445 Héctor cogió entonces una piedra de ancha base y aguda punta que había delante de la puerta: dos de los más forzudos hombres del pueblo, tales como son hoy, con dificultad hubieran podido cargarla en un carro; pero aquél la manejaba fácilmente, porque el hijo del artero Saturno la volvió liviana. Bien así como el pastor lleva en una mano el vellón de un carnero, sin que el peso le fatigue; Héctor, alzando la piedra, la conducía hacia las tablas que fuertemente unidas formaban las dos hojas de la alta puerta y estaban aseguradas por dos cerrojos puestos en dirección contraria, que abría y cerraba una sola llave. Héctor se detuvo delante de la puerta, separó los pies, y, estribando en el suelo para que el golpe no fuese débil, arrojó la piedra al centro de aquélla: rompiéronse ambos quiciales, cayó la piedra dentro por su propio peso, recrujieron las tablas, y como los cerrojos no ofrecieron bastante resistencia, desuniéronse las hojas y cada una se fué por su lado, al impulso de la piedra. El esclarecido Héctor, que por su aspecto á la rápida noche semejaba, saltó al interior: el bronce relucía de un modo terrible en torno de su cuerpo, y en la mano llevaba dos lanzas. Nadie, á no ser un dios, hubiera podido salirle al encuentro y detenerle cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban como el fuego. Y volviéndose á la tropa, alentaba á los teucros para que pasaran la muralla. Obedecieron, y mientras unos asaltaban el muro, otros afluían á las bien construídas puertas. Los dánaos refugiáronse en las cóncavas naves y se promovió un gran tumulto.
Neptuno, compadecido de los aqueos, sube á su carro y lo guía hacia las naves griegas
CANTO XIII
BATALLA JUNTO Á LAS NAVES
1 Cuando Jove hubo acercado á Héctor y los teucros á las naves, dejó que sostuvieran el trabajo y la fatiga de la batalla; y desviando de los mismos los ojos refulgentes, miraba á lo lejos la tierra de los tracios, diestros jinetes; de los misios, que combaten de cerca; de los ilustres hipomolgos, que se alimentan con leche; y de los abios, los más justos de los hombres. Y ya no volvió á poner los brillantes ojos en Troya, porque su corazón no temía que inmortal alguno fuera á socorrer ni á los teucros ni á los dánaos.
10 Pero no en vano el poderoso Neptuno, que bate la tierra, estaba al acecho en la cumbre más alta de la selvosa Samotracia, contemplando la lucha y la pelea. Desde allí se divisaba todo el Ida, la ciudad de Príamo y las naves aqueas. En aquel sitio habíase sentado Neptuno al salir del mar, y compadecía á los aqueos, vencidos por los teucros, á la vez que cobraba gran indignación contra Júpiter.
17 Pronto Neptuno bajó del escarpado monte con ligera planta; las altas colinas y las selvas temblaban bajo los pies inmortales, mientras el dios iba andando. Dió tres pasos, y al cuarto arribó al término de su viaje, á Egas; allí, en las profundidades del mar, tenía palacios magníficos, de oro, resplandecientes é indestructibles. Luego que hubo llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas crines que volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada túnica, tomó el látigo de oro hecho con arte, subió al carro y lo guió por cima de las olas. Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus latebras reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los ágiles caballos con apresurado vuelo, sin dejar que el eje de bronce se mojara, conducían á Neptuno hacia las naves aqueas.
32 Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y la escabrosa Imbros; y al llegar á la misma, Neptuno, que bate la tierra, detuvo los bridones, desunciólos del carro, dióles á comer un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles é indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su regreso, y se fué al ejército de los aquivos.