70 Mirándola con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «¡Desdichada! ¿Por qué me acometes de esta manera, con ánimo irritado? ¿Quizás porque voy sucio, llevo miserables vestiduras y pido limosna por la población? La necesidad me fuerza á ello, y así son los mendigos y los vagabundos. Pues en otra época también yo fuí dichoso entre los hombres, habité una rica morada y en multitud de ocasiones di limosna al vagabundo, cualquiera que fuese y hallárase en la necesidad en que se hallase; entonces poseía innumerables siervos y otras muchas cosas con las cuales los hombres viven en regalo y gozan fama de opulentos. Mas Júpiter Saturnio me arruinó, porque así lo quiso. No sea que también tú, oh mujer, vayas á perder toda la hermosura por la cual sobresales entre las esclavas; que tu señora, irritándose, se embravezca contigo; ó que Ulises llegue, pues aún hay esperanza de que torne. Y si, por haber muerto, no volviese, ya su hijo Telémaco es tal, por la voluntad de Apolo, que ninguna de las mujeres del palacio le pasará inadvertida si fuere mala; pues ya tiene edad para entenderlo.»

89 Así habló. Oyóle la discreta Penélope y respondió á su esclava diciéndole de este modo:

91 «¡Atrevida! ¡Perra desvergonzada! No se me oculta la mala acción que estás cometiendo y que pagarás con tu cabeza. Muy bien te constaba, por haberlo oído de mi boca, que he de interrogar al forastero en esta sala, acerca de mi esposo; pues me hallo sumamente afligida.»

96 Dijo; y acto continuo dirigió estas palabras á Eurínome, la despensera: «¡Eurínome! Trae una silla y cúbrela con una piel, á fin de que se acomode el forastero, y hable y me escuche, que deseo interrogarle.»

100 Así habló. Apresuróse Eurínome á traer una pulimentada silla, la cubrió con una piel, y en ella tomó asiento el paciente divinal Ulises. Entonces rompió el silencio la discreta Penélope, hablando de esta suerte:

104 «¡Forastero! Ante todo te haré yo misma estas preguntas: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?»

106 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! Ninguno de los mortales de la vasta tierra podría censurarte, pues tu gloria llega hasta el anchuroso cielo como la de un rey eximio y temeroso de los dioses, que impera sobre muchos y esforzados hombres, hace triunfar la justicia, y al amparo de su buen gobierno la negra tierra produce trigo y cebada, los árboles se cargan de fruta, las ovejas paren hijuelos robustos, el mar da peces, y son dichosos los pueblos que le están sometidos. Mas ahora, que nos hallamos en tu casa, hazme otras preguntas, y no te propongas averiguar mi linaje, ni mi patria: no sea que con el recuerdo acrecientes los pesares de mi corazón, pues he sido muy desgraciado. Y tampoco conviene que en casa ajena esté llorando y lamentándome, porque es muy malo afligirse siempre y sin descanso: no fuera que alguna de las esclavas se enojara conmigo, ó tú misma, y dijerais que derramo lágrimas porque el vino me perturbó el entendimiento.»

123 Contestóle en seguida la discreta Penélope: «¡Huésped! Mis atractivos—la belleza y la gracia de mi cuerpo—destruyéronlos los inmortales cuando los argivos partieron para Ilión y se fué con ellos mi esposo Ulises. Si éste, volviendo, cuidara de mi vida, mayor y más hermosa fuera mi gloria; pues estoy angustiada por tantos males como me envió algún dios. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos viven en la propia Ítaca, que se ve de lejos, me pretenden contra mi voluntad y arruinan nuestra casa. Por esto no me curo de los huéspedes, ni de los suplicantes, ni de los heraldos, que son ministros públicos; sino que, padeciendo soledad de Ulises, se me consume el ánimo. Ellos me dan prisa á que me case, y yo tramo engaños. Primeramente sugirióme un dios que me pusiese á tejer en el palacio una gran tela sutil é interminable, y entonces les hablé de este modo: ¡Jóvenes, pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad, para instar mis bodas, que acabe este lienzo—no sea que se me pierdan inútilmente los hilos,—á fin de que tenga sudario el héroe Laertes en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja á un hombre que ha poseído tantos bienes! Así les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante, pasábame el día labrando la gran tela y por la noche, tan luego como me alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta suerte logré ocultar el engaño y que mis palabras fueran creídas por los aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar muchos días, entonces, gracias á las perras de mis esclavas que de nada se cuidan, vinieron á sorprenderme y me increparon con sus palabras. Así fué como, mal de mi grado, me vi en la necesidad de acabar la tela. Ahora ni me es posible evitar las bodas, ni hallo ningún otro consejo que me valga. Mis padres desean apresurar el casamiento y mi hijo siente gran pena al notar cómo son devorados nuestros bienes, porque ya es un hombre apto para regir la casa y Júpiter le da gloria. Mas, con todo eso, dime tu linaje y de dónde eres; que no serán tus progenitores la encina ó el peñasco de la vieja fábula.»

164 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda esposa de Ulises Laertíada! ¿No cesarás de interrogarme acerca de mi progenie? Pues bien, voy á decírtela, aunque con ello acrecientes los pesares que me agobian; pues así le ocurre al hombre que, como yo, ha permanecido mucho tiempo fuera de su patria, peregrinando por tantas ciudades y padeciendo fatigas. Mas, con todo, te hablaré de aquello acerca de lo cual me preguntas é interrogas.

172 »En medio del vinoso ponto, rodeada del mar, existe una tierra hermosa y fértil, Creta; donde hay muchos, innumerables hombres, y noventa ciudades. Allí se oyen mezcladas varias lenguas, pues viven en aquel país los aqueos, los magnánimos cretenses indígenas, los cidones, los dorios, que están divididos en tres tribus, y los divinales pelasgos. Entre las ciudades se halla Cnoso, gran urbe, en la cual reinó por espacio de nueve años Minos, que conversaba con el gran Júpiter y fué padre de mi padre, del magnánimo Deucalión. Éste engendróme á mí y al rey Idomeneo, que fué á Ilión en las corvas naves, juntamente con los Atridas; mi preclaro nombre es Etón y soy el más joven de los dos hermanos, pues aquél es el mayor y el más valiente. En Cnoso conocí á Ulises y aun le ofrecí los dones de la hospitalidad. El héroe enderezaba el viaje para Troya cuando la fuerza del viento lo apartó de Malea y lo llevó á Creta: y entonces ancoró sus barcos en un puerto peligroso, en la desembocadura del Amniso, donde está la gruta de Ilitia, y á duras penas pudo escapar de la tormenta. Entróse en seguida por la ciudad y preguntó por Idomeneo, que era, según afirmaba, su huésped querido y venerado; mas ya la Aurora había aparecido diez ú once veces desde que partiera para Ilión con sus corvas naves. Al punto lo conduje al palacio, le proporcioné digna hospitalidad, tratándole solícita y amistosamente—que en nuestra casa reinaba la abundancia—é hice que á él y á los compañeros que llevaba se les diera harina y negro vino en común por el pueblo, y también bueyes para que los sacrificaran y satisficieran de este modo su apetito. Los divinales aqueos permanecieron con nosotros doce días, por soplar el Bóreas tan fuertemente que casi no se podía estar ni aun en la tierra. Debió de excitarlo alguna deidad malévola. Mas, en el día treceno echóse el viento y se dieron á la vela.»