576 Heleno dió á Deípiro un tajo en una sien con su gran espada tracia, y le rompió el casco. Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y rodando fué á parar á los pies de un guerrero aquivo que lo alzó de tierra. Á Deípiro, tenebrosa noche le cubrió los ojos.

581 Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao, valiente en el combate; y blandiendo la lanza, arremetió, amenazador, contra el héroe y príncipe Heleno, quien, á su vez, armó la ballesta. Ambos fueron á encontrarse, deseosos el uno de alcanzar al contrario con la aguda lanza, y el otro de herir á su enemigo con la flecha que el arco despidiera. El Priámida dió con la saeta en el pecho de Menelao, donde la coraza presentaba una concavidad; pero la cruel flecha fué rechazada y voló á otra parte. Como en la espaciosa era saltan del bieldo las negruzcas habas ó los garbanzos al soplo sonoro del viento y al impulso del aventador; de igual modo, la amarga flecha, repelida por la coraza del glorioso Menelao, voló á lo lejos. Por su parte Menelao Atrida, valiente en la pelea, hirió á Heleno en la mano en que llevaba el pulimentado arco: la broncínea lanza atravesó la palma y penetró en la ballesta. Heleno retrocedió hasta el grupo de sus amigos, para evitar la muerte; y su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno. El magnánimo Agenor se la arrancó y le vendó la mano con una honda de lana de oveja, bien tejida, que les facilitó el escudero del pastor de hombres.

601 Pisandro embistió al glorioso Menelao. El hado funesto le llevaba al fin de su vida, empujándole para que fuese vencido por ti, oh Menelao, en la terrible pelea. Así que entrambos se hallaron frente á frente, acometiéronse, y el Atrida erró el golpe porque la lanza se le desvió; Pisandro dió un bote en la rodela del glorioso Menelao, pero no pudo atravesar el bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la lanza por el asta cuando aquél se regocijaba en su corazón con la esperanza de salir victorioso. Pero el Atrida desnudó la espada guarnecida de argénteos clavos y asaltó á Pisandro; quien, cubriéndose con el escudo, aferró una hermosa hacha, de bronce labrado, provista de un largo y liso mango de madera de olivo. Acometiéronse, y Pisandro dió un golpe á Menelao en la cimera del yelmo, adornado con crines de caballo, debajo del penacho; y Menelao hundió su espada en la frente del teucro, encima de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos, ensangrentados, cayeron en el polvo, á los pies del guerrero, que se encorvó y vino á tierra. El Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó de la armadura; y blasonando del triunfo, dijo:

620 «¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles corceles, oh teucros soberbios é insaciables de la pelea horrenda! No os basta haberme inferido una vergonzosa afrenta, infames perros, sin que vuestro corazón temiera la ira terrible del tonante Júpiter hospitalario, que algún día destruirá vuestra ciudad excelsa. Os llevasteis, además de muchas riquezas, á mi legítima esposa que os había recibido amigablemente; y ahora deseáis arrojar el destructor fuego en las naves, que atraviesan el ponto, y dar muerte á los héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar al combate, aunque tan enardecidos os mostréis. ¡Padre Júpiter! Dicen que superas en inteligencia á los demás dioses y hombres, y todo esto procede de ti. ¿Cómo favoreces á los teucros, á esos hombres insolentes, de espíritu siempre perverso, y que nunca se hartan de la guerra á todos tan funesta? De todo llega el hombre á saciarse: del sueño, del amor, del dulce canto y de la agradable danza, cosas más apetecibles que la pelea; pero los teucros no se cansan de combatir.»

640 En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle al cadáver la ensangrentada armadura; y entregándola á sus amigos, volvió á batallar entre los combatientes delanteros.

643 Entonces le salió al encuentro Harpalión, hijo del rey Pilémenes, que fué á Troya con su padre á pelear y no había de volver á la patria tierra: el teucro dió un bote de lanza en medio del escudo del Atrida, pero no pudo atravesar el bronce y retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte, mirando á todos lados; no fuera alguien á herirle con el bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó el arco, y la broncínea saeta se hundió en la nalga derecha del teucro, atravesó la vejiga por debajo del hueso y salió al otro lado. Y Harpalión, cayendo allí en brazos de sus amigos, dió el alma y quedó tendido en el suelo como un gusano; de su cuerpo fluía negra sangre que mojaba la tierra. Pusiéronse á su alrededor los magnánimos paflagones, y colocando el cadáver en un carro, lleváronlo, afligidos, á la sagrada Ilión; el padre iba con ellos derramando lágrimas, y ninguna venganza pudo tomar de aquella muerte.

660 Paris, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión, que era su huésped en la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha. Había un cierto Euquenor, rico y valiente, que era vástago del adivino Poliido, habitaba en Corinto y se embarcó para Troya, no obstante saber la funesta suerte que allí le aguardaba. El buen anciano Poliido habíale dicho repetidas veces que moriría de penosa dolencia en el palacio ó sucumbiría á manos de los teucros en las naves aqueas; y él, queriendo evitar los reproches de los aquivos y la enfermedad odiosa con sus dolores, decidió ir á Ilión. Á éste, pues, Paris le clavó la flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó de los miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió.

673 Así combatían, con el ardor de encendido fuego. Héctor, caro á Júpiter, aún no se había enterado, é ignoraba por completo que sus tropas fuesen destruídas por los argivos á la izquierda de las naves. Pronto la victoria hubiera sido de éstos. ¡De tal suerte Neptuno, que ciñe y sacude la tierra, los alentaba y hasta los ayudaba con sus propias fuerzas! Estaba Héctor en el mismo lugar adonde llegara después que pasó las puertas y el muro y rompió las cerradas filas de los escudados dánaos. Allí, en la playa del espumoso mar, habían sido colocadas las naves de Ayax y Protesilao; y se había levantado para defenderlas un muro bajo, porque los hombres y corceles acampados en aquel paraje eran muy valientes en la guerra.

685 Los beocios, los yáones, de larga vestidura, los locros, los ptiotas y los ilustres epeos detenían al divino Héctor que, semejante á una llama, porfiaba en su empeño de ir hacia las naves; pero no conseguían que se apartase de ellos. Los atenienses habían sido designados para las primeras filas y los mandaba Menesteo, hijo de Peteo, á quien seguían Fidante, Estiquio y el valeroso Biante. De los epeos eran caudillos Meges Filida, Anfión y Dracio. Al frente de los ptiotas estaban Medonte y el belígero Podarces: aquél era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayax, y vivía en Fílace, lejos de su patria, por haber dado muerte á un hermano de Eriopis, su madrastra y mujer de Oileo; y el otro era hijo de Ificlo Filácida. Ambos combatían al frente de los ptiotas y en unión con los beocios para defender las naves.

701 El ágil Ayax de Oileo no se apartaba un instante de Ayax Telamonio: como en tierra noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo del sólido arado, abundante sudor brota en torno de sus cuernos, y sólo los separa el pulimentado yugo mientras andan por los surcos para abrir el hondo seno de la tierra; así, tan cercanos el uno del otro, estaban los Ayaces. Al Telamonio seguíanle muchos y valientes hombres, que tomaban su escudo cuando la fatiga y el sudor llegaban á las rodillas del héroe. Mas al alentoso hijo de Oileo no le acompañaban los locros, porque no podían sostener una lucha á pie firme: no llevaban broncíneos cascos, adornados con crines de caballo, ni tenían rodelas ni lanzas de fresno; habían ido á Ilión, confiando en sus ballestas y en sus hondas de lana de ovejas retorcida, y con las mismas destrozaban las falanges teucras. Aquéllos peleaban con Héctor y los suyos; éstos, ocultos detrás, disparaban; y los teucros apenas pensaban en combatir, porque las flechas los ponían en desorden.