107 Respondióle el prudente Telémaco: «Yo te referiré, oh madre, la verdad. Fuimos á Pilos para ver á Néstor, pastor de hombres; el cual me recibió en su excelso palacio y me trató tan solícita y amorosamente como un padre al hijo que vuelve tras larga ausencia. ¡Con tal solicitud me acogieron él y sus gloriosos hijos! Pero me aseguró que no había oído que ningún hombre de la tierra hablara del paciente Ulises, vivo ó muerto; y envióme al Atrida Menelao, famoso por su lanza, dándome corceles y un sólido carro. Vi allí á la argiva Helena, que fué causa, por la voluntad de los dioses, de que tantas fatigas padecieran argivos y teucros. No tardó en preguntarme Menelao, valiente en la pelea, qué necesidad me llevaba á la divina Lacedemonia; yo se lo relaté todo sinceramente, y entonces me respondió con estas palabras:
124 «¡Oh dioses! En verdad que pretenden dormir en la cama de un varón muy esforzado aquellos hombres tan cobardes. Así como una cierva puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuése á pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león volvió á la madriguera y dió á entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también Ulises les ha de dar á aquéllos vergonzosa muerte. Ojalá se mostrase, ¡oh padre Júpiter, Minerva, Apolo!, tal como era cuando en la bien construída Lesbos se levantó contra el Filomelida, en una disputa, y luchó con él, y lo derribó con ímpetu, de lo cual se alegraron todos los aqueos; si, mostrándose tal, se encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos y las bodas les resultarían muy amargas. Pero en lo que me preguntas y suplicas que te cuente, no quisiera apartarme de la verdad ni engañarte; y de cuantas cosas me refirió el veraz anciano de los mares, no te callaré ni ocultaré ninguna. Dijo que lo vió en una isla, abrumado por recios pesares—en el palacio de la ninfa Calipso, que le detiene por fuerza—y que no le es posible llegar á la patria tierra porque no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo conduzcan por el ancho dorso del mar.»
147 »Así habló el Atrida Menelao, famoso por su lanza. Realizadas tales cosas, emprendí la vuelta, y los inmortales concediéronme próspero viento y me han traído con gran rapidez á mi querida patria.»
150 Tales fueron sus palabras; y ella sintió que en el pecho se le conmovía el corazón. Entonces Teoclímeno, semejante á un dios, les dijo de esta suerte:
152 «¡Oh veneranda esposa de Ulises Laertíada! Aquél nada sabe con claridad; pero oye mis palabras, que yo te haré un vaticinio cierto y no he de ocultarte cosa alguna. Sean testigos primeramente Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que el héroe ya se halla en su patria tierra, sentado ó moviéndose; tiene noticia de esas inicuas acciones, y maquina males contra todos los pretendientes. Tal augurio observé desde la nave de muchos bancos, como se lo dije á Telémaco.»
162 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese lo que dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad; pues te hiciera tantos presentes que te considerara dichoso quien contigo se encontrase.»
166 Así éstos conversaban. En tanto divertíanse los pretendientes, ante el palacio de Ulises, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento donde acostumbraban hacer sus insolencias. Mas cuando fué hora de cenar y vinieron de todos los campos reses conducidas por los pastores que solían traerlas, dijo Medonte, el heraldo que más grato les era á los pretendientes y á cuyos banquetes asistía:
174 «¡Jóvenes! Ya que todos habéis recreado vuestro ánimo con los juegos, venid al palacio y dispondremos la cena, pues conviene que se tome en tiempo oportuno.»
177 Así les habló; y ellos se levantaron y obedecieron sus palabras. Llegados al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca, aparejando con ello su banquete.
182 En esto, disponíanse Ulises y el divinal porquerizo á partir del campo hacia la ciudad. Y el porquerizo, mayoral de los pastores, comenzó á decir: