824 «Ayax lenguaz y fanfarrón, ¿qué dijiste? Así fuera yo hijo de Júpiter, que lleva la égida, y me hubiese dado á luz la venerable Juno y gozara de los mismos honores que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para todos los argivos. Tú también morirás si tienes la osadía de aguardar mi larga pica: ésta te desgarrará el delicado cuerpo; y tú, cayendo junto á las naves aqueas, saciarás de carne y grasa á los perros y aves de la comarca troyana.»
833 En diciendo esto, pasó adelante; los otros capitanes le siguieron con vocerío inmenso; y detrás las tropas gritaban también. Los argivos movían por su parte gran alboroto y, sin olvidarse de su valor, aguardaban la acometida de los más valientes teucros. Y el estruendo que producían ambos ejércitos llegaba al éter y á la morada resplandeciente de Jove.
El Sueño, á quien Júpiter quería arrojar al ponto, es salvado por la Noche
CANTO XIV
ENGAÑO DE JÚPITER
1 Néstor, aunque estaba bebiendo, no dejó de advertir la gritería; y hablando al descendiente de Esculapio, pronunció estas aladas palabras:
3 «¡Oh divino Macaón! ¿Cómo te parece que acabarán estas cosas? Junto á las naves crece el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado aquí, bebe el negro vino, mientras Hecamede, la de hermosas trenzas, pone á calentar el agua del baño y te lava después la sangrienta herida; y yo, en el ínterin, subiré á un altozano para ver lo que ocurre.»
9 Dijo; y después de embrazar el labrado escudo de reluciente bronce, que su hijo Trasimedes, domador de caballos, dejara allí por haberse llevado el del anciano, asió la fuerte lanza de broncínea punta y salió de la tienda. Pronto se detuvo ante el vergonzoso espectáculo que se ofreció á sus ojos: los aquivos eran derrotados por los feroces teucros y la gran muralla aquea estaba destruída. Como el piélago inmenso empieza á rizarse con sordo ruido y purpurea, presagiando la rápida venida de los sonoros vientos, pero no mueve las olas hasta que Júpiter envía un viento determinado; así el anciano hallábase perplejo entre encaminarse á la turba de los dánaos, de ágiles corceles, ó enderezar sus pasos hacia el Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que sería lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo; mientras los demás, combatiendo, se mataban unos á otros, y el duro bronce resonaba alrededor de sus cuerpos á los golpes de las espadas y de las lanzas de doble filo.