177 Respondióle la discreta Penélope: «¡Eurínome! Aunque andes solícita por mi bien, no me aconsejes tales cosas—que lave mi cuerpo y me unja con aceite—pues destruyeron mi belleza los dioses que habitan el Olimpo cuando aquél se fué en las cóncavas naves. Pero manda que Autónoe é Hipodamia vengan y me acompañarán por el palacio; que sola no iría adonde están los hombres, porque me da vergüenza.»
185 Así habló; y la vieja se fué por el palacio á decirlo á las mujeres y mandarles que se presentaran.
187 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra cosa. Infundióle dulce sueño á la hija de Icario, que se quedó recostada en el lecho y todas las articulaciones se le relajaron; y acto continuo la divina entre las diosas la favoreció con inmortales dones, para que la admiraran los aqueos: primeramente le lavó la bella faz con ambrosía, que aumenta la hermosura, del mismo modo que se unge Citerea, la de linda corona, cuando va al amable coro de las Gracias; y luego, hizo que pareciese más alta y más gruesa, y que su blancura aventajara la del marfil recientemente labrado. Después de lo cual, partió la divina entre las diosas.
198 Llegaron del interior de la casa, con gran alboroto, las doncellas de níveos brazos; y el dulce sueño dejó á Penélope, que se enjugó las mejillas con las manos y habló de esta manera:
201 «Blando sopor se apoderó de mí, que estoy tan apenada. Ojalá que ahora mismo me diera la casta Diana una muerte tan dulce, para que no tuviese que consumir mi vida lamentándome en mi corazón y echando de menos las cualidades de toda especie que adornaban á mi esposo, el más señalado de todos los aqueos.»
206 Diciendo así, bajó del magnífico aposento superior, sin que fuese sola, sino acompañada de dos esclavas. Cuando la divina entre las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Los pretendientes sintieron flaquear sus rodillas, fascinada su alma por el amor, y todos deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas ella habló de esta suerte á Telémaco, su hijo amado:
215 «¡Telémaco! Ya no tienes ni firmeza de voluntad ni juicio. Cuando estabas en la niñez, revolvías en tu inteligencia pensamientos más sensatos; pero ahora que eres grande por haber llegado á la flor de la juventud, y que un extranjero, al contemplar tu estatura y tu belleza, consideraría dichoso al varón de quien eres prole, no muestras ni recta voluntad ni tampoco juicio. ¡Cuál acción no ha tenido lugar en esta sala, donde permitiste que se maltratara á un huésped de semejante modo! ¿Qué sucederá si el huésped que se halle en nuestra morada es objeto de una vejación tan penosa? La vergüenza y el oprobio caerán sobre ti, ante todos los hombres.»
226 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! No me causa indignación que estés irritada; mas ya en mi ánimo conozco y entiendo muchas cosas buenas y malas, pues hasta ahora he sido un niño. Esto no obstante, me es imposible resolverlo todo prudentemente, porque me turban los que se sientan á mis lados, pensando cosas inicuas, y no tengo quien me auxilie. El combate del huésped con Iro no se efectuó por haberlo acordado los pretendientes, y fué aquél quien tuvo más fuerza. Ojalá, ¡oh padre Júpiter, Minerva, Apolo!, que los pretendientes ya hubieran sido vencidos en este palacio y se hallaran, unos en el patio y otros dentro de la sala, con la cabeza caída y los miembros relajados; del mismo modo que Iro, sentado á la puerta del patio, mueve la cabeza como un ebrio y no logra ponerse en pie ni tornar á su morada por donde solía ir, porque tiene los miembros relajados.»
243 Así éstos conversaban. Y Eurímaco habló con estas palabras á Penélope:
245 «¡Hija de Icario! ¡Discreta Penélope! Si todos los aqueos te viesen en Argos de Yaso, muchos más serían los pretendientes que desde el amanecer celebrasen banquetes en tu palacio, porque sobresales entre las mujeres por tu belleza, por tu estatura y por tu buen juicio.»