39 Los teucros, semejantes á una llama ó á una tempestad y poseídos de marcial furor, seguían apiñados á Héctor Priámida con alboroto y vocerío; y tenían esperanzas de tomar las naves y matar entre las mismas á todos los aqueos.

43 Mas Neptuno, que ciñe y bate la tierra, asemejándose á Calcas en el cuerpo y en la voz infatigable, incitaba á los argivos desde que salió del profundo mar, y dijo á los Ayaces, que ya estaban deseosos de combatir:

47 «¡Ayaces! Vosotros salvaréis á los aqueos si os acordáis de vuestro valor y no de la fuga horrenda. No me ponen en cuidado las audaces manos de los teucros que asaltaron en tropel la gran muralla, pues á todos resistirán los aqueos, de hermosas grebas; pero es de temer, y mucho, que padezcamos algún daño en esta parte donde aparece á la cabeza de los suyos el rabioso Héctor, semejante á una llama, el cual blasona de ser hijo del prepotente Júpiter. Una deidad levante el ánimo en vuestro pecho para resistir firmemente y exhortar á los demás; con esto podríais rechazar á Héctor de las naves, de ligero andar, por furioso que estuviera y aunque fuese el mismo Olímpico quien le instigara.»

59 Dijo así Neptuno, que ciñe y bate la tierra; y tocando á entrambos con el cetro, llenóles de fuerte vigor y agilitóles todos los miembros y especialmente los pies y las manos. Y como el gavilán de ligeras alas se arroja desde altísima y abrupta peña, enderezando el vuelo á la llanura para perseguir á un ave; de aquel modo apartóse de ellos Neptuno, que bate la tierra. El primero que le reconoció fué el ágil Ayax de Oileo, quien dijo al momento á Ayax, hijo de Telamón:

68 «¡Ayax! Un dios del Olimpo nos instiga, transfigurado en adivino, á pelear cerca de las naves; pues ése no es Calcas, el inspirado augur: he observado las huellas que dejan sus plantas y su andar, y á los dioses se les reconoce fácilmente. En mi pecho el corazón siente un deseo más vivo de luchar y combatir, y mis manos y pies se mueven con impaciencia.»

76 Respondió Ayax Telamonio: «También á mí se me enardecen las audaces manos en torno de la lanza y mi fuerza aumenta y mis pies saltan, y deseo batirme con Héctor Priámida, cuyo furor es insaciable.»

81 Así éstos conversaban, alegres por el bélico ardor que una deidad puso en sus corazones.

83 En tanto, Neptuno, que ciñe la tierra, animaba á los aqueos de las últimas filas, que junto á las veleras naves reparaban las fuerzas. Tenían los miembros relajados por el penoso cansancio, y se les llenó el corazón de pesar cuando vieron que los teucros asaltaban en tropel la gran muralla: contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas, y no creían escapar de aquel peligro. Pero Neptuno, que bate la tierra, intervino y reanimó fácilmente las esforzadas falanges. Fué primero á incitar á Teucro, Leito, el héroe Penéleo, Toante, Deípiro, Meriones y Antíloco, aguerridos campeones; y para alentarlos, les dijo estas aladas palabras:

95 «¡Qué vergüenza, argivos, jóvenes adolescentes! Figurábame que peleando conseguiríais salvar las naves; pero si cejáis en el funesto combate, ya luce el día en que sucumbiremos á manos de los teucros. ¡Oh dioses! Veo con mis ojos un prodigio grande y terrible que jamás pensé que llegara á realizarse. ¡Venir los troyanos á nuestros bajeles! Parecíanse antes á las medrosas ciervas que vagan por el monte, débiles y sin fuerza para la lucha, y son el pasto de chacales, panteras y lobos; semejantes á ellas, nunca querían los teucros afrontar á los aqueos, ni osaban resistir su valor y sus manos. Y ahora pelean lejos de la ciudad, junto á los bajeles, por la culpa del jefe y la indolencia de los hombres que, no obrando de acuerdo con él, se niegan á defender los navíos, de ligero andar, y reciben la muerte cerca de los mismos. Mas, aunque el poderoso Agamenón sea el verdadero culpable de todo, porque ultrajó al Pelida de pies ligeros, en modo alguno nos es lícito dejar de combatir. Remediemos con presteza el mal, que la mente de los buenos es aplacable. No es decoroso que decaiga vuestro impetuoso valor, siendo como sois los más valientes del ejército. Yo no increparía á un hombre tímido porque se abstuviera de pelear; pero contra vosotros se enciende en ira mi corazón. ¡Oh cobardes! Con vuestra indolencia, haréis que pronto se agrave el mal. Poned en vuestros pechos vergüenza y pundonor, ahora que se promueve esta gran contienda. Ya el fuerte Héctor, valiente en la pelea, batalla cerca de las naves y ha roto las puertas y el gran cerrojo.»

125 Con tales amonestaciones, el que ciñe la tierra instigó á los aqueos. Rodeaban á los Ayaces fuertes falanges que hubieran declarado irreprochables Marte y Minerva, que enardece á los guerreros, si por ellas se hubiesen entrado. Los tenidos por más valientes aguardaban á los teucros y al divino Héctor, y las astas y los escudos se tocaban en las cerradas filas: la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro yelmo, cada hombre en su vecino, y chocaban los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los cascos cuando alguien inclinaba la cabeza. ¡Tan apiñadas estaban las filas! Cruzábanse las lanzas, que blandían audaces manos, y ellos deseaban arremeter á los enemigos y trabar la pelea.