Penélope, derramando lágrimas, corrió á encontrarle, le echó los brazos al cuello, le besó la cabeza y le dijo...

(Canto XXIII, versos 207 y 208.)

248 «¡Mujer! Aún no hemos llegado al fin de todos los trabajos, pues falta otra empresa muy grande, larga y difícil, que he de llevar á cumplimiento. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias el día que bajé á la morada de Plutón procurando la vuelta de mis compañeros y la mía propia. Mas, ea, mujer, vámonos á la cama para que, acostándonos, nos regalemos con el dulce sueño.»

256 Respondióle la discreta Penélope: «El lecho lo tendrás cuando á tu ánimo le plegue, ya que los dioses te hicieron tornar á tu casa bien construída y á tu patria tierra. Mas, puesto que pensaste en ese trabajo, por haberte sugerido su recuerdo alguna deidad, explícame en qué consiste; me figuro que más tarde lo he de saber y no será malo que me entere desde ahora.»

263 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Desdichada! ¿Por qué me incitas tanto, con tus súplicas, á que te lo explique? Voy á declarártelo sin omitir cosa alguna. No se alegrará tu ánimo de saberlo, como yo no me alegro tampoco, pues Tiresias me ordenó que recorriera muchas poblaciones, llevando en la mano un manejable remo, hasta llegar á aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas, ni tienen noticia de los manejables remos que son como las alas de los buques. Para ello me dió una señal muy manifiesta, que no te he de ocultar. Me mandó que, cuando encuentre otro caminante y me diga que llevo un aventador sobre el gallardo hombro, clave en tierra el manejable remo, haga al soberano Neptuno hermosos sacrificios de un carnero, un toro y un verraco, y vuelva á esta casa donde ofreceré sagradas hecatombes á los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo, á todos por su orden. Me vendrá más adelante y lejos del mar, una muy suave muerte, que me quitará la vida cuando ya esté abrumado por placentera vejez; y á mi alrededor los ciudadanos serán dichosos. Todas estas cosas aseguró Tiresias que habían de cumplirse.»

285 Repuso entonces la discreta Penélope: «Si los dioses te conceden una feliz senectud, aún puedes esperar que te librarás de los infortunios.»

288 Así éstos conversaban. Mientras tanto, Eurínome y el ama aparejaban el lecho con blandas ropas, alumbrándose con antorchas encendidas. En acabando de hacer la cama diligentemente, la vieja tornó al palacio para acostarse y Eurínome, la camarera, fué delante de aquéllos, con una antorcha en la mano, hasta que los condujo á la cámara nupcial, retirándose en seguida. Y entrambos consortes llegaron muy alegres al sitio donde se hallaba su antiguo lecho.

297 Entonces Telémaco, el boyero y el porquerizo dejaron de bailar, mandaron que cesasen igualmente las mujeres, y acostáronse todos en el obscuro palacio.

300 Después que los esposos hubieron disfrutado del deseable amor, entregáronse al deleite de la conversación. La divina entre las mujeres refirió cuanto había sufrido en el palacio al contemplar la multitud de los funestos pretendientes, que por su causa degollaban muchos bueyes y pingües ovejas, en tanto que se concluía el copioso vino de las tinajas. Ulises, de jovial linaje, contó á su vez cuantos males había inferido á otros hombres y cuantas penas había soportado en sus propios infortunios. Y ella se holgaba de oirlo y el sueño no le cayó en los ojos hasta que se acabó el relato.

310 Empezó por narrarle cómo venciera á los cícones; y le fué refiriendo su llegada al fértil país de los lotófagos; cuanto hizo el Ciclope y cómo él tomó venganza de que le hubiese devorado despiadadamente los fuertes compañeros; cómo pasó á la isla de Éolo, quien le acogió benévolo hasta que vino la hora de despedirle, pero el hado no había dispuesto que el héroe tornara aún á la patria y una tempestad lo arrebató nuevamente y lo llevó por el ponto, abundante en peces, mientras daba profundos suspiros; y cómo desde allí aportó á Telépilo, la ciudad de los lestrigones, que le destruyeron los bajeles y le mataron todos los compañeros, de hermosas grebas, escapando tan sólo Ulises en su negra nave. Describióle también los engaños y múltiples astucias de Circe; y explicóle luego cómo había ido en su nave de muchos bancos á la lóbrega morada de Plutón para consultar al alma del tebano Tiresias, y cómo pudo ver allí á todos sus compañeros y á la madre que lo dió á luz y que lo crió en su infancia; cómo oyó más tarde el cantar de las Sirenas, de voz sonora; cómo pasó por las peñas Erráticas, por la horrenda Caribdis y por la roca de Escila, de la cual nunca pudieron los hombres escapar indemnes; cómo sus compañeros mataron las vacas del Sol; cómo el altitonante Júpiter hirió la velera nave con el ardiente rayo, habiendo perecido todos sus esforzados compañeros y librádose él de la perniciosa muerte; cómo llegó á la isla Ogigia y á la ninfa Calipso, la cual le retuvo en huecas grutas, deseosa de tomarle por marido, le alimentó y le dijo repetidas veces que le haría inmortal y le eximiría perpetuamente de la senectud, sin que jamás consiguiera llevarle la persuasión al ánimo; y cómo, padeciendo muchas fatigas, arribó á los feacios, quienes le honraron cordialmente, cual si fuese un numen, y lo condujeron en una nave á la patria tierra, después de regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos. Tal fué lo postrero que mencionó, cuando ya le vencía el dulce sueño, que relaja los miembros y deja el ánimo libre de inquietudes.