419 Contestóle Euriclea, su ama querida: «Yo te diré, oh hijo, la verdad. Cincuenta esclavas tienes en el palacio, á las cuales enseñé á hacer labores, á cardar lana y á sufrir la servidumbre; de ellas doce se entregaron á la impudencia, no respetándome á mí ni á la propia Penélope. Telémaco ha muy poco que llegó á la juventud, y su madre no le dejaba tener mando en las mujeres. Mas, ea, voy á subir á la espléndida habitación superior para enterar de lo que ocurre á tu esposa, á la cual debe de haberle enviado alguna deidad el sueño en que está sumida.»

430 Respondióle el ingenioso Ulises: «No la despiertes aún; pero di que vengan cuantas mujeres han cometido acciones indignas.»

433 Así le habló; y la vieja se fué por el palacio á decirlo á las mujeres y mandarles que se presentaran. Entonces llamó el héroe á Telémaco, al boyero y al porquerizo, y les dijo estas aladas palabras:

437 «Proceded ante todo al traslado de los cadáveres, que ordenaréis á las mujeres; y seguidamente limpien éstas con agua y esponjas de muchos ojos, las magníficas sillas y las mesas. Y cuando hubiereis puesto en orden toda la estancia, llevaos las esclavas afuera del sólido palacio y allá, entre la rotonda y la bella cerca del patio, heridlas á todas con la espada de larga punta hasta que les arranquéis el alma y se olviden de Venus, de cuyos placeres disfrutaban envolviéndose en secreto con los pretendientes.»

446 Así se lo encargó. Llegaron todas las mujeres juntas, las cuales suspiraban gravemente y derramaban abundantes lágrimas. Comenzaron por sacar los cadáveres de los que habían muerto y los colocaron unos encima de otros debajo del pórtico, en el bien cercado patio: Ulises se lo ordenó, dándoles prisa, y ellas se vieron obligadas á transportarlos. Después limpiaron con agua y esponjas de muchos ojos, las magníficas sillas y las mesas. Telémaco, el boyero y el porquerizo pasaron la rasqueta por el pavimento de la sala sólidamente construída y las esclavas se llevaron las raeduras y las echaron fuera. Cuando hubieron puesto en orden toda la estancia, sacaron aquéllos las esclavas de palacio á un lugar angosto, entre la rotonda y la bella cerca del patio, de donde no era posible que se escaparan. Y el prudente Telémaco dijo á los otros:

¡Anciana! ¡Regocíjate en tu espíritu, pero no profieras exclamaciones de alegría!...

(Canto XXII, verso 411.)

462 «No quiero privar de la vida con una muerte honrosa á estas esclavas que derramaron el oprobio sobre mi cabeza y sobre mi madre, durmiendo con los pretendientes.»

465 De tal suerte habló; y, atando á excelsa columna la soga de una nave de azulada proa, cercó con ella la rotonda, tendiéndola en lo alto para que ninguna de las esclavas llegase con sus pies al suelo. Así como los tordos de anchas alas ó las palomas que, al entrar en un seto, dan con una red colocada ante un matorral, encuentran en ella odioso lecho; así las esclavas tenían las cabezas en línea y sendos lazos alrededor de sus cuellos, para que muriesen del modo más deplorable. Tan solamente agitaron los pies por un breve espacio de tiempo, que no fué en verdad de larga duración.