231 Contestó Neptuno, que bate la tierra: «¡Idomeneo! No vuelva desde Troya á su patria y venga á ser juguete de los perros, quien en el día de hoy deje voluntariamente de lidiar. Ea, toma las armas y ven á mi lado; apresurémonos, por si, á pesar de estar solos, podemos hacer algo provechoso. Nace una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean débiles; y nosotros somos capaces de luchar con los valientes.»
239 Dichas estas palabras, el dios se entró de nuevo por el combate de los hombres; é Idomeneo, yendo á la bien construída tienda, vistió la magnífica armadura, tomó un par de lanzas y volvió á salir, semejante al encendido relámpago que el Saturnio agita en su mano desde el resplandeciente Olimpo para mostrarlo á los hombres como señal: tanto centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría. Encontróse con él, no muy lejos de la tienda, el valiente escudero Meriones, que iba en busca de una lanza; y el fuerte Diomedes dijo:
249 «¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi compañero más querido! ¿Por qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso estás herido y te agobia puntiaguda flecha? ¿Me traes, quizás, alguna noticia? Pues no deseo quedarme en la tienda, sino pelear.»
254 Respondióle el prudente Meriones: «¡Idomeneo, príncipe de los cretenses, de broncíneas lorigas! Vengo por una lanza, si la hay en tu tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en el escudo del feroz Deífobo.»
259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Si la deseas, hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro, no una sino veinte lanzas, que he quitado á los teucros muertos en la batalla; pues jamás combato á distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas, escudos abollonados, cascos y relucientes lorigas.»
266 Replicó el prudente Meriones: «También poseo en la tienda y en la negra nave muchos despojos de los teucros, mas no están cerca para tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y en el combate, donde los hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde que se traba la batalla. Quizás algún otro de los aqueos de broncíneas lorigas no habrá fijado su atención en mi persona cuando peleo, pero no dudo que tú me has visto.»
274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces: «Sé cuán grande es tu valor. ¿Por qué me refieres estas cosas? Si los más señalados nos reuniéramos junto á las naves para armar una celada, que es donde mejor se conoce la bravura de los hombres y donde fácilmente se distingue al cobarde del animoso—el cobarde se pone demudado, ya de un modo, ya de otro; y como no sabe tener firme ánimo en el pecho, no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta sobre los pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de la muerte y los dientes le crujen; y el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez se ha emboscado, sino que desea que cuanto antes principie el funesto combate,—ni allí podrían reprocharse tu valor y la fuerza de tus brazos. Y si peleando te hirieran de cerca ó de lejos, no sería en la nuca ó en la espalda, sino en el pecho ó en el vientre, mientras fueras hacia adelante con los guerreros más avanzados. Mas, ea, no hablemos de estas cosas, permaneciendo ociosos como unos simples; no sea que alguien nos increpe duramente. Ve á la tienda y toma la fornida lanza.»
295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Marte, entrando en la tienda, cogió una broncínea lanza y fué en seguimiento de Idomeneo, muy deseoso de volver al combate. Como va á la guerra Marte, funesto á los mortales, acompañado del Terror, su hijo querido, fuerte é intrépido, que hasta al guerrero valeroso causa espanto; y los dos se arman y saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los magnánimos flegias, y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino que dan la victoria á uno de ellos; de la misma manera, Meriones é Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban á la batalla, armados de luciente bronce. Y Meriones fué el primero que habló, diciendo:
307 «¡Deucaliónida! ¿Por dónde quieres que penetremos en la turba; por la derecha del ejército, por en medio ó por la izquierda? Pues no creo que los aqueos, de larga cabellera, dejen de pelear en parte alguna.»
311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Hay en el centro quienes defiendan los navíos: los dos Ayaces y Teucro, el más diestro arquero aquivo y esforzado también en el combate á pie firme; ellos se bastan para rechazar á Héctor Priámida por fuerte que sea y por incitado que esté á la batalla. Difícil será, aunque tenga muchos deseos de batirse, que triunfando del valor y de las manos invictas de aquéllos, llegue á incendiar los bajeles; á no ser que el mismo Saturnio arroje una tea encendida en las veleras naves. El gran Ayax Telamonio no cedería á ningún hombre mortal que coma el fruto de Ceres y pueda ser herido con el bronce ó con grandes piedras; ni siquiera se retiraría ante Aquiles, que destruye los escuadrones, en un combate á pie firme; pues en la carrera Aquiles no tiene rival. Vayamos, pues, á la izquierda del ejército, para ver si presto daremos gloria á alguien, ó alguien nos la dará á nosotros.»