250 Contestóle la discreta Penélope: «¡Eurímaco! Mis atractivos—la hermosura y la gracia de mi cuerpo,—destruyéronlos los inmortales cuando los argivos partieron para Ilión, y se fué con ellos mi esposo Ulises. Si éste, volviendo, cuidara de mi vida, mayor y más bella sería mi gloria. Ahora estoy angustiada por tantos males como me envió algún dios. Por cierto que Ulises, al dejar la tierra patria, me tomó por la diestra y me habló de esta guisa:
259 «¡Oh mujer! No creo que todos los aquivos de hermosas grebas tornen de Troya sanos y salvos; pues dicen que los teucros son belicosos, sumamente hábiles en tirar dardos y flechas, y peritos en montar carros de veloces corceles, que acostumbran á decidir muy pronto la suerte de un empeñado y dudoso combate. No sé, por tanto, si algún dios me dejará volver ó sucumbiré en Troya. Todo lo de aquí quedará á tu cuidado; acuérdate, mientras estés en el palacio, de mi padre y de mi madre, como lo haces ahora ó más aún durante mi ausencia; y así que notes que nuestro hijo barba, cásate con quien quieras y abandona esta morada.» Así habló aquél y todo se va cumpliendo. Vendrá la noche en que ha de celebrarse el casamiento tan odioso para mí ¡oh infeliz!, á quien Júpiter ha privado de toda ventura. Pero un pesar terrible me llega al corazón y al alma, porque antes de ahora no se portaban de tal modo los pretendientes. Los que pretenden á una mujer ilustre, hija de un hombre opulento, y rivalizan entre sí para alcanzarla, traen bueyes y pingües ovejas para dar un convite á los amigos de la novia, hácenle espléndidos regalos y no devoran impunemente los bienes ajenos.»
281 Así dijo; y el paciente divinal Ulises se holgó de que les sacase regalos y les lisonjeara el ánimo con dulces palabras, cuando eran tan diferentes los propósitos que en su inteligencia revolvía.
284 Respondióle Antínoo, hijo de Eupites: «¡Hija de Icario! ¡Prudente Penélope! Admite los regalos que cualquiera de los aqueos te trajere, porque no está bien que se rehuse una dádiva; pero nosotros ni volveremos á nuestros campos ni nos iremos á parte alguna hasta que te cases con quien sea el mejor de los aqueos.»
290 Así se expresó Antínoo; á todos les plugo cuanto dijo, y cada uno envió su propio heraldo para que le trajese los presentes. El de Antínoo le trajo un peplo grande, hermosísimo, que tenía doce hebillas de oro sujetas por sendos anillos hermosamente retorcidos. El de Eurímaco se apresuró á traerle un collar magníficamente labrado, de oro engastado en electro, que parecía un sol. Dos servidores le trajeron á Euridamante unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Un siervo trajo de la casa del príncipe Pisandro Polictórida un collar, que era un adorno bellísimo, y otros aqueos hicieron traer á su vez otros regalos.
302 La divina entre las mujeres volvió luego á la estancia superior con las esclavas, que se llevaron los magníficos presentes; y ellos volvieron á solazarse con la danza y el deleitoso canto, en espera de que llegase la noche. Sobrevino la obscura noche cuando aún se divertían, y entonces colocaron en la sala tres tederos para que alumbrasen, amontonaron á su alrededor leña seca cortada desde mucho tiempo, muy dura, y partida recientemente con el bronce, mezclaron teas con la misma, y las esclavas de Ulises, de ánimo paciente, cuidaban por turno de mantener el fuego. Á ellas el ingenioso Ulises, de jovial linaje, les dijo de esta suerte:
313 «¡Mozas de Ulises, del rey que se halla ausente desde largo tiempo! Idos á la habitación de la venerable reina y dad vueltas á los husos, y alegradla, sentadas en su cuarto, ó cardad lana con vuestras manos; que yo cuidaré de alumbrarles á todos los que aquí se encuentran. Pues aunque deseen quedarse hasta la Aurora, de hermoso trono, no me cansarán, que estoy habituado á sufrir mucho.»
320 Así dijo; ellas se rieron, mirándose las unas á las otras, é increpóle groseramente Melanto, la de bellas mejillas, á la cual engendrara Dolio y criara y educara Penélope, como á hija suya, dándole cuanto le pudiese recrear el ánimo; mas con todo eso, no compartía los pesares de Penélope y se juntaba con Eurímaco, de quien era amante. Ésta, pues, increpó á Ulises con injuriosas palabras:
327 «¡Miserable forastero! Tú estás falto de juicio y en vez de irte á dormir á una herrería ó á la Lesque, hablas aquí largamente y con audacia ante tantos varones, sin que el ánimo se te turbe: ó el vino te trastornó el seso, ó tienes este carácter, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Acaso te desvanece la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro? No sea que se levante de súbito alguno más valiente que Iro, que te golpee la cabeza con su mano robusta y te arroje de la casa, llenándote de sangre.»
337 Mirándola con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «Voy en el acto á contarle á Telémaco lo que dices, ¡perra!; para que aquí mismo te despedace.»