340 Diciendo así, espantó con sus palabras á las mujeres. Fuéronse éstas por la casa y las piernas les flaqueaban del gran temor, pues figurábanse que había hablado seriamente. Y Ulises se quedó junto á los encendidos tederos, cuidando de mantener la lumbre y dirigiendo la mirada á los que allí se encontraban; mientras en su pecho revolvía otros propósitos que no dejaron de llevarse al cabo.
346 Pero tampoco permitió Minerva aquella vez que los ilustres pretendientes se abstuvieran por completo de la dolorosa injuria, á fin de que el pesar atormentara aún más el corazón de Ulises Laertíada. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á hablar para hacer mofa de Ulises, causándoles gran risa á sus compañeros:
351 «¡Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo que en el pecho el ánimo me ordena deciros! No sin la voluntad de los dioses vino ese hombre á la casa de Ulises. Paréceme como si el resplandor de las antorchas saliese de él y de su cabeza, en la cual ya no queda cabello alguno.»
356 Dijo; y seguidamente habló de esta manera á Ulises, asolador de ciudades: «¡Huésped! ¿Querrías servirme en un rincón de mis campos, si te tomase á sueldo—y te lo diera muy cumplido,—atando setos y plantando árboles grandes? Yo te proporcionaría pan todo el año, y vestidos, y calzado para tus pies. Mas como ya eres ducho en malas obras, no querrás aplicarte al trabajo, sino tan sólo pedir limosna por la población á fin de poder llenar tu vientre insaciable.»
365 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Eurímaco! Si nosotros hubiéramos de competir sobre el trabajo de la siega en la estación vernal, cuando los días son más largos, y yo tuviese una bien corvada hoz y tú otra tal para probarnos en la faena, y nos quedáramos en ayunas hasta el anochecer, y la hierba no faltara; ó si conviniera guiar unos magníficos bueyes de luciente pelaje, grandes, hartos de hierba, parejos en la edad, de una carga, cuyo vigor no fuera chico, para la labranza de un campo de cuatro obradas y de tan buen tempero que los terrones cediesen al arado, veríasme rompiendo un no interrumpido surco. Y de igual modo, si el Saturnio suscitara una guerra en cualquier parte y yo tuviese un escudo, dos lanzas y un casco de bronce que se adaptara á mis sienes, veríasme mezclado con los que mejor y más adelante lucharan, y ya no me reprocharías por mi vientre como ahora. Pero tú te portas con gran insolencia, tienes ánimo cruel y quizás te creas grande y fuerte, porque estás entre pocos y no de los mejores. Si Ulises tornara y volviera á su patria, estas puertas tan anchas te serían angostas cuando salieses huyendo por el vestíbulo.»
387 Así habló. Irritóse Eurímaco todavía más en su corazón y, encarándole la torva vista, le dijo estas aladas palabras: «¡Ah, miserable! Pronto he de imponerte el castigo que mereces por la audacia con que hablas ante tantos varones y sin que tu ánimo se turbe: ó el vino te trastornó el seso, ó tienes este carácter, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Te desvanece acaso la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro?»
394 En acabando de hablar, cogió un escabel; pero, como Ulises, temiéndole, se sentara en las rodillas del duliquiense Anfínomo, acertó al copero en la mano derecha: el jarro de éste cayó á tierra con gran estrépito y él mismo fué á dar, gritando, de espaldas en el polvo. Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala, y uno de ellos dijo al que tenía más cerca:
401 «Ojalá acabara sus días el forastero, vagando por otros lugares, antes que viniese; y así no hubiera originado este gran tumulto. Ahora disputamos por los mendigos; y ni en el banquete se hallará placer alguno porque prevalece lo peor.»
405 Y el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo: «¡Desgraciados! Os volvéis locos y vuestro ánimo ya no puede disimular los efectos de la comida y del vino: algún dios os excita sin duda. Mas, ya que comisteis bien, vaya cada uno á recogerse en su casa, cuando el ánimo se lo aconseje; que yo no pienso echar á nadie.»
410 Esto les dijo; y todos se mordieron los labios; admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia. Y Anfínomo, el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, les arengó de esta manera: