149 «Ya debe de haberse casado alguno con la reina que se vió tan solicitada. ¡Infeliz! No tuvo constancia para guardar la casa de su primer esposo hasta la vuelta del mismo.»

152 Así hablaban, por ignorar lo que dentro había pasado. Entonces Eurínome, la despensera, lavó y ungió con aceite al magnánimo Ulises en su casa, y le puso un hermoso manto y una túnica; y Minerva esmaltó con una gran hermosura la cabeza del héroe é hizo que apareciese más alto y más grueso, y que de su cabeza colgaran ensortijados cabellos que á flores de jacinto semejaban. Y así como el hombre experto, á quien Vulcano y Palas Minerva han enseñado artes de toda especie, cerca de oro la plata y hace lindos trabajos; de semejante modo, Minerva difundió la gracia por la cabeza y por los hombros de Ulises. El héroe salió del baño con el cuerpo parecido completamente al de los inmortales; volvió á sentarse en la silla que antes ocupara, frente á su esposa, y le dijo estas palabras:

166 «¡Desgraciada! Los que viven en olímpicos palacios te dieron un corazón más duro que á las otras mujeres. Ninguna se quedaría así, con el ánimo firme, alejada de su marido; cuando éste, después de pasar tantos males, vuelve en el vigésimo año á la patria tierra. Pero ve, nodriza, y aparéjame la cama para que pueda acostarme; que ésa tiene en su pecho un corazón de hierro.»

173 Contestóle la discreta Penélope: «¡Infortunado! Ni me crezco, ni me tengo en poco, ni me admiro en demasía; pues sé muy bien cómo eras cuando partiste de Ítaca en la nave de largos remos. Ve, Euriclea, y ponle la fuerte cama en el exterior de la sólida habitación que construyó él mismo: sácale allí la fuerte cama y aderézale el lecho con pieles, mantas y colchas espléndidas.»

181 Habló de semejante modo para probar á su marido; pero Ulises, irritado, díjole á la honesta esposa:

183 «¡Oh mujer! En verdad que me produce gran pena lo que has dicho. ¿Quién me habrá trasladado el lecho? Difícil le fuera hasta al más hábil, si no viniese un dios á cambiarlo fácilmente de sitio; mas ninguno de los mortales que hoy viven ni aun de los más jóvenes, lo movería con facilidad, pues hay una gran señal en el labrado lecho que hice yo mismo y no otro alguno. Creció dentro del patio un olivo de alargadas hojas, robusto y floreciente, que tenía el grosor de una columna. En torno del mismo labré las paredes de mi cámara, empleando multitud de piedras; la cubrí con excelente techo y la cerré con puertas sólidas, firmemente ajustadas. Después corté el ramaje de aquel olivo de alargadas hojas; pulí con el bronce su tronco desde la raíz, haciéndolo diestra y hábilmente; lo enderecé por medio de un nivel para convertirlo en pie de la cama, y lo taladré todo con un barreno. Comenzando por este pie, fuí haciendo y pulimentando la cama hasta terminarla; la adorné con oro, plata y marfil; y extendí en su parte interior unas vistosas correas de piel de buey, teñidas de púrpura. Ésta es la señal de que te hablaba; pero ignoro, oh mujer, si mi lecho sigue incólume ó ya lo trasladó alguno, habiendo cortado el olivo por el pie.»

205 Así le dijo; y Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su corazón, al reconocer las señales que Ulises describiera con tal certidumbre. Al punto corrió á su encuentro, derramando lágrimas; echóle los brazos alrededor del cuello, le besó en la cabeza y le dijo:

209 «No te enojes conmigo, Ulises, ya que eres en todo el más circunspecto de los hombres; y las deidades nos enviaron la desgracia y no quisieron que gozásemos juntos de nuestra juventud, ni que juntos llegáramos al umbral de la vejez. Pero no te enfades conmigo, ni te irrites si no te abracé, como ahora, tan luego como estuviste en mi presencia; que mi ánimo, acá dentro del pecho, temía horrorizado que viniese algún hombre á engañarme con sus palabras, pues son muchos los que traman perversas astucias. La argiva Helena, hija de Júpiter, no se hubiera juntado nunca en amor y concúbito con un extraño, si hubiese sabido que los belicosos aqueos habían de traerla nuevamente á su casa y á su patria tierra. Algún dios debió de incitarla á realizar aquella vergonzosa acción; pues anteriormente jamás pensara cometer la deplorable falta que fué el origen de nuestras penas. Ahora, como acabas de referirme las señales evidentes de aquel lecho, que no vió mortal alguno sino solos tú y yo, y una esclava, Áctoris, que me había dado mi padre al venirme acá y custodiaba la puerta de nuestra sólida estancia, has logrado traer el convencimiento á mi espíritu con ser éste tan obstinado.»

231 Diciendo de esta guisa, acrecentóle el deseo de sollozar; y Ulises lloraba, abrazado á su dulce y honesta esposa. Así como la tierra aparece grata á los que vienen nadando porque Neptuno les hundió en el ponto la bien construída embarcación, haciéndola juguete del viento y del gran oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir del espumoso mar al continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la tierra muy alegres porque se ven libres de aquel infortunio: pues de igual manera le era agradable á Penélope la vista del esposo y no le quitaba del cuello los níveos brazos. Llorando los hallara la Aurora de rosáceos dedos, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos, no hubiese ordenado otra cosa: alargó la noche, cuando ya tocaba á su término, y detuvo en el Océano á la Aurora, de áureo trono, no permitiéndole uncir los caballos de pies ligeros que traen la luz á los hombres, Lampo y Faetonte, que son los potros que conducen á la Aurora. Y entonces dijo á su consorte el ingenioso Ulises: