224 Tal dijo. Acrecentósele á Minerva el enojo que sentía en su corazón é increpó á Ulises con airadas voces:
226 «Ya no hay en ti, oh Ulises, aquel vigor ni aquella fortaleza con que durante nueve años luchaste continuamente contra los teucros por Helena, la de los níveos brazos, hija de nobles padres; y diste muerte á muchos varones en la terrible pelea; y por tu consejo fué tomada la ciudad de Príamo, la de anchas calles. ¿Cómo, pues, llegado á tu casa y á tus posesiones, no te atreves á ser esforzado contra los pretendientes? Mas, ea, ven acá, amigo, colócate junto á mí, contempla mis hechos, y sabrás cómo Méntor Alcímida se porta con tus enemigos para devolverte los favores que le hiciste.»
236 Dijo; mas no le dió completamente la indecisa victoria, porque deseaba probar la fuerza y el valor de Ulises y de su hijo glorioso. Y, tomando el aspecto de una golondrina, emprendió el vuelo y fué á posarse en una de las vigas de la espléndida sala.
241 En esto concitaban á los demás pretendientes Agelao Damastórida, Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro Polictórida y el valeroso Pólibo, que eran los más señalados por su bravura entre los que aún vivían y peleaban por conservar su existencia; pues á los restantes habíanlos derribado las respectivas flechas que el arco despidiera. Y Agelao hablóles á todos con estas palabras:
248 «¡Amigos! Ya este hombre contendrá sus manos indómitas; pues Méntor se le fué, después de proferir inútiles baladronadas, y vuelven á estar solos en el umbral de la puerta. Por tanto, no arrojéis todos á una la luenga pica; ea, tírenla primeramente estos seis, por si Júpiter nos concede herir á Ulises y alcanzar gloria. Que ningún cuidado nos darían los otros, si él cayese.»
255 Así les habló; arrojaron sus lanzas con gran ímpetu aquellos á quienes se lo ordenara, é hizo Minerva que todos los tiros saliesen vanos. Uno acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente construída, otro en la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió el muro con la lanza de fresno que el bronce hacía ponderosa. Mas, apenas se hubieron librado de las lanzas arrojadas por los pretendientes, el paciente divinal Ulises fué el primero en hablar á los suyos de esta manera:
262 «¡Amigos! Ya os invito á tirar las lanzas contra la turba de los pretendientes, que desean acabar con nosotros después de habernos causado los anteriores males.»
265 Así se expresó; y ellos arrojaron las agudas lanzas, apuntando á su frente. Ulises mató á Demoptólemo, Telémaco á Euríades, el porquerizo á Élato y el boyero á Pisandro; los cuales mordieron juntos la vasta tierra. Retrocedieron los pretendientes al fondo de la sala; y Ulises y los suyos corrieron á sacar de los cadáveres las lanzas que les habían clavado.
272 Los pretendientes tornaron á arrojar con gran ímpetu las agudas lanzas, pero Minerva hizo que los más de los tiros saliesen vanos. Uno acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente construída, otro en la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió el muro con la lanza de fresno que el bronce hacía ponderosa. Anfimedonte hirió á Telémaco en la muñeca, pero muy levemente, pues el bronce tan sólo desgarró el cutis. Y Ctesipo logró que su ingente lanza rasguñase el hombro de Eumeo por cima del escudo; pero el arma voló al otro lado y cayó en tierra.
281 El prudente y sagaz Ulises y los que con él se hallaban arrojaron otra vez sus agudas lanzas contra la turba de los pretendientes. Ulises, asolador de ciudades, hirió á Euridamante, Telémaco á Anfimedonte y el porquerizo á Pólibo; y en tanto el boyero acertó á dar en el pecho á Ctesipo y, gloriándose, hablóle de esta manera: