136 Los teucros acometieron unidos, siguiendo á Héctor que deseaba ir en derechura á los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una cumbre y lleva consigo la ruina, porque se ha desgajado, cediendo á la fuerza de torrencial avenida causada por la mucha lluvia, y desciende dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura hasta el llano, y allí se detiene, á pesar de su ímpetu; de igual modo, Héctor amenazaba con atravesar fácilmente por las tiendas y naves aqueas, matando siempre, y no detenerse hasta el mar; pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un violento choque. Los aqueos le afrontaron; procuraron herirle con las espadas y lanzas de doble filo, y apartáronle de ellos; de suerte que fué rechazado, y tuvo que retroceder. Y con voz penetrante, gritó á los teucros:
150 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! Persistid en el ataque; pues los aqueos no resistirán largo tiempo, aunque se hayan formado en columna cerrada; y creo que mi lanza les hará retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el dios más poderoso, el tonante esposo de Juno.»
Neptuno guiaba el carro por cima de las olas y los cetáceos saltaban, reconociendo á su rey
(Canto XIII, versos 27 á 28.)
155 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Entre los teucros iba muy ufano Deífobo Priámida, que se adelantaba, ligero y se cubría con el liso escudo. Meriones arrojóle una reluciente lanza, y no erró el tiro: acertó á dar en la rodela hecha de pieles de toro, sin conseguir atravesarla, porque aquélla se rompió en la unión del asta con el hierro. Deífobo apartó de sí el escudo, temiendo la lanza del aguerrido Meriones; y este héroe retrocedió al grupo de sus amigos, muy disgustado, así por la victoria perdida, como por la rotura del arma, y luego se encaminó á las tiendas y naves aqueas para tomar otra de las que en su bajel tenía.
169 Los demás batallaban, y una vocería inmensa se dejaba oir. Teucro Telamonio fué el primero que mató á un hombre, al belígero Imbrio, hijo de Méntor, rico en caballos. Antes de llegar los aquivos, Imbrio moraba en Pedeo con su esposa Medesicasta, hija bastarda de Príamo; mas cuando las corvas naves de los dánaos aportaron en Ilión, volvió á la ciudad, descolló entre los teucros y vivió en el palacio de Príamo, que le honraba como á sus propios hijos. Entonces el hijo de Telamón hirióle debajo de la oreja con la gran lanza, que retiró en seguida; y el guerrero cayó como el fresno nacido en una cumbre que desde lejos se divisa, cuando es cortado por el bronce y vienen al suelo sus tiernas hojas. Así cayó Imbrio, y sus armas, de labrado bronce, resonaron. Teucro acudió corriendo, movido por el deseo de quitarle la armadura; pero Héctor le tiró una reluciente lanza; viólo aquél y hurtó el cuerpo, y la broncínea punta se clavó en el pecho de Anfímaco, hijo de Ctéato Actorión, que acababa de entrar en combate. El guerrero cayó con estrépito, y sus armas resonaron. Héctor fué presuroso á quitarle al magnánimo Anfímaco el casco que llevaba adaptado á las sienes; Ayax levantó, á su vez, la reluciente lanza contra Héctor, y si bien no pudo hacerla llegar á su cuerpo, protegido todo por horrendo bronce, dióle un bote en medio del escudo, y rechazó al héroe con gran ímpetu; éste dejó los cadáveres y los aqueos los retiraron. Estiquio y el divino Menesteo, caudillos atenienses, llevaron á Anfímaco al campamento aqueo; y los dos Ayaces, que siempre anhelaban la impetuosa pelea, levantaron el cadáver de Imbrio. Como dos leones que, habiendo arrebatado una cabra de los agudos dientes de los perros, la llevan en la boca por los espesos matorrales, en alto, levantada de la tierra; así los belicosos Ayaces, alzando el cuerpo de Imbrio, lo despojaron de las armas; y el hijo de Oileo, irritado por la muerte de Anfímaco, le separó la cabeza del tierno cuello y la hizo rodar por entre la turba, cual si fuese una bola, hasta que cayó en el polvo á los pies de Héctor.
206 Entonces Neptuno, airado en el corazón porque su nieto había sucumbido en la terrible pelea, se fué hacia las tiendas y naves de los aqueos para reanimar á los dánaos y causar males á los teucros. Encontróse con él Idomeneo, famoso por su lanza, que volvía de acompañar á un amigo á quien sacaron del combate porque los teucros le habían herido en la corva con el agudo bronce. Idomeneo, una vez lo hubo confiado á los médicos, se encaminaba á su tienda, con intención de volver á la batalla. Y el poderoso Neptuno, que bate la tierra, díjole, tomando la voz de Toante, hijo de Andremón, que en Pleurón entera y en la excelsa Calidón reinaba sobre los etolos y era honrado por el pueblo cual si fuese un dios:
219 «¡Idomeneo, príncipe de los cretenses! ¿Qué se hicieron las amenazas que los aqueos hacían á los teucros?»
221 Respondió Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Oh Toante! No creo que ahora se pueda culpar á ningún guerrero, porque todos sabemos combatir y nadie está poseído del exánime terror, ni deja por flojedad la funesta batalla; sin duda debe de ser grato al prepotente Saturnio que los aqueos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Mas, oh Toante, puesto que siempre has sido belicoso y sueles animar al que ves remiso, no dejes de pelear y exhorta á los demás.»