350 «¡Oh forastero! Telémaco te da lo que te traigo y te manda que pidas á todos los pretendientes, acercándote á los mismos; pues dice que al mendigo no le conviene ser vergonzoso.»
353 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Júpiter soberano! Haz que Telémaco sea dichoso entre los hombres y que se cumpla cuanto su corazón desea.»
356 Dijo; tomó las viandas con las dos manos, las puso delante de sus pies, encima del astroso zurrón, y comió mientras el aedo cantaba en el palacio; de suerte que cuando acabó la cena, el divinal aedo llegaba al fin de su canto. Los pretendientes empezaron á mover alboroto en la sala, y Minerva se acercó á Ulises Laertíada excitándole á que les pidiera algo y fuera recogiendo mendrugos, para que conociese cuáles de aquéllos eran justos y cuáles malvados, aunque ninguno tenía que librarse de la ruina. Fué, pues, el héroe á pedirle á cada varón, comenzando por la derecha, y á todos les alargaba la mano como si desde largo tiempo mendigase. Ellos, compadeciéndole, le daban limosna, le miraban con extrañeza y preguntábanse unos á otros quién era y de dónde había venido. Y el cabrero Melantio hablóles de esta suerte:
370 «Oídme, oh pretendientes de la ilustre reina, que os voy á hablar del forastero, á quien vi antes de ahora. Guiábalo hacia acá el porquerizo, pero á él no le conozco, ni sé de dónde se precia de ser por su linaje.»
Ulises, como viera que Argos le halagaba con la cola y ya no tenía fuerzas para ir á encontrarle, enjugóse una lágrima que ocultó á Eumeo
(Canto XVII, versos 301 á 305.)
374 Así les habló; y Antínoo increpó al porquerizo con estas palabras: «¡Ah, famoso porquero! ¿Por qué lo trajiste á la ciudad? ¿Acaso no tenemos bastantes vagabundos, que son mendigos importunos y peste de los festines? ¿Ó te parece poco que los que aquí se juntan devoren los bienes de tu señor y has ido á otra parte á llamar á éste?»
380 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Antínoo! No hablas bien, aunque seas noble. ¿Quién iría á parte alguna á llamar á nadie, como no fuere de los que ejercen su profesión en el pueblo: un adivino, un médico para curar las enfermedades, un carpintero ó un divinal aedo que nos deleite cantando? Éstos son los mortales á quienes se llama en la tierra inmensa; y nadie traería á un pobre para que le arruinase. Siempre has sido el más áspero de todos los pretendientes para los esclavos de Ulises y en especial para mí; aunque no por ello he de preocuparme, mientras me vivan en el palacio la discreta Penélope y Telémaco, semejante á un dios.»
392 Contestóle el prudente Telémaco: «Calla, no le respondas largamente; que Antínoo suele irritarnos siempre y de mal modo con ásperas palabras, é incita á los demás á hacer lo propio.»