevaría á la lid, donde los varones adquieren gloria; pero como son muchas las muertes que penden sobre los mortales, sin que éstos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos gloria á alguien, ó alguien nos la dará á nosotros.»
329 Así dijo; y Glauco ni retrocedió ni fué desobediente. Ambos fueron adelante en línea recta, siguiéndoles la numerosa tropa de los licios.
331 Estremecióse al advertirlo Menesteo, hijo de Peteo, pues se encaminaban hacia su torre, llevando consigo la ruina. Ojeó la cohorte de los aqueos, por si divisaba á algún jefe que librara del peligro á los compañeros, y distinguió á entrambos Ayaces, incansables en el combate, y á Teucro, recién salido de la tienda, que se hallaban cerca. Pero no podía hacerse oir por más que gritara, porque era tanto el estrépito que el ruido de los escudos al parar los golpes, el de los cascos guarnecidos con crines de caballo, y el de las puertas, llegaba al cielo; todas las puertas se hallaban cerradas, y los teucros, detenidos por las mismas, intentaban penetrar rompiéndolas á viva fuerza. Y Menesteo decidió enviar á Tootes, el heraldo, para que llamase á Ayax:
343 «Ve, divino Tootes, y llama corriendo á Ayax ó mejor á los dos; esto sería preferible, pues pronto habrá aquí gran estrago. ¡Tal carga dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos en las encarnizadas peleas! Y si también allí se ha promovido recio combate, venga por lo menos el esforzado Ayax Telamonio y sígale Teucro, excelente arquero.»
351 Tal dijo; y el heraldo oyóle y no desobedeció. Fuése corriendo á lo largo del muro de los aqueos, de broncíneas lorigas; se detuvo cerca de los Ayaces, y les habló en estos términos: