424 «Trae, mujer, un arca muy hermosa, la que mejor sea; y mete en la misma un manto bien lavado y una túnica. Poned al fuego una caldera de bronce y calentad agua para que el huésped se lave y viendo colocados por orden cuantos presentes acaban de traerle los eximios feacios, se regocije con el banquete y el canto del aedo. Y yo le daré mi hermosísima copa de oro, á fin de que se acuerde de mí todos los días al ofrecer en su casa libaciones á Júpiter y á los restantes dioses.»
433 Así dijo. Arete mandó á las esclavas que pusiesen incontinenti un gran trípode al fuego. Ellas llevaron al ardiente fuego un trípode que servía para los baños, echaron agua en la caldera y, recogiendo leña, encendiéronla debajo. Las llamas rodearon el vientre de la caldera y calentóse el agua. Entretanto sacó Arete de su habitación un arca muy hermosa y puso en la misma los bellos dones—vestiduras y oro—que habían traído los feacios, y además un manto y una elegante túnica. Y seguidamente habló al héroe con estas aladas palabras:
443 «Examina tú mismo la tapa y échale pronto un nudo: no sea que te hurten alguna cosa en el camino, cuando en la negra nave estés entregado al dulce sueño.»
446 Apenas oyó estas palabras el paciente divinal Ulises, encajó la tapa y le echó un complicado nudo que le enseñara á hacer la veneranda Circe. Acto seguido invitóle la despensera á bañarse en una pila; y Ulises vió con agrado el baño caliente, porque no cuidaba de su persona desde que partió de la casa de Calipso, la de los hermosos cabellos; que en ella estuvo siempre atendido como un dios. Y lavado ya y ungido con aceite por las esclavas, que le pusieron una túnica y un hermoso manto, salió y fuése hacia los hombres, bebedores de vino, que allí se encontraban; pero Nausícaa, á quien las deidades habían dotado de belleza, paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente construído, se admiró al clavar los ojos en Ulises y le dijo estas aladas palabras:
461 «Salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes de mí; que me debes antes que á nadie el rescate de tu vida.»
463 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo! Concédame Júpiter, el tonante esposo de Juno, que llegue á mi casa y vea el día de mi regreso; que allí te invocaré todos los días, como á una diosa, porque fuiste tú, oh doncella, quien me salvó la vida.»
469 Dijo, y fué á sentarse junto al rey Alcínoo, cuando ya se distribuían las porciones y se mezclaba el vino. Compareció el heraldo con el amable aedo Demódoco, tan honrado por la gente, y le hizo sentar en medio de los convidados, arrimándolo á excelsa columna. Y entonces el ingenioso Ulises, cortando una tajada del espinazo de un puerco de blancos dientes, del cual quedaba aún la mayor parte y estaba cubierto de abundante grasa, habló al heraldo de esta manera:
477 «¡Heraldo! Llévale esta carne á Demódoco para que coma y así le obsequiaré, aunque estoy afligido; que á los aedos por doquier les tributan honor y reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado el canto y los ama á todos.»
482 Así dijo; y el heraldo puso la carne en las manos del héroe Demódoco, quien, al recibirla, sintió que se le alegraba el alma. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de comer y de beber, el ingenioso Ulises habló á Demódoco de esta manera:
487 «¡Demódoco! Yo te alabo más que á otro mortal cualquiera, pues deben de haberte enseñado la Musa, hija de Júpiter, ó el mismo Apolo, á juzgar por lo primorosamente que cantas el azar de los aquivos y todo lo que llevaron al cabo, padecieron y soportaron, como si tú en persona lo hubieras visto ó se lo hubieses oído referir á alguno de ellos. Mas, ea, pasa á otro asunto y canta cómo estaba dispuesto el caballo de madera construído por Epeo con la ayuda de Minerva; máquina engañosa que el divinal Ulises llevó á la acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron á Troya. Si esto lo cuentas como se debe, yo diré á todos los hombres que una deidad benévola te concedió el divino canto.»