723 Entonces los teucros hubieran vuelto en deplorable fuga de las naves y tiendas á la ventosa Ilión, si Polidamante no se hubiese acercado al audaz Héctor para decirle:
726 «¡Héctor! Eres reacio en seguir los pareceres ajenos. Porque un dios te ha dado esa superioridad en las cosas de la guerra, ¿crees que aventajas á los demás en prudencia? No es posible que tú solo lo reunas todo. La divinidad á uno le concede que sobresalga en las acciones bélicas, á otro en la danza, al de más allá en la cítara y el canto; y el longividente Jove pone en el pecho de algunos un espíritu prudente que aprovecha á gran número de hombres, salva las ciudades y lo aprecia particularmente quien lo posee. Te diré lo que considero más conveniente. Alrededor de ti arde la pelea por todas partes; pero de los magnánimos teucros que pasaron la muralla, unos se han retirado con sus armas, y otros, dispersos por las naves, combaten con mayor número de hombres. Retrocede y llama á los más valientes caudillos para deliberar si nos conviene arrojarnos á las naves, de muchos bancos, por si un dios nos da la victoria, ó alejarnos de las mismas antes que seamos heridos. Temo que los aqueos se desquiten de lo de ayer, porque en las naves hay un varón incansable en la pelea, y me figuro que no se abstendrá de combatir.»
748 Así habló Polidamante, y su prudente consejo plugo á Héctor, que saltó en seguida del carro á tierra, sin dejar las armas, y le dijo estas aladas palabras:
751 «¡Polidamante! Reune tú á los más valientes caudillos, mientras voy á la otra parte de la batalla y vuelvo tan pronto como haya dado las convenientes órdenes.»
754 Dijo; y semejante á un monte cubierto de nieve, partió volando y profiriendo gritos por entre los troyanos y sus auxiliares. Todos los caudillos se encaminaron hacia el bravo Polidamante Pantoida, así que oyeron las palabras de Héctor. Éste buscaba en los combatientes delanteros á Deífobo, al robusto rey Heleno, á Adamante Asíada, y á Asio, hijo de Hirtaco; pero no los halló ilesos ni á todos salvados de la muerte: los unos yacían, muertos por los argivos, junto á las naves aqueas; y los demás, heridos, quien de cerca, quien de lejos, estaban dentro de los muros de la ciudad. Pronto se encontró, en la izquierda de la batalla luctuosa, con el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que animaba á sus compañeros y les incitaba á pelear; y deteniéndose á su lado, díjole estas injuriosas palabras:
769 «¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! ¿Dónde están Deífobo, el robusto rey Heleno, Adamante Asíada y Asio, hijo de Hirtaco? ¿Qué es de Otrioneo? Hoy la excelsa Ilión se arruina desde la cumbre, y horrible muerte te aguarda.»
774 Respondióle el deiforme Paris: «¡Héctor! Ya que tienes intención de culparme sin motivo, quizás otras veces fuí más remiso en la batalla, aunque no del todo pusilánime me dió á luz mi madre. Desde que al frente de los compañeros promoviste el combate junto á las naves, peleamos sin cesar contra los dánaos. Los amigos por quienes preguntas han muerto, menos Deífobo y el robusto rey Heleno; los cuales, heridos en el brazo por ingentes lanzas, se fueron, y el Saturnio les salvó la vida. Llévanos adonde el corazón y el ánimo te ordenen; te seguiremos presurosos, y no dejaremos de mostrar todo el valor compatible con nuestras fuerzas. Más allá de lo que éstas permiten, nada es posible hacer en la guerra, por enardecido que uno esté.»
788 Así diciendo, cambió el héroe la mente de su hermano. Enderezaron al sitio donde era más ardiente el combate y la pelea; allí estaban Cebrión, el eximio Polidamante, Falces, Orteo, Polifetes igual á un dios, Palmis, Ascanio y Moris, hijos los dos últimos de Hipotión; todos los cuales habían llegado el día anterior de la fértil Ascania, y entonces Jove les impulsó á combatir. Á la manera que un torbellino de vientos impetuosos desciende á la llanura, acompañado del trueno de Júpiter, y al caer en el mar con ruido inmenso levanta grandes y espumosas olas que se van sucediendo; así los teucros seguían en filas cerradas á los jefes, y el bronce de las armas relucía. Iba á su frente Héctor Priámida, cual si fuese Marte, funesto á los mortales: llevaba por delante un escudo liso, formado por muchas pieles de buey y una gruesa lámina de bronce, y el refulgente casco temblaba en sus sienes. Movíase Héctor, defendiéndose con la rodela, y probaba por todas partes si las falanges cedían; pero no logró turbar el ánimo en el pecho de los aqueos. Entonces Ayax adelantóse con ligero paso y provocóle con estas palabras:
810 «¡Varón admirable! ¡Acércate! ¿Por qué quieres amedrentar de este modo á los argivos? No somos inexpertos en la guerra, sino que los aqueos sucumben bajo el cruel azote de Júpiter. Tú esperas quemar las naves, pero nosotros tenemos los brazos prontos para defenderlas; y mucho antes que lo consigas, vuestra populosa ciudad será tomada y destruída por nuestras manos. Yo te aseguro que está cerca el momento en que tú mismo, puesto en fuga, pedirás al padre Júpiter y á los demás inmortales que tus corceles sean más veloces que los gavilanes; y los caballos te llevarán á la ciudad, levantando gran polvareda en la llanura.
821 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha, un águila de alto vuelo; y los aquivos gritaron, animados por el agüero. El esclarecido Héctor respondió: