193 «¡Boyero y tú, porquerizo! ¿Os revelaré lo que pienso ó lo mantendré oculto? Mi ánimo me ordena que lo diga. ¿Cuáles fuerais para ayudar á Ulises, si llegara de súbito porque alguna deidad nos lo trajese? ¿Os pondríais de parte de los pretendientes ó del propio Ulises? Contestad como vuestro corazón y vuestro ánimo os lo dicten.»

199 Dijo entonces el boyero: «¡Padre Júpiter! Ojalá me cumplas este voto: que vuelva aquel varón, traído por alguna deidad. Tú verías, si así sucediese, cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»

203 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises volviera á su casa. Cuando el héroe conoció el verdadero modo de pensar de entrambos, hablóles nuevamente diciendo de esta suerte:

207 «Pues dentro está, aquí lo tenéis, soy yo que, después de pasar muchos trabajos, he vuelto en el vigésimo año á la patria tierra. Conozco que entre mis esclavos tan solamente vosotros deseabais mi vuelta, pues no he oído que ningún otro hiciera votos para que tornara á esta casa. Os voy á revelar con sinceridad lo que ha de llevarse á efecto. Si, por ordenarlo un dios, sucumben á mis manos los eximios pretendientes, os buscaré esposa, os daré bienes y sendas casas labradas junto á la mía, y os consideraré en lo sucesivo como compañeros y hermanos de Telémaco. Y, si queréis, ea, voy á mostraros una manifiesta señal para que me reconozcáis y se convenza vuestro ánimo: la cicatriz de la herida que me infirió un jabalí con su blanco diente cuando fuí al Parnaso con los hijos de Autólico.»

221 Apenas hubo dicho estas palabras, apartó los harapos para enseñarles la extensa cicatriz. Ambos la vieron y examinaron cuidadosamente, y acto continuo rompieron en llanto, echaron los brazos sobre el prudente Ulises y, apretándole, le besaron la cabeza y los hombros. Ulises, á su vez, besóles la cabeza y las manos. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si el propio Ulises no les hubiese calmado, diciéndoles de esta suerte:

228 «Cesad ya de llorar y de gemir: no sea que alguno salga del palacio, lo vea y se vaya á contarlo allá dentro. Entraréis en el palacio pero no juntos, sino uno tras otro: yo primero y vosotros después. Tened sabida una señal que os quiero dar y es la siguiente: Los otros, los ilustres pretendientes, no han de permitir que se me dé el arco y el carcaj; pero tú, divinal Eumeo, tráelo por la habitación, pónmelo en las manos, y di á las mujeres que cierren las sólidas puertas de las estancias y que si alguna oyere gemidos ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor. Y á ti, divinal Filetio, te confío las puertas del patio para que las cierres, corriendo el cerrojo que sujetarás mediante un nudo.»

242 Hablando así, entróse por el cómodo palacio y fué á sentarse en el mismo sitio que antes ocupaba. Luego penetraron también los dos esclavos del divinal Ulises.

245 Ya Eurímaco manejaba el arco, dándole vueltas y calentándolo, ora por esta, ora por aquella parte, al resplandor del fuego. Mas ni aun así consiguió armarlo; por lo cual, sintiendo gran angustia en su corazón glorioso, suspiró y dijo de esta suerte:

249 «¡Oh dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me lamento por las mismas—pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca, rodeada por el mar, y en las restantes ciudades,—como por ser nuestras fuerzas de tal modo inferiores á las del divinal Ulises que no podamos tender su arco: ¡vergonzoso será que lleguen á saberlo los venideros!»

256 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, le habló diciendo: «¡Eurímaco! No será así y tú mismo lo comprendes. Ahora, mientras se celebra en la población la sacra fiesta del dios, ¿quién lograría tender el arco? Ponedlo en tierra tranquilamente y permanezcan clavadas todas las segures, pues no creo que se las lleve ninguno de los que frecuentan el palacio de Ulises Laertíada. Mas, ea, comience el escanciador á repartir las copas para que hagamos la libación, y dejemos ya el corvo arco. Y ordenad al cabrero Melantio que al romper el día se venga con algunas cabras, las mejores de todos sus rebaños, á fin de que, en ofreciendo los muslos á Apolo, célebre por su arco, probemos de armar el de Ulises y terminemos este certamen.»