203 De tal suerte forjaba su relato, refiriendo muchas cosas falsas que parecían verdaderas; y á Penélope, al oirlo, le brotaban las lágrimas de los ojos y se le deshacía el cuerpo. Así como en las altas montañas se derrite la nieve al soplo del Euro, después que el Céfiro la hiciera caer, y la corriente de los ríos crece con la que se funde; así se derretían con el llanto las hermosas mejillas de Penélope, que lloraba por su marido teniéndolo á su vera. Ulises, aunque interiormente compadecía á su mujer, que sollozaba, tuvo los ojos tan firmes dentro de los párpados cual si fueran de cuerno ó de hierro, y logró con astucia que no se le rezumasen las lágrimas. Y Penélope, después que se hubo saciado de llorar y de gemir, tornó á hablarle con estas palabras:

215 «Ahora, oh huésped, pienso someterte á una prueba para saber si es verdad, como lo afirmas, que en tu palacio hospedaste á mi esposo con sus compañeros iguales á los dioses. Dime qué vestiduras llevaba su cuerpo y cómo eran el propio Ulises y los compañeros que le seguían.»

220 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! Es difícil referirlo después de tanto tiempo, porque hace ya veinte años que se fué de allá y dejó mi patria; esto no obstante, te diré cómo se lo representa mi corazón. Llevaba el divinal Ulises un manto lanoso, doble, purpúreo, con áureo broche de dos agujeros; en la parte anterior del manto estaba bordado un perro que tenía entre sus patas delanteras un manchado cervatillo, mirándole forcejar; y á todos pasmaba que, siendo entrambos de oro, aquél mirara al cervatillo á quien ahogaba, y éste forcejara con los pies, deseando escapar. En torno al cuerpo de Ulises vi una espléndida túnica que semejaba árida binza de cebolla, ¡tan suave era! y relucía como un sol; y muchas mujeres la contemplaban admiradas. Pero he de decirte una cosa que fijarás en la memoria: no sé si Ulises ya llevaría estas vestiduras en su casa ó se las dió uno de los compañeros, cuando iba en su velera nave, ó quizás algún huésped; que Ulises tenía muchos amigos, como que eran pocos los aqueos que pudieran comparársele. También yo le regalé una broncínea espada, un hermoso manto doble de color de púrpura, y una túnica talar; después de lo cual fuí á despedirle con gran respeto hasta su nave de muchos bancos. Acompañábale un heraldo un poco más viejo que él y voy á decirte cómo era: metido de hombros, de negra tez y rizado cabello, y su nombre Euríbates. Honrábale Ulises mucho más que á otro alguno de sus compañeros, porque ambos solían pensar de igual manera.»

249 Así le dijo, y acrecentóle el deseo del llanto, pues Penélope reconoció las señales que Ulises describiera con tal certidumbre. Y cuando estuvo harta de llorar y de gemir, le respondió con estas palabras:

253 «¡Oh huésped! Aunque ya antes de ahora te tuve compasión, en adelante has de ser querido y venerado en esta casa; pues yo misma le entregué esas vestiduras que dices, sacándolas bien plegadas de mi estancia, y les puse el lustroso broche, para que le sirviese de ornamento á Ulises. Mas ya no tornaré á recibirle, de vuelta á su hogar y á su patria; que con hado funesto partió en las cóncavas naves, para ver aquella Ilión perniciosa y nefanda.»

Forjaba su relato refiriendo á Penélope muchas cosas falsas que parecían verdaderas

(Canto XIX verso 203.)

261 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda consorte de Ulises Laertíada! No mortifiques más el hermoso cuerpo, ni consumas el ánimo, llorando á tu marido; bien que por ello no he de reprenderte, porque la mujer acostumbra á sollozar cuando perdió el varón con quien se casó virgen y de cuyo amor tuvo hijos, aunque no sea como Ulises, que, según cuentan, se asemejaba á los dioses. Suspende el llanto y presta atención á mis palabras, pues voy á hablarte con sinceridad y no te callaré nada de cuanto sé sobre el regreso de Ulises; el cual vive, está cerca—en el opulento país de los tesprotos—y trae muchas y excelentes preciosidades que ha logrado recoger por entre el pueblo. Perdió sus fieles compañeros y la cóncava nave en el vinoso ponto, al venir de la isla de Trinacria, porque contra él se airaron Júpiter y el Sol, á cuyas vacas habían dado muerte sus compañeros. Los demás perecieron en el alborotado ponto, y Ulises, que montó en la quilla de su nave, fué arrojado por las olas á tierra firme, al país de los feacios, que son cercanos por su linaje á los dioses; y ellos le honraron cordialmente como á un numen, le hicieron muchos regalos y deseaban conducirlo sano y salvo á su casa. Y ya estuviera Ulises aquí mucho tiempo ha, si no le hubiese parecido más útil irse por la vasta tierra para juntar riquezas; como que sobresale por sus astucias entre los mortales hombres y con él no puede rivalizar ninguno. Así me lo dijo Fidón, rey de los tesprotos, y juró en mi presencia, haciendo libaciones en su casa, que ya habían botado la nave al mar y estaban á punto los compañeros para conducirlo á su tierra. Pero antes envióme á mí, porque se ofreció casualmente un barco de varones tesprotos que iba á Duliquio, la abundosa en trigo. Y me mostró todos los bienes que Ulises había juntado, con los cuales pudiera mantenerse un hombre y sus descendientes hasta la décima generación: ¡tantos objetos preciosos tenía en el palacio de aquel rey! Añadió que Ulises estaba en Dodona para saber por la alta encina la voluntad de Júpiter acerca de si convendría que volviese manifiesta ó encubiertamente á su patria, de la cual tanto ha que se halla ausente. Salvo está, pues, y vendrá pronto, que no permanecerá mucho tiempo alejado de sus amigos y de su patria; y sobre este punto voy á prestar un juramento. Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que todo se cumplirá como lo digo: Ulises vendrá aquí este año, al terminar el corriente mes y comenzar el próximo.»

308 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese cuanto dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad, pues te haría tantos regalos que te considerara dichoso quien contigo se encontrase. Pero mi ánimo presiente lo que ha de ocurrir: ni Ulises volverá á esta casa, ni tú conseguirás que te lleven á la tuya; que no hay en el palacio quienes lo rijan, siendo cual era Ulises—si todo no fué un sueño—para acoger y conducir á los venerables huéspedes. Mas vosotras, criadas, lavad al huésped y aparejadle un lecho, con su cama, mantas y colchas espléndidas; para que, calentándose bien, aguarde la aparición de la Aurora de áureo trono. Mañana, muy temprano, bañadle y ungidle; y coma aquí dentro, en esta sala, al lado de Telémaco. Mal para aquél que con el ánimo furioso le molestare, pues será la última acción que aquí realice por muy irritado que se ponga. ¿Cómo sabrías, oh huésped, si aventajo á las demás mujeres en inteligencia y prudente consejo, si dejara que así, tan sucio y miserablemente vestido, comieras en el palacio? Son los hombres de vida corta: el cruel, el que procede inicuamente, consigue que todos los mortales le imprequen desventuras mientras vive y que todos lo insulten después que ha muerto; mas, el intachable, el que se porta con corrección, alcanza una fama grandísima que sus huéspedes difunden entre todos los hombres y son muchos los que le llaman bueno.»