69 Respondióle en el acto su ama Euriclea: «¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes, al decir que jamás volverá á esta casa tu marido, cuando ya está junto al hogar! Tu ánimo es siempre incrédulo. Mas, ea, voy á revelarte otra señal manifiesta: la cicatriz de la herida que le infirió un jabalí con su blanco diente. La reconocí mientras le lavaba y quise decírtelo; pero él, con sagaz previsión, me lo impidió tapándome la boca con sus manos. Sígueme; que yo misma me doy en prenda y, si te engaño, me matas haciéndome padecer la más deplorable de las muertes.»
80 Contestóle la discreta Penélope: «¡Ama querida! Por mucho que sepas, difícil es que averigües los designios de los sempiternos dioses. Mas, con todo, vayamos adonde está mi hijo, para que yo vea muertos á mis pretendientes y á quien los ha matado.»
85 Dijo así; y bajó de la estancia superior, revolviendo en su corazón muchas cosas: si interrogaría á su marido desde lejos, ó si, acercándose á él, le besaría la cabeza y le tomaría las manos. Después que entró en la sala, trasponiendo el lapídeo umbral, fué á sentarse enfrente de Ulises, al resplandor del fuego, en la pared opuesta; pues el héroe se hallaba sentado de espaldas á una elevada columna, con la vista baja, esperando si le hablaría su ilustre consorte así que en él pusiera los ojos. Mas Penélope permaneció mucho tiempo sin desplegar los labios por tener el corazón estupefacto: unas veces, mirándole fijamente á los ojos, veía que aquél era realmente su aspecto; y otras no le reconocía á causa de las miserables vestiduras que llevaba. Y Telémaco la increpó con estas voces:
97 «¡Madre mía, no justa madre puesto que tienes un ánimo cruel! ¿Por qué estás tan apartada de mi padre, en vez de sentarte á su vera, y hacerle preguntas y enterarte de todo? Ninguna mujer se quedaría así, con el ánimo firme, lejos de su esposo; cuando éste, después de pasar tantos males, vuelve en el vigésimo año á la patria tierra. Pero tu corazón ha sido siempre más duro que una roca.»
104 Respondióle la discreta Penélope: «¡Hijo mío! Estupefacto está mi ánimo en el pecho, y no podría decirle ni una sola palabra, ni hacerle preguntas, ni mirarlo frente á frente. Pero, si verdaderamente es Ulises que vuelve á su casa, ya nos reconoceremos mejor; pues hay señas para nosotros, que los demás ignoran.»
111 Así se expresó. Sonrióse el paciente divinal Ulises y en seguida dirigió á Telémaco estas aladas palabras:
113 «¡Telémaco! Deja á tu madre que me pruebe dentro del palacio; pues quizás de este modo me reconozca más fácilmente. Como estoy sucio y llevo miserables vestiduras, me tiene en poco y no cree todavía que sea aquél. Deliberemos ahora para que todo se haga de la mejor manera. Pues si quien mata á un hombre del pueblo, el cual no deja tras de sí muchos vengadores, huye y desampara á sus deudos y su patria tierra; nosotros hemos dado muerte á los que eran el sostén de la ciudad, á los más eximios jóvenes de Ítaca. Yo te invito á pensar en esto.»
123 Respondióle el prudente Telémaco: «Conviene que tú mismo lo veas, padre amado, pues dicen que tu consejo es en todas las cosas el más excelente y que ninguno de los hombres mortales competiría contigo. Nosotros te seguiremos muy prontos, y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas.»
129 Contestóle el ingenioso Ulises: «Pues voy á decir lo que considero más conveniente. Empezad por lavaros, poneos las túnicas y ordenad á las esclavas que se vistan en el palacio; y acto seguido el divinal aedo, tomando la sonora cítara, nos guiará en la alegre danza; de suerte que, en oyéndolo desde fuera algún transeunte ó vecino, piense que son las nupcias lo que celebramos. No sea que la gran noticia de la matanza de los pretendientes se divulgue por la ciudad antes de salirnos á nuestros campos llenos de arboledas. Allí examinaremos lo que nos presente el Olímpico como más provechoso.»
141 Así les dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Comenzaron por lavarse y ponerse las túnicas, ataviáronse las mujeres, y el divino aedo tomó la hueca cítara y movió en todos el deseo del dulce canto y de la eximia danza. Presto resonó la gran casa con el ruido de los pies de los hombres y de las mujeres de bella cintura que estaban bailando. Y los de fuera, al oirlo, solían exclamar: