396 Dijo; y hablóle á Antínoo con estas aladas palabras: «¡Antínoo! ¡En verdad que te tomas por mí tan buen cuidado como un padre por su hijo, cuando con duras voces me ordenas arrojar del palacio á ese huésped! ¡No permitan los númenes que así suceda! Coge algo y dáselo, que no te lo prohibo, antes bien te invito á hacerlo; y no temas que lo lleven á mal ni mi madre, ni ninguno de los esclavos que viven en la casa del divinal Ulises. Mas no hay en tu pecho tal propósito, que prefieres comértelo á darlo á nadie.»
405 Antínoo le respondió diciendo: «¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! ¿Qué has dicho? Si todos los pretendientes le dieran tanto como yo, se estaría tres meses en su casa, lejos de nosotros.»
409 Así habló; y mostróle, tomándolo de debajo de la mesa, el escabel en que apoyaba sus nítidas plantas cuando asistía á los banquetes. Pero todos los demás le dieron algo, de modo que el zurrón se llenó de pan y de carne. Y ya Ulises iba á tornar al umbral para comer lo que le habían regalado los aqueos, pero se detuvo cerca de Antínoo y le dijo estas palabras:
415 «Dame algo, amigo; que no me pareces el peor de los aqueos, sino, por el contrario, el mejor; ya que te asemejas á un rey. Por eso te corresponde á ti, más aún que á los otros, darme pan; y yo divulgaré tu fama por la tierra inmensa. En otra época, también yo fuí dichoso entre los hombres, habité una rica morada, y di muchas veces limosna al vagabundo, cualquiera que fuese y hallárase en la necesidad en que se hallase; entonces tenía innúmeros esclavos y otras muchas cosas con las cuales los hombres viven en regalo y gozan fama de opulentos. Mas Júpiter Saturnio me arruinó, porque así lo quiso, incitándome á ir al Egipto con errabundos piratas; viaje largo, en el cual había de hallar mi perdición. Así que detuve en el río Egipto los corvos bajeles, después de mandar á los fieles compañeros que se quedaran á custodiar las embarcaciones, envié espías á los parajes oportunos para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo á la insolencia por seguir su propio impulso, empezaron á devastar los hermosos campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban muerte á los varones. No tardó el clamoreo en llegar á la ciudad. Sus habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron al amanecer: el campo se llenó de infantería, de jinetes y de reluciente bronce; Júpiter, que se huelga con el rayo, mandó á mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde entonces, nadie se atrevió á resistir, pues los males nos cercaban por todas partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y á otros se los llevaron para obligarles á trabajar en provecho de los ciudadanos. Á mí me entregaron á un forastero que se encontró presente, á Dmétor Yásida; el cual me llevó á Chipre, donde reinaba con gran poder, y de allí he venido, después de padecer muchos infortunios.»
445 Antínoo le respondió diciendo: «¿Qué dios nos trajo esa peste, esa amargura del banquete? Quédate ahí, en medio, á distancia de mi mesa: no sea que pronto vayas al amargo Egipto y á Chipre, por ser un mendigo tan audaz y sin vergüenza. Ahora te detienes ante cada uno de éstos que te dan locamente, porque ni usan de moderación ni sienten piedad al regalar cosas ajenas de que disponen en gran abundancia.»
453 Díjole, retrocediendo, el ingenioso Ulises: «¡Oh dioses! En verdad que el juicio que tienes no se corresponde con tu presencia. No darías de tu casa ni tan siquiera sal á quien te suplicara, cuando, sentado á la mesa ajena, no has querido entregarme un poco de pan, con tener á mano tantas cosas.»
458 Así se expresó. Irritóse Antínoo aún más en su corazón y, encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras:
460 «Ya no creo que puedas volver atrás y salir impune de este palacio, habiendo proferido tales injurias.»
462 Así habló; y, tomando el escabel, tiróselo y acertóle en el hombro derecho, hacia la extremidad de la espalda. Ulises se mantuvo firme como una roca, sin que el golpe de Antínoo le hiciera vacilar; pero meneó en silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su espíritu siniestros propósitos. Retrocedió en seguida al umbral, sentóse, puso en tierra el zurrón que llevaba repleto, y dijo á los pretendientes:
468 «Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo que en el pecho el ánimo me ordena deciros. Ningún varón siente dolor en el alma ni pesar alguno, al ser herido cuando pelea por sus haciendas, por sus bueyes ó por sus blancas ovejas; mas Antínoo hirióme á mí por causa del odioso y funesto vientre, que tantos males acarrea á los hombres. Si en alguna parte hay dioses y furias para los mendigos, cójale la muerte á Antínoo antes que el casamiento se lleve á término.»