42 Al instante que la divina entre las mujeres llegó al aposento y puso el pie en el umbral de encina que en otra época puliera el artífice con gran habilidad y enderezara por medio de un nivel, alzando los dos postes en que había de encajar la espléndida puerta; desató la correa del anillo, introdujo la llave é hizo correr los cerrojos de la puerta, empujándola hacia dentro. Rechinaron las hojas como muge un toro que pace en la pradera—¡tanto ruido produjo la hermosa puerta al empuje de la llave!—y abriéronse inmediatamente. Penélope subió al excelso tablado donde estaban las arcas de los perfumados vestidos; y, tendiendo el brazo, descolgó de un clavo el arco con la funda espléndida que lo envolvía. Sentóse allí mismo, teniéndolo en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el arco del rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fuése hacia la habitación donde se hallaban los ilustres pretendientes; y llevó en su mano el flexible arco y la aljaba para las flechas, la cual contenía abundantes y dolorosas saetas. Juntamente con Penélope, llevaban las siervas una caja con mucho hierro y bronce que servía para los juegos del rey. Cuando la divina entre las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y á la hora dirigió la palabra á los pretendientes, hablándoles de esta guisa:

68 «Oídme, mis ilustres pretendientes, los que habéis caído sobre esta casa para comer y beber de continuo durante la prolongada ausencia de mi esposo, sin poder hallar otra excusa que la intención de casaros conmigo y tenerme por mujer. Ea, pretendientes míos, os espera este certamen: pondré aquí el gran arco del divinal Ulises, y aquel que más fácilmente lo maneje, lo tienda y haga pasar una flecha por el ojo de las doce segures, será con quien yo me vaya, dejando esta casa á la que vine doncella, que es tan hermosa, que está tan abastecida, y de la cual me figuro que habré de acordarme aun entre sueños.»

80 Tales fueron sus palabras; y mandó en seguida á Eumeo, el divinal porquerizo, que ofreciera á los pretendientes el arco y el blanquizco hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y desde la parte contraria el boyero, al ver el arco de su señor, lloró también. Y Antínoo les increpó, diciéndoles de esta suerte:

85 «¡Rústicos necios, que no pensáis más que en lo del día! ¡Ah míseros! ¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmovéis el ánimo de esta mujer, cuando ya lo tiene sumido en el dolor desde que perdió á su consorte? Comed ahí, en silencio, ó idos afuera á llorar; dejando ese pulido arco que ha de ser causa de un certamen fatigoso para los pretendientes, pues creo que nos será difícil armarlo. Que no hay entre todos los que aquí nos encontramos un hombre como fué Ulises. Le vi y de él guardo memoria, aunque en aquel tiempo era yo un niño.»

96 Así les habló, pero allá dentro en su ánimo tenía esperanzas de armar el arco y hacer pasar la flecha á través del hierro; aunque debía gustar antes que nadie la saeta despedida por mano de Ulises, á quien estaba ultrajando en su palacio y aun incitaba á sus compañeros á que también lo hiciesen. Mas el esforzado y divinal Telémaco les dirigió la palabra y les dijo:

Sentóse Penélope y lloró ruidosamente teniendo en sus rodillas el arco del rey

(Canto XXI, versos 55 y 56.)

102 «¡Oh dioses! En verdad que Júpiter Saturnio me ha vuelto el juicio. Díceme mi madre querida, siendo tan discreta, que se irá con otro y saldrá de esta casa; y yo me río y me deleito con ánimo insensato. Ea, pretendientes, ya que os espera este certamen por una mujer que no tiene par en el país aqueo, ni en la sacra Pilos, ni en Argos, ni en Micenas, ni en la misma Ítaca, ni en el obscuro continente, como vosotros mismos lo sabéis. ¿Qué necesidad tengo de alabar á mi madre? Ea, pues, no difiráis la lucha con pretextos y no tardéis en hacer la prueba de armar el arco, para que os veamos. También yo lo intentaré; y si logro armarlo y hacer pasar la flecha á través del hierro, mi veneranda madre no me dará el disgusto de irse con otro y abandonar el palacio; pues me dejaría en él, cuando ya pudiera alcanzar la victoria en los hermosos juegos de mi padre.»

118 Dijo; y, poniéndose en pie, se quitó el purpúreo manto y descolgó de su hombro la aguda espada. Acto continuo comenzó por hincar las segures, abriendo para todas un gran surco, alineándolas á cordel, y poniendo tierra á entrambos lados. Todos se quedaron sorprendidos al notar con qué buen orden las colocaba, sin haber visto nunca aquel juego. De seguida fuése al umbral y probó á tender el arco. Tres veces lo movió, con el deseo de armarlo, y tres veces hubo de desistir de su propósito; aunque sin perder la esperanza de tirar de la cuerda y hacer pasar la flecha á través del hierro. Y lo hubiese armado, tirando con gran fuerza por la cuarta vez; pero Ulises se lo prohibió con una seña y le contuvo en su deseo. Entonces habló de esta manera el esforzado y divinal Telémaco: