477 Díjole nuevamente Antínoo, hijo de Eupites: «Come sentado tranquilamente, oh forastero, ó vete á otro lugar: no sea que, con motivo de lo que hablas, estos jóvenes te arrastren por la casa, asiéndote de un pie ó de una mano, y te laceren todo el cuerpo.»

481 Tales fueron sus palabras. Todos sintieron vehemente indignación y alguno de aquellos soberbios mozos habló de esta manera:

483 «¡Antínoo! No procediste bien, hiriendo al infeliz vagabundo. ¡Insensato! ¿Y si por acaso fuese alguna celestial deidad...? Que los dioses, haciéndose semejantes á huéspedes de otros países y tomando toda clase de figuras, recorren las ciudades para conocer la insolencia ó la justicia de los hombres.»

488 Así hablaban los pretendientes, pero Antínoo no hizo caso de sus palabras. Telémaco sintió en su pecho una gran pena por aquel golpe, sin que por esto le cayese ninguna lágrima desde los ojos al suelo; pero meneó en silencio la cabeza, agitando en lo íntimo de su espíritu siniestros propósitos.

492 Cuando la discreta Penélope oyó decir que al huésped lo había herido Antínoo en el palacio, habló así en medio de sus esclavas: «¡Ojalá Apolo, célebre por su arco, te hiriese á ti de la misma manera!»

495 Díjole entonces Eurínome, la despensera: «Si nuestros votos se cumpliesen, ninguno de aquellos viviría cuando se descubra la Aurora, de hermoso trono.»

498 Respondióle la discreta Penélope: «¡Ama! Todos son aborrecibles porque traman acciones inicuas; pero Antínoo casi tanto como la negra Parca. Un infeliz forastero anda por el palacio y pide limosna, pues la necesidad le apremia; los demás llenáronle el zurrón con sus dádivas, y éste le ha tirado el escabel, acertándole en el hombro derecho.»

505 De tal suerte habló, sentada en su estancia entre las siervas, mientras el divinal Ulises cenaba. Y llamando después al divinal porquero, díjole de este modo:

508 «Ve, divinal Eumeo, acércate al huésped y mándale que venga para que yo le salude y le interrogue también acerca de si oyó hablar de Ulises, de ánimo paciente, ó lo vió acaso con sus propios ojos, pues parece que ha vagado por muchas tierras.»

512 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Ojalá se callaran los aqueos, oh reina; pues cuenta tales cosas, que encantaría tu corazón. Tres días con sus noches lo detuve en mi cabaña, pues fuí el primero á quien acudió al escaparse del bajel, pero ni aun así pudo terminar la narración de sus desventuras. Como se contempla al aedo, que, instruído por los dioses, les canta á los mortales deleitosos relatos, y ellos no se sacian de oirle cantar; así me tenía transportado mientras permaneció en mi majada. Asegura que fué huésped del padre de Ulises y que vive en Creta, donde está el linaje de Minos. De allí viene, habiendo padecido infortunios y vagado de una parte á otra; y refiere que oyó hablar de Ulises, el cual vive, está cerca—en el opulento país de los tesprotos—y trae á esta casa muchas preciosidades.»