272 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Fácilmente lo habrás conocido, que tampoco te falta discreción para las demás cosas. Mas, ea, deliberemos sobre lo que puede hacerse. Ó entra tú primero en el cómodo palacio y mézclate con los pretendientes, y yo me detendré un poco; ó, si lo prefieres, quédate tú y yo iré delante, pero no tardes: no sea que alguien, al verte fuera, te tire algo ó te dé un golpe. Yo te invito á que pienses en esto.»

280 Contestóle el paciente divinal Ulises: «Entiendo, hágome cargo, lo mandas á quien te comprende. Mas, adelántate tú y yo me quedaré, que ya he probado lo que son golpes y heridas y mi ánimo es sufrido por lo mucho que hube de padecer así en el mar como en la guerra; venga, pues, ese mal tras de los otros. No se pueden disimular las instancias del ávido y funesto vientre, que tantos perjuicios les origina á los hombres y por el cual se arman las naves de muchos bancos que surcan el estéril mar y van á causar daño á los enemigos.»

290 Así éstos conversaban. Y un perro, que estaba echado, alzó la cabeza y las orejas: era Argos, el can del paciente Ulises, á quien éste criara, aunque luego no se aprovechó del mismo porque tuvo que partir á la sagrada Ilión. Anteriormente llevábanlo los jóvenes á correr cabras montesas, ciervos y liebres; mas entonces, en la ausencia de su dueño, yacía abandonado sobre mucho fimo de mulos y de bueyes, que vertían junto á la puerta á fin de que los siervos de Ulises lo tomasen para estercolar los dilatados campos: allí estaba tendido Argos, todo lleno de garrapatas. Al advertir que Ulises se aproximaba, le halagó con la cola y dejó caer ambas orejas, mas ya no pudo salir al encuentro de su amo; y éste, cuando lo vió, enjugóse una lágrima que con facilidad logró ocultar á Eumeo, á quien hizo después esta pregunta:

306 «¡Eumeo! Es de admirar que este can yazga en el fimo, pues su cuerpo es hermoso; aunque ignoro si, con tal belleza fué ligero para correr ó como los que algunos tienen en su mesa y sólo por gusto los crían sus señores.»

311 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Ese can perteneció á un hombre que ha muerto lejos de nosotros. Si fuese tal como era en el cuerpo y en la actividad cuando Ulises lo dejó al irse á Troya, pronto admirarías su ligereza y su vigor: no se le escapaba ninguna fiera que levantase, ni aun en lo más hondo de intrincada selva, porque era sumamente hábil en seguir un rastro. Mas ahora abrúmanle los males á causa de que su amo murió fuera de la patria, y las negligentes mozas no lo cuidan, porque los siervos, así que el amo deja de mandarlos, no quieren trabajar como es debido; que el longividente Júpiter le quita al hombre la mitad de la virtud el mismo día en que cae esclavo.»

324 Diciendo así, entróse por el cómodo palacio y se fué derecho á la sala, hacia los ilustres pretendientes. Entonces la Parca de la negra muerte se apoderó de Argos, después que tornara á ver á Ulises al vigésimo año.

328 Advirtió el deiforme Telémaco mucho antes que nadie la llegada del porquerizo; y, haciéndole una señal, lo llamó á su vera. Eumeo miró en contorno suyo, tomó una silla desocupada—la que solía utilizar el trinchante al distribuir carne en abundancia á los pretendientes cuando celebraban sus festines en el palacio—y fué á colocarla junto á la mesa de Telémaco, en frente de éste, que se hallaba sentado. Y luego sirvióle el heraldo vianda y pan, sacándolo de un canastillo.

336 Poco después que Eumeo penetró Ulises en el palacio, transfigurado en un viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón y llevaba feas vestiduras. Sentóse en el umbral de fresno, á la parte interior de la puerta, y se recostó en la jamba de ciprés que en otro tiempo el artífice había pulido hábilmente y enderezado valiéndose de un nivel. Y Telémaco llamó al porquerizo y le dijo, después de tomar un pan entero del hermoso canasto y tanta carne como le cupo en sus manos:

345 «Dáselo al forastero y mándale que pida á todos los pretendientes, acercándose á los mismos; que al que está necesitado no le conviene ser vergonzoso.»

348 Así se expresó. Fuése el porquero al oirlo y, llegado que hubo adonde estaba Ulises, díjole estas aladas palabras: