31 Vióle la primera de todas Euriclea, su nodriza, que se ocupaba en cubrir con pieles los labrados asientos, y corrió á encontrarle derramando lágrimas. Asimismo se juntaron á su alrededor las demás esclavas de Ulises, de ánimo paciente; y todas le abrazaron, besándole la cabeza y los hombros.
36 Salió de su estancia la discreta Penélope, que parecía Diana ó la dorada Venus; y, muy llorosa, echó los brazos sobre el hijo amado, besóle la cabeza y los lindos ojos, y dijo, sollozando, estas aladas palabras:
41 «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz! Ya no pensaba verte más desde que te fuiste en la nave á Pilos, ocultamente y contra mi deseo, en busca de noticias de tu padre. Mas, ea, relátame lo que hayas visto.»
45 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ya que me he salvado de una terrible muerte, no me incites á que llore, ni me conmuevas el corazón dentro del pecho; antes bien, torna con tus esclavas á lo alto de la casa, lávate, envuelve tu cuerpo en vestidos puros y haz voto de sacrificar á todos los dioses perfectas hecatombes, si Júpiter permite que tenga cumplimiento la venganza. Y yo, en tanto, iré al ágora para llamar á un huésped que se vino conmigo desde Pilos y lo envié con los compañeros iguales á los dioses, con orden de que Pireo llevándoselo á su morada, lo tratase con solícita amistad y lo honrara hasta que yo viniera.»
57 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Penélope. Lavóse ésta, envolvió su cuerpo en vestidos puros, é hizo voto de sacrificar á todos los dioses perfectas hecatombes, si Júpiter permitía que tuviere cumplimiento la venganza.
61 Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano y dos canes de ágiles pies que le siguieron. Y Minerva puso en él tal gracia divinal que, al verle llegar, todo el pueblo lo contemplaba con admiración. Pronto le rodearon los soberbios pretendientes, pronunciando buenas palabras y revolviendo en su espíritu cosas malas; pero se apartó de la gran muchedumbre de los mismos y fué á sentarse donde estaban Méntor, Ántifo y Haliterses, antiguos compañeros de su padre, que le hicieron preguntas sobre muchas cosas. Presentóseles Pireo, señalado por su lanza, que traía el huésped al ágora, á través de la ciudad; y Telémaco no se quedó lejos de éste, sino que en seguida se le puso al lado. Pireo fué el primero en hablar y dijo de semejante modo:
75 «¡Telémaco! Manda presto mujeres á mi casa, para que te remita los presentes que te dió Menelao.»
77 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Pireo! Aún no sabemos cómo acabarán estas cosas. Si los soberbios pretendientes, matándome á traición en el palacio, se repartieran los bienes de mi padre, quiero más que goces tú de los presentes, que no alguno de ellos; y si yo alcanzare á darles la muerte y el destino, entonces, que estaré con alegría, me los traerás alegre á mi morada.»
84 Diciendo así, llevóse el infortunado huésped á su casa. Llegados al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y fueron á lavarse en unas bañeras muy pulidas. Y una vez lavados y ungidos con aceite por las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos mantos, salieron del baño y asentáronse en sillas. Una esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándolos con los que tenía reservados. Sentóse la madre enfrente de los dos jóvenes, cerca de la columna en que se apoyaba el techo de la habitación; y, reclinada en una silla, se puso á sacar de la rueca tenues hilos. Aquéllos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de comer y de beber, la discreta Penélope comenzó á hablarles de esta suerte:
101 «¡Telémaco! Me iré á la estancia superior para acostarme en aquel lecho que tan luctuoso es para mí y que siempre está regado de mis lágrimas desde que Ulises se fué á Ilión con los Atridas; y aún no habrás querido decirme con claridad, antes que los soberbios pretendientes vuelvan á esta casa, si en algún sitio oíste hablar del regreso de tu padre.»