8 Dijo, y enderezó la amarga saeta hacia Antínoo. Levantaba éste una bella copa de oro, de dos asas, y teníala ya en las manos para beber el vino, sin que la idea de la muerte preocupase su espíritu: ¿quién pensara que, entre tantos convidados, un solo hombre, por valiente que fuera, había de darle tan mala muerte y negro hado? Pues Ulises, acertándole en la garganta, hirióle con la flecha y la punta asomó por la tierna cerviz. Desplomóse Antínoo, al recibir la herida, cayósele la copa de las manos, y brotó de sus narices un espeso chorro de humana sangre. Seguidamente empujó la mesa, dándole con el pie, y esparció las viandas por el suelo, donde el pan y la carne asada se mancharon. Al verle caído, los pretendientes levantaron un gran tumulto dentro del palacio; dejaron las sillas y, moviéndose por la sala, recorrieron con los ojos las bien labradas paredes; pero no había ni un escudo siquiera, ni una fuerte lanza de que echar mano. É increparon á Ulises con airadas voces:
27 «¡Oh forastero! Mal haces en disparar el arco contra los hombres. Pero ya no te hallarás en otros certámenes: ahora te aguarda una terrible muerte. Quitaste la vida á un varón que era el más señalado de los jóvenes de Ítaca, y por ello te comerán aquí mismo los buitres.»
31 Así hablaban, figurándose que había muerto á aquel hombre involuntariamente. No pensaban los muy simples que la ruina pendiera sobre ellos. Pero, encarándoles la torva faz, les dijo el ingenioso Ulises:
35 «¡Ah perros! No creíais que volviese del pueblo troyano á mi morada y me arruinabais la casa, forzabais las mujeres esclavas y, estando yo vivo, pretendíais á mi esposa; sin temer á los dioses que habitan el vasto cielo, ni recelar venganza alguna de parte de los hombres. Ya pende la ruina sobre vosotros todos.»
42 Así se expresó. Todos se sintieron poseídos del pálido temor y cada uno buscaba adonde huiría para librarse de una muerte espantosa. Y Eurímaco fué el único que le contestó diciendo:
45 «Si eres en verdad Ulises itacense, que has vuelto, te asiste la razón al hablar de este modo de cuanto hacían los aqueos; pues se han cometido muchas iniquidades en el palacio y en el campo. Pero yace en tierra quien fué el culpable de todas estas cosas, Antínoo; el cual promovió dichas acciones, no porque tuviera necesidad ó deseo de casarse, sino por haber concebido otros designios que el Saturnio no llevó al cabo, es á saber, para reinar sobre el pueblo de la bien construída Ítaca, matando á tu hijo con asechanzas. Ya lo ha pagado con su vida, como era justo; mas tú perdona á tus conciudadanos, que nosotros, para aplacarte públicamente, te resarciremos de cuanto se ha comido y bebido en el palacio, estimándolo en el valor de veinte bueyes por cabeza, y te daremos bronce y oro hasta que tu corazón se satisfaga; pues antes no se te puede reprochar que estés irritado.»
60 Mirándole con torva faz, le contestó el ingenioso Ulises: «¡Eurímaco! Aunque todos me dierais vuestro respectivo patrimonio, añadiendo á cuanto tengáis otros bienes de distinta procedencia, ni aun así se abstendrían mis manos de matar hasta que todos los pretendientes hayáis pagado por completo vuestras demasías. Ahora se os ofrece la ocasión de combatir conmigo ó de huir, si alguno puede evitar la muerte y el hado; mas no creo que nadie se libre de un fin desastroso.»
68 Tal dijo; y todos sintieron desfallecer sus rodillas y su corazón. Pero Eurímaco habló nuevamente para decirles:
70 «¡Amigos! No contendrá este hombre sus manos indómitas: habiendo tomado el pulido arco y la aljaba, disparará desde el liso umbral hasta que á todos nos mate. Pensemos, pues, en combatir. Sacad las espadas, poned las mesas por reparo á las saetas, que causan rápida muerte, y acometámosle juntos por si logramos apartarle del umbral y de la puerta é irnos por la ciudad, donde se promovería gran alboroto. Y quizás disparara el arco por la vez postrera.»
79 Diciendo así, desenvainó la espada de bronce, aguda y de doble filo, y arremetió contra aquél, gritando de un modo horrible. Pero en el mismo punto tiróle el divinal Ulises una saeta y, acertándole en el pecho junto á la tetilla, le clavó en el hígado la veloz flecha. Cayó en el suelo la espada que empuñaba Eurímaco y éste, tambaleándose y dando vueltas, vino á dar encima de la mesa y tiró los manjares y la copa doble; después, angustiado en su espíritu, hirió con la frente el suelo y golpeó con los pies la silla; y por fin obscura nube se extendió sobre sus ojos.