Demódoco deje de tocar la melodiosa cítara, dijo el rey, pues quizás lo que canta no les sea grato á todos los oyentes

(Canto VIII, versos 537 y 538.)

499 Así habló; y el aedo, movido por divinal impulso, entonó un canto cuyo comienzo era que los argivos diéronse á la mar en sus naves de muchos bancos, después de haber incendiado el campamento, mientras algunos ya se hallaban con el celebérrimo Ulises en el ágora de los teucros, ocultos por el caballo que estos mismos llevaron arrastrando hasta la acrópolis. El caballo estaba en pie y los teucros, sentados á su alrededor, decían muy confusas razones y vacilaban en la adopción de uno de estos tres pareceres: hender el vacío leño con el cruel bronce, subirlo á una altura y despeñarlo, ó dejar el gran simulacro como ofrenda propiciatoria á los dioses; esta última resolución debía prevalecer, porque era fatal que la ciudad se arruinase cuando tuviera dentro aquel enorme caballo de madera donde estaban los más valientes argivos que llevaron á los teucros el estrago y la muerte. Cantó cómo los aqueos, saliendo del caballo y dejando la hueca emboscada, asolaron la ciudad; cantó asimismo cómo, dispersos unos por un lado y otros por otro, iban devastando la excelsa urbe, mientras que Ulises, cual si fuese Marte, tomaba el camino de la casa de Deífobo, juntamente con el deiforme Menelao. Y refirió cómo aquél había osado sostener un terrible combate, del cual alcanzó victoria por el favor de la magnánima Minerva.

521 Tal fué lo que cantó el eximio aedo; y en tanto consumíase Ulises, y las lágrimas manaban de sus párpados y le regaban las mejillas. De la suerte que una mujer llora, abrazada á su marido que cayó delante de su población y de su gente para que se libraran del día cruel la ciudad y los hijos—al verlo moribundo y palpitante se le echa encima y profiere agudos gritos, los contrarios la golpean con las picas en el dorso y en las espaldas trayéndole la esclavitud á fin de que padezca trabajos é infortunios, y el dolor miserando deshace sus mejillas;—de semejante manera Ulises derramaba de sus ojos tantas lágrimas que movía á compasión. Á todos les pasó inadvertido que vertiera lágrimas menos á Alcínoo; el cual, sentado junto á él, lo advirtió y notó, oyendo asimismo que suspiraba profundamente. Y en seguida dijo á los feacios, amantes de manejar los remos:

536 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios! Cese Demódoco de tocar la melodiosa cítara, pues quizás lo que canta no les sea grato á todos los oyentes. Desde que empezamos la cena y se levantó el divinal aedo, el huésped no ha dejado de verter doloroso llanto: sin duda le vino al alma algún pesar. Mas, ea, cese aquél para que nos regocijemos todos, así los albergadores del huésped como el huésped mismo; que es lo mejor que se puede hacer, ya que por el venerable huésped se han preparado estas cosas, su conducción y los dones que le hemos hecho en demostración de aprecio. Como á un hermano debe tratar al huésped y al suplicante, quien tenga un poco de sensatez. Y así, no has de ocultar tampoco con astuto designio lo que voy á preguntarte, sino que será mucho mejor que lo manifiestes. Dime el nombre con que en tu población te llamaban tu padre y tu madre, los habitantes de la ciudad y los vecinos de los alrededores; que ningún hombre bueno ó malo deja de tener el suyo desde que ha nacido, porque los padres lo imponen á cuantos engendran. Nómbrame también tu país, tu pueblo y tu ciudad, para que nuestros bajeles, proponiéndose cumplir tu propósito con su inteligencia, te conduzcan allá; pues entre los feacios no hay pilotos, ni sus naves están provistas de timones como los restantes barcos, sino que ya saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres, conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los países, atraviesan rápidamente el abismo del mar, aunque cualquier vapor ó niebla las cubra, y no sienten temor alguno de recibir daño ó de perderse; si bien oí decir á mi padre Nausítoo que Neptuno nos mira con malos ojos porque conducimos sin recibir daño á todos los hombres, y afirmaba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto un bien construído bajel de los feacios, al volver de conducir á alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña. Así se expresaba el anciano; mas el dios lo cumplirá ó no, según le plegue. Ea, habla y cuéntame sinceramente por dónde anduviste perdido y á qué regiones llegaste, especificando qué gentes y qué ciudades bien pobladas había en ellas; así como también cuáles hombres eran crueles, salvajes é injustos y cuáles hospitalarios y temerosos de los dioses. Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Diéronselo las deidades, que decretaron la muerte de aquellos hombres para que sirvieran á los venideros de asunto para sus cantos. ¿Acaso perdiste delante de Ilión algún deudo como tu yerno ilustre ó tu suegro, que son las personas más queridas después de las ligadas con nosotros por la sangre y el linaje? ¿Ó fué, por ventura, un esforzado y agradable compañero; ya que no es inferior á un hermano el compañero dotado de prudencia?»


Ulises embriaga al ciclope Polifemo

CANTO IX