446 «¡Deífobo! Ya que tanto te glorías, ¿no te parece que es una buena compensación haber muerto á tres, por uno que perdimos? Ven, hombre admirable, ponte delante y verás quién es el descendiente de Júpiter que aquí ha venido; porque Jove engendró á Minos, protector de Creta, Minos fué padre del eximio Deucalión, y de éste nací yo, que reino sobre muchos hombres en la vasta Creta y vine en las naves para ser una plaga para ti, para tu padre y para los demás teucros.»

455 Así se expresó; y Deífobo vacilaba entre retroceder para que se le juntara alguno de los magnánimos teucros ó atacar él solo á Idomeneo. Parecióle lo mejor ir en busca de Eneas, y le halló entre los últimos; pues siempre estaba irritado con el divino Príamo, que no le honraba como por su bravura merecía. Y deteniéndose á su lado, le dijo estas aladas palabras:

463 «¡Eneas, príncipe de los teucros! Es preciso que defiendas á tu cuñado, si te tomas algún interés por los parientes. Sígueme y vayamos á combatir por tu cuñado Alcátoo, que te crió cuando eras niño y ha muerto á manos de Idomeneo, famoso por su lanza.»

468 Tal fué lo que dijo. Eneas sintió que en el pecho se le conmovía el corazón, y llegóse hacia Idomeneo con grandes deseos de pelear. Éste no se dejó vencer del temor, cual si fuera un niño; sino que le aguardó como el jabalí que, confiando en su fuerza, espera en un paraje desierto del monte el gran tropel de hombres que se avecina, y con las cerdas del lomo erizadas y los ojos brillantes como ascuas, aguza los dientes y se dispone á rechazar la acometida de perros y cazadores: de igual manera Idomeneo, famoso por su lanza, aguardaba sin arredrarse á Eneas, ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero llamaba á sus compañeros, poniendo los ojos en Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones y Antíloco, aguerridos campeones, y los exhortaba con estas aladas palabras:

481 «Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy solo y temo mucho á Eneas, ligero de pies, que contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar hombres en el combate, y se halla en la flor de la juventud, cuando mayor es la fuerza. Si con el ánimo que tengo, fuésemos de la misma edad, pronto le daría ocasión para alcanzar una gran victoria ó él me la proporcionaría á mí.»

487 Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el pecho y los escudos en los hombros, se pusieron á la vera de Idomeneo. También Eneas exhortaba á sus amigos, echando la vista á Deífobo, Paris y el divino Agenor, que eran asimismo capitanes de los teucros. Inmediatamente marcharon las tropas detrás de los jefes, como las ovejas siguen al carnero cuando después del pasto van á beber, y el pastor se regocija en el alma; así se alegró el corazón de Eneas en el pecho, al ver el grupo de hombres que tras él seguía.

496 Pronto trabaron alrededor del cadáver de Alcátoo un combate cuerpo á cuerpo, blandiendo grandes picas; y el bronce resonaba de horrible modo en los pechos al darse botes de lanza los unos á los otros. Dos hombres belicosos y señalados entre todos, Eneas é Idomeneo, iguales á Marte, deseaban herirse recíprocamente con el cruel bronce. Eneas arrojó el primero la lanza á Idomeneo; pero como éste la viera venir, evitó el golpe: la broncínea punta clavóse en tierra, vibrando, y el arma fué echada en balde por el robusto brazo. Idomeneo hundió la suya en el vientre de Enomao y el bronce rompió la concavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el teucro, caído en el polvo, asió el suelo con las manos. Acto continuo, Idomeneo arrancó del cadáver la ingente lanza, pero no le pudo quitar de los hombros la magnífica armadura porque estaba abrumado por los tiros. Como ya no tenía seguridad en sus pies para recobrar la lanza que arrojara, ni para librarse de la que le tiraran, evitaba la cruel muerte combatiendo á pie firme; y no pudiendo tampoco huir con ligereza, retrocedía paso á paso. Deífobo, que constantemente le odiaba, le tiró la lanza reluciente y erró el golpe, pero hirió á Ascálafo, hijo de Marte: la impetuosa lanza se clavó en la espalda, y el guerrero, caído en el polvo, asió el suelo con las manos. Y el ruidoso y furibundo Marte no se enteró de que su hijo hubiese sucumbido en el duro combate porque se hallaba detenido en la cumbre del Olimpo, debajo de áureas nubes, con otros dioses inmortales á quienes Júpiter no permitía que intervinieran en la batalla.

526 La pelea cuerpo á cuerpo se encendió entonces en torno de Ascálafo, á quien Deífobo logró quitar el reluciente casco; pero Meriones, igual al veloz Marte, dió á Deífobo una lanzada en el brazo y le hizo soltar el casco con agujeros á guisa de ojos, que cayó al suelo produciendo ronco sonido. Meriones, abalanzándose á Deífobo con la celeridad del buitre, arrancóle la impetuosa lanza de la parte superior del brazo y retrocedió hasta el grupo de sus amigos. Á Deífobo sacóle del horrísono combate su hermano carnal Polites: abrazándole por la cintura, le condujo adonde tenía los rápidos corceles con el labrado carro, que estaban algo distantes de la batalla, gobernados por un auriga. Ellos llevaron á la ciudad al héroe, que se sentía agotado, daba hondos suspiros y le manaba sangre de la herida que en el brazo acababa de recibir.

540 Los demás combatían y alzaban una gritería inmensa. Eneas, acometiendo á Afareo Caletórida que contra él venía, hirióle en la garganta con la aguda lanza: la cabeza se inclinó á un lado, arrastrando el casco y el escudo, y la muerte destructora rodeó al guerrero. Antíloco, como advirtiera que Toón volvía pie á atrás, arremetió contra él y le hirió: cortóle la vena que, corriendo por el dorso, llega hasta el cuello, y el teucro cayó de espaldas en el polvo y tendía los brazos á los compañeros queridos. Acudió Antíloco y le despojó de la armadura, mirando á todos lados, mientras los teucros iban cercándole é intentaban herirle; mas el ancho y labrado escudo paró los golpes, y ni aun consiguieron rasguñar la tierna piel del héroe, porque Neptuno, que bate la tierra, defendió al hijo de Néstor contra los muchos tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los enemigos, sino que se agitaba en medio de ellos; su lanza, jamás ociosa, siempre vibrante, se volvía á todas partes, y él pensaba en su mente si la arrojaría á alguien, ó acometería de cerca.

560 No se le ocultó á Adamante Asíada lo que Antíloco meditaba en medio de la turba; y acercándosele, le dió con el agudo bronce un bote con el escudo; pero Neptuno, el de cerúlea cabellera, no permitió que quitara la vida á Antíloco, é hizo vano el golpe rompiendo la lanza en dos partes, una de las cuales quedó clavada en el escudo, como estaca consumida por el fuego, y la otra cayó al suelo. Adamante retrocedió hacia el grupo de sus amigos, para evitar la muerte; pero Meriones corrió tras él y arrojóle la lanza, que penetró por entre el ombligo y el pubis, donde son muy peligrosas las heridas que reciben en la guerra los míseros mortales. Allí, pues, se hundió la lanza, y Adamante, cayendo encima de ella, se agitaba como un buey á quien los pastores han atado en el monte con recias cuerdas y llevan contra su voluntad; así aquél, al sentirse herido, se agitó algún tiempo, que no fué largo porque Meriones se le acercó, arrancóle la lanza del cuerpo, y las tinieblas velaron los ojos del guerrero.