361 Así dijo; y oyólo el discreto Medonte, que se hallaba acurrucado debajo de una silla, tapándose con un cuero reciente de buey para evitar la negra Parca. Corrió en seguida hacia Telémaco, abrazóle por las rodillas y comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
367 «¡Amigo! Ése soy yo. Deténte y di á tu padre que no me cause daño con el agudo bronce, prevaliéndose de su fuerza, irritado como está contra los pretendientes que agotaban sus bienes en el palacio y á ti, los muy necios, no te honraban en lo más mínimo.»
371 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises: «Tranquilízate, ya que éste te libró y salvó para que conozcas en tu ánimo y puedas decir á los demás cuánta ventaja llevan las buenas acciones á las malas. Pero salid de la habitación tú y el aedo tan afamado y tomad asiento en el patio, fuera de este lugar de matanza, mientras doy fin á lo que debo hacer en mi morada.»
378 Así les habló; y ambos salieron de la sala y se sentaron junto al altar del gran Júpiter, mirando á todas partes y temiendo recibir la muerte á cada paso.
381 Ulises registraba con los ojos toda la estancia por si hubiese quedado vivo alguno de aquellos hombres, librándose de la negra muerte. Pero los vió á tantos como eran, caídos todos entre la sangre y el polvo. Como los peces que los pescadores sacan del espumoso mar á la corva orilla en una red de infinidad de mallas, yacen amontonados en la arena, deseosos de las olas, y el resplandeciente sol les arrebata la vida: de tal manera estaban tendidos los pretendientes los unos sobre los otros. Entonces el ingenioso Ulises dijo á Telémaco:
391 «¡Telémaco! Ve y haz venir al ama Euriclea, para que le diga lo que tengo pensado.»
393 Así se expresó. Telémaco obedeció á su padre y, tocando á la puerta, hablóle de este modo al ama Euriclea:
395 «¡Levántate y ven, añosa vieja que cuidas de vigilar las esclavas en nuestro palacio! Te llama mi padre para decirte alguna cosa.»
398 Tal dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, la cual abrió las puertas de las cómodas habitaciones, comenzó á andar, precedida por Telémaco, y halló á Ulises entre los cadáveres de aquellos á quienes matara, todo manchado de sangre y polvo. Así como un león que acaba de devorar á un buey montés, se presenta con el pecho y ambos lados de las mandíbulas teñidos en sangre, é infunde horror á los que lo ven: de igual manera tenía manchados Ulises los pies y las manos. Cuando ella vió los cadáveres y aquel mar de sangre, empezó á proferir exclamaciones de alegría porque contemplaba una grandiosa hazaña; pero Ulises se lo estorbó y contuvo su gana de dar gritos, dirigiéndole estas aladas palabras:
411 «¡Anciana! Regocíjate en tu espíritu, pero conténte y no profieras exclamaciones de alegría; que no es piadoso alborozarse por la muerte de estos varones. Hiciéronlos sucumbir el hado de los dioses y sus obras perversas, pues no respetaban á ningún hombre de la tierra, malo ó bueno, que á ellos se llegase; de ahí que con sus iniquidades se hayan atraído una deplorable muerte. Mas, ea, cuéntame ahora cuáles mujeres me hacen poco honor en el palacio y cuáles están sin culpa.»