287 «¡Oh Politersida, amante de la injuria! No cedas nunca al impulso de tu mentecatez para hablar altaneramente; antes bien, deja la palabra á las deidades, que son mucho más poderosas. Y recibirás este presente de hospitalidad por la pata que diste á Ulises, igual á un dios, cuando mendigaba en su propio palacio.»
292 Así habló el pastor de bueyes, de retorcidos cuernos; y en tanto Ulises le envasaba su gran pica al Damastórida. Telémaco hirió por su parte á Leócrito Evenórida con hundirle la lanza en el ijar, que el bronce traspasó enteramente; y el varón cayó de bruces, dando de cara contra el suelo. Minerva, desde lo alto del techo, levantó su égida, perniciosa á los mortales; y los ánimos de todos los pretendientes quedaron espantados. Huían éstos por la sala como las vacas de un rebaño al cual agita el movedizo tábano en la estación vernal, cuando los días son muy largos. Y aquéllos, de la suerte que unos buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan del monte y acometen á las aves que, temerosas de quedarse en las nubes, han descendido al llano; y las persiguen y matan sin que puedan resistirse ni huir, mientras los hombres se regocijan presenciando la captura: de semejante modo arremetieron en la sala contra los pretendientes, dando golpes á diestro y siniestro; los que eran heridos en la cabeza levantaban horribles suspiros, y el suelo manaba sangre por todos lados.
310 En esto, Liodes corrió hacia Ulises, le abrazó por las rodillas y comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
312 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y apiádate de mí. Yo te aseguro que á las mujeres del palacio nada inicuo les dije ni les hice jamás; antes bien, contenía á los pretendientes que de tal modo se portaban. Mas no me obedecieron en términos que sus manos se abstuviesen de las malas obras; y de ahí que se hayan atraído con sus iniquidades una deplorable muerte. Y yo, que era su arúspice y ninguna maldad he cometido, yaceré con ellos; pues ningún agradecimiento se siente hacia los bienhechores.»
320 Mirándole con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «Si te jactas de haber sido su arúspice, debiste de rogar muchas veces en el palacio que se alejara el dulce instante de mi regreso, y se fuera mi esposa contigo, y te diese hijos; por tanto, no te escaparás tampoco de la cruel muerte.»
326 Diciendo así, tomó con la robusta mano la espada que Agelao, al morir, arrojara en el suelo, y le dió un golpe en la cerviz; y la cabeza cayó en el polvo, mientras Liodes hablaba todavía.
330 Pero libróse de la negra Parca el aedo Femio Terpíada; el cual, obligado por la necesidad, cantaba ante los pretendientes. Hallábase de pie junto al postigo, con la sonora cítara en la mano, y revolvía en su corazón dos resoluciones: ó salir de la habitación y sentarse junto al bien construído altar del gran Jove, protector del recinto, donde Laertes y Ulises quemaran tantos muslos de buey; ó correr hacia Ulises, abrazarle por las rodillas y dirigirle súplicas. Considerándolo bien, parecióle mejor tocarle las rodillas á Ulises Laertíada. Y dejando en el suelo la cóncava cítara, entre la cratera y la silla de clavazón de plata, corrió hacia Ulises, abrazóle por las rodillas y comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
344 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y apiádate de mí. Á ti mismo te pesará más tarde haber quitado la vida á un aedo como yo, que canto á los dioses y á los hombres. Yo de mío me he enseñado, que un dios me inspiró en la mente canciones de toda especie y soy capaz de entonarlas en tu presencia como si fueses una deidad: no quieras, pues, degollarme. Telémaco, tu caro hijo, te podrá decir que no entraba en esta casa de propio impulso ni obligado por la penuria á cantar después de los festines de los pretendientes; sino que éstos, que eran muchos y me aventajaban en poder, forzábanme á que viniera.»
354 Así habló; y, al oirlo el vigoroso y divinal Telémaco, dijo á su padre que estaba cerca:
356 «Tente y no hieras con el bronce á ese inculpable. Y salvaremos asimismo al heraldo Medonte, que siempre me cuidaba en esta casa mientras fuí niño; si ya no le han muerto Filetio ó el porquerizo, ni se encontró contigo cuando arremetías por la sala.»