131 «¡Oh dioses! Ó tengo que ser en adelante ruin y menguado, ó soy aún demasiado joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar á quien me ultraje. Mas, ea, probad el arco vosotros, que me superáis en fuerzas, y acabemos el certamen.»
136 Diciendo así, puso el arco en el suelo, arrimándolo á las tablas de la puerta que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas; dejó la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo; y volvióse al asiento que antes ocupaba. Y Antínoo hijo de Eupites, les habló de esta manera:
141 «Levantaos consecutivamente, compañeros, empezando por la derecha del lugar donde se escancia el vino.»
143 De tal modo se expresó Antínoo y á todos les plugo cuanto dijo. Levantóse el primero Liodes, hijo de Énope, el cual era el arúspice de los pretendientes y acostumbraba sentarse en lo más hondo, al lado de la magnífica cratera, siendo el único que aborrecía las iniquidades y que se indignaba contra los demás pretendientes. Tal fué quien primero tomó el arco y la veloz flecha. En seguida se encaminó al umbral y probó el arco; mas no pudo tenderlo, que antes se le fatigaron, con tanto tirar, sus manos blandas y no encallecidas. Y al momento hablóles así á los demás pretendientes:
152 «¡Amigos! Yo no puedo armarlo; tómelo otro. Este arco privará del ánimo y de la vida á muchos príncipes, porque es preferible la muerte á vivir sin realizar el propósito que nos reúne aquí continuamente y que nos hace aguardar día tras día. Ahora cada cual espera en su alma que se le cumplirá el deseo de casarse con Penélope, la esposa de Ulises; mas, tan pronto como vea y pruebe el arco, ya puede dedicarse á pretender á otra aquiva, de hermoso peplo, solicitándola con regalos de boda; y luego se casará aquélla con quien le haga más presentes y venga designado por el destino.»
163 Dichas estas palabras, apartó de sí el arco, arrimándolo á las tablas de la puerta, que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas, dejó la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo, y volvióse al asiento que antes ocupaba. Y Antínoo le increpó, diciéndole de esta suerte:
168 «¡Liodes! ¡Qué palabras tan graves y molestas se te escaparon del cerco de los dientes! Me indigné al oirlas. Dices que este arco privará del ánimo y de la vida á los príncipes, tan sólo porque no puedes armarlo. No te parió tu madre veneranda para que entendieses en manejar el arco y las saetas; pero verás cómo lo tienden muy pronto otros ilustres pretendientes.»
175 Así le dijo; y al punto dió al cabrero Melantio la siguiente orden: «Ve, Melantio, enciende fuego en la sala, coloca junto al hogar un sillón con una pelleja, y trae una gran bola de sebo del que hay en el interior; para que los jóvenes, calentando el arco y untándolo con grasa, probemos de armarlo y terminemos este certamen.»
181 Tal fué lo que le mandó. Melantio se puso inmediatamente á encender el fuego infatigable, colocó junto al mismo un sillón con una pelleja y sacó una gran bola de sebo del que había en el interior. Untándolo con sebo y calentándolo en la lumbre, fueron probando el arco todos los jóvenes; mas no consiguieron tenderlo, porque les faltaba gran parte de la fuerza que para ello se requería. Y ya sólo quedaban sin probarlo Antínoo y el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes entre los pretendientes y á todos superaban por su fuerza.
188 Entonces salieron juntos de la casa el boyero y el porquerizo del divinal Ulises; siguióles éste y díjoles con suaves palabras así que dejaron á su espalda la puerta y el patio: