362 «¿Adónde llevas el corvo arco, oh porquero no digno de envidia, oh vagabundo? Pronto te devorarán, junto á los marranos y lejos de los hombres, los ágiles canes que tú mismo has criado, si Apolo y los demás inmortales dioses nos fueren propicios.»

366 Así decían; y él volvió á poner el arco en el mismo sitio, asustado de que le increpasen tantos hombres dentro de la sala. Mas Telémaco le amenazó, gritándole desde el otro lado:

369 «¡Abuelo! Sigue adelante con el arco, que muy pronto verías que no obras bien obedeciendo á todos: no sea que yo, aun siendo el más joven, te eche al campo y te hiera á pedradas, ya que te aventajo en fuerzas. Ojalá superase de igual modo, en brazos y fuerzas, á todos los pretendientes que hay en el palacio; pues no tardaría en arrojar á alguno vergonzosamente de la casa, porque maquinan acciones malvadas.»

376 Así les habló; y todos los pretendientes lo recibieron con dulces risas, olvidando su terrible cólera contra Telémaco. El porquerizo tomó el arco, atravesó la sala y, deteniéndose cabe al prudente Ulises, se lo puso en las manos. Seguidamente, llamó al ama Euriclea y le habló de este modo:

381 «Telémaco te manda, prudente Euriclea, que cierres las sólidas puertas de las estancias y que si alguna de las esclavas oyere gemidos ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor.»

386 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, que cerró las puertas de las cómodas habitaciones.

388 Filetio, á su vez, salió de la casa silenciosamente, fué á entornar las puertas del bien cercado patio y, como hallara debajo del pórtico el cable de papiro de una corva embarcación, las ató con el mismo. Luego volvió á entrar y sentóse en el mismo sitio que antes ocupaba, con los ojos clavados en Ulises. Ya éste manejaba el arco, dándole vueltas por todas partes y probando acá y allá: no fuese que la carcoma hubiera roído el cuerno durante la ausencia del rey. Y uno de los presentes dijo al que tenía más cercano:

397 «Debe de ser experto y hábil en manejar arcos, ó quizás haya en su casa otros semejantes, ó se proponga construirlos: de tal modo le da vueltas en sus manos acá y allá, ese vagabundo instruído en malas artes.»

401 Otro de aquellos jóvenes soberbios habló de esta manera: «¡Así alcance tanto provecho, como en su vida podrá armar el arco!»

404 De tal suerte se expresaban los pretendientes. Mas el ingenioso Ulises, tan luego como hubo tentado y examinado el gran arco por todas partes, cual un hábil citarista y cantor tiende fácilmente con la clavija nueva la cuerda formada por el retorcido intestino de una oveja que antes atara del uno y del otro lado: de este modo, sin esfuerzo alguno, armó Ulises el grande arco. Seguidamente probó la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido muy semejante á la voz de una golondrina. Sintieron entonces los pretendientes gran pesar y á todos se les mudó el color. Júpiter despidió un gran trueno como señal y holgóse el paciente divino Ulises de que el hijo del artero Saturno le enviase aquel presagio. Tomó el héroe una veloz flecha que estaba encima de la mesa, porque las otras se hallaban dentro de la hueca aljaba, aunque muy pronto habían de gustarlas los aqueos. Y acomodándola al arco, tiró á la vez de la cuerda y de las barbas, allí mismo, sentado en la silla; apuntó al blanco, despidió la saeta y no erró á ninguna de las segures, desde el primer agujero hasta el último: la flecha, que el bronce hacía ponderosa, las atravesó todas y salió afuera. Después de lo cual dijo á Telémaco: