185 «¡Huésped! Ya que deseas encaminarte hoy mismo á la ciudad, como lo ordenó mi señor—yo preferiría que permanecieses aquí para guardar los establos; mas, respeto á aquél y temo que me riña, y las increpaciones de los amos son muy pesadas—ea, vámonos ahora, que ya pasó la mayor parte del día y pronto vendrá la tarde y sentirás el fresco.»
192 Respondióle el ingenioso Ulises: «Entiendo, hágome cargo, lo mandas á quien te comprende. Vamos, pues, y guíame hasta que lleguemos. Y si has cortado algún bastón, dámelo para apoyarme; que os oigo decir que la senda es muy resbaladiza.»
197 Dijo, y echóse al hombro el astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa retorcida. Eumeo le entregó el palo que deseaba; y seguidamente emprendieron el camino. Quedáronse allí, custodiando la majada, los perros y los pastores; mientras Eumeo conducía hacia la ciudad á su rey, transformado en un viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón y llevaba el cuerpo revestido de feas vestiduras.
204 Mas cuando, recorriendo el áspero camino, halláronse á poca distancia de la ciudad y llegaron á la labrada fuente de claras linfas, de la cual tomaban el agua los ciudadanos—era obra de Ítaco, Nérito y Políctor; rodeábala por todos lados un bosque de álamos, que se nutren en la humedad; vertía el agua, sumamente fresca, desde lo alto de una roca; y en su parte superior se había construído un altar á las ninfas, donde todos los caminantes sacrificaban—encontróse con ellos el hijo de Dolio, Melantio, que llevaba las mejores cabras de sus rebaños para la cena de los pretendientes y le seguían dos pastores. Así que los vió, increpóles con palabras amenazadoras y groseras, que conmovieron el corazón de Ulises:
217 «Ahora se ve muy cierto que un ruin lleva á otro ruin, pues un dios junta siempre á cada cual con su semejante. ¿Adónde, no envidiable porquero, conduces ese glotón, ese mendigo importuno, esa peste de los banquetes, que con su espalda frotará las jambas de muchas puertas no pidiendo ciertamente trípodes ni calderos, sino tan sólo mendrugos de pan? Si me lo dieses para guardar mi majada, barrer el establo y llevarles el forraje á los cabritos, bebería suero y echaría gordo muslo. Mas, como ya es ducho en malas obras, no querrá aplicarse al trabajo; antes irá mendigando por la población para llenar su vientre insaciable. Lo que voy á decir se cumplirá: si fuere al palacio del divinal Ulises, rozarán sus costados muchos escabeles que habrán hecho llover sobre su cabeza las manos de aquellos varones.»
233 Así dijo; y, acercándose, dióle una coz en la cadera, locamente; pero no le pudo arrojar del camino, sino que el héroe permaneció muy firme. Entonces se le ocurrió á Ulises acometerle y quitarle la vida con el palo, ó levantarlo un poco y estrellarle la cabeza contra el suelo. Mas al fin sufrió el ultraje y contuvo la cólera en su corazón. Y el porquerizo increpó á aquél, mirándole cara á cara, y oró fervientemente levantando las manos:
240 «¡Ninfas de las fuentes! ¡Hijas de Júpiter! Si Ulises os quemó alguna vez muslos de corderos y de cabritos, cubriéndolos de pingüe grasa, cumplidme este voto: Ojalá vuelva aquel varón, traído por algún dios; pues él te quitaría toda esa jactancia con que ahora nos insultas, vagando siempre por la ciudad mientras pastores perversos acaban con los rebaños.»
247 Replicóle el cabrero Melantio: «¡Oh dioses! ¡Qué dice ese perro, que sólo entiende en cosas malas! Un día me lo he de llevar lejos de Ítaca, en negro bajel de muchos bancos, para que, vendiéndolo, me proporcione una buena ganancia. Ojalá Apolo, que lleva arco de plata, hiriera á Telémaco hoy mismo en el palacio, ó sucumbiera el joven á manos de los pretendientes; como perdió Ulises, lejos de aquí, la esperanza de ver el día de su regreso.»
254 Cuando así hubo hablado, dejólos atrás, pues caminaban lentamente, y llegó muy presto al palacio del rey. Acto continuo entró en el mismo, sentándose en medio de los pretendientes, frente á Eurímaco, que era á quien más quería. Sirviéronle unos trozos de carne los que en esto se ocupaban, y trájole pan la veneranda despensera. En tanto, detuviéronse Ulises y el divinal porquerizo junto al palacio, y oyeron los sones de la hueca cítara pues Femio empezaba á cantar. Y tomando aquél la mano del porquerizo, hablóle de esta suerte:
264 «¡Eumeo! Es ésta, sin duda, la hermosa mansión de Ulises, y sería fácil conocerla aunque entre muchas se la viera. Tiene más de un piso, cerca su patio almenado muro, las puertas están bien ajustadas y son de dos hojas: ningún hombre despreciaría una casa semejante. Conozco que, dentro de la misma, multitud de varones celebran un banquete; pues llegó hasta mí el olor de la carne asada y se oye la cítara, que los dioses hicieron compañera de los festines.»