89 También Anfínomo se fué derecho hacia el glorioso Ulises, con la espada desenvainada, para ver si habría medio de echarlo de la puerta. Mas Telémaco le previno con tirarle la broncínea lanza, la cual se le hundió en la espalda, entre los hombros, y le atravesó el pecho; y aquél cayó ruidosamente y dió de cara contra el suelo. Retiróse Telémaco con prontitud, dejando la luenga pica clavada en Anfínomo; pues temió que, mientras la arrancase, le hiriera alguno de los aqueos con la punta ó con el filo de la espada. Fué corriendo, llegó en seguida adonde se hallaba su padre y, parándose cerca del mismo, díjole estas aladas palabras:

101 «¡Oh padre! Voy á traerte un escudo, dos lanzas y un casco de bronce que se adapte á tus sienes; y de camino me pondré también las armas y daré otras al porquerizo y al boyero; porque es mejor estar armados.»

105 Respondióle el ingenioso Ulises: «Corre, tráelo mientras tengo saetas para rechazarlos: no sea que, por estar solo, me lancen de la puerta.»

108 Así le dijo. Obedeció Telémaco y se fué al aposento donde estaban las magníficas armas. Tomó cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro yelmos de bronce adornados con espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo, volvió pronto adonde se hallaba su padre. Primeramente protegió Telémaco su cuerpo con el bronce; dió en seguida hermosas armaduras á los dos esclavos para que las vistiesen; y luego colocáronse todos cabe al prudente y sagaz Ulises.

116 Mientras el héroe tuvo flechas para defenderse, fué apuntando é hiriendo sin interrupción en su propia casa á los pretendientes, los cuales caían unos en pos de otros. Mas, en el momento en que se le acabaron las saetas al rey, que las tiraba, arrimó el arco á un poste de la sala sólidamente construída, apoyándolo contra el lustroso muro; echóse al hombro un escudo de cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un labrado yelmo cuyo penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente en la cimera, y asió dos fuertes lanzas de broncínea punta.

126 Había en la bien labrada pared un postigo con su umbral mucho más alto que el pavimento de la sala sólidamente construída; que daba paso á una callejuela y lo cerraban unas tablas perfectamente ajustadas. Ulises mandó que lo custodiara el divinal porquero, quedándose de pie junto al mismo, por ser aquella la única salida. Y Agelao hablóles á todos con estas palabras:

132 «¡Amigos! ¿No podría alguno subir al postigo, hablarle á la gente y levantar muy pronto un clamoreo? Haciéndolo así, quizás este hombre disparara el arco por la vez postrera.»

135 Mas el cabrero Melantio le replicó: «No es posible, oh Agelao, alumno de Júpiter. Hállase el postigo muy próximo á la hermosa puerta que conduce al patio, la salida al callejón es difícil y un solo hombre que fuese esforzado bastaría para detenernos á todos. Ea, para que os arméis traeré armas del aposento en el cual me figuro que las colocaron—y no será seguramente en otra parte—Ulises con su preclaro hijo.»

142 Diciendo de esta suerte, el cabrero Melantio subió á la estancia de Ulises por la escalera del palacio. Tomó doce escudos, igual número de lanzas y otros tantos broncíneos yelmos guarnecidos de espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo, lo puso en las manos de los pretendientes. Desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises cuando les vió coger las armas y blandear las luengas picas; porque era grande el trabajo que se le presentaba. Y al momento dirigió á Telémaco estas aladas palabras:

151 «¡Telémaco! Alguna de las mujeres del palacio ó Melantio, enciende contra nosotros el funesto combate.»