198 »Tal dije. Á todos se les quebraba el corazón, acordándose de los hechos del lestrigón Antífates y de las violencias del feroz Ciclope, que se comía á los hombres, y se echaron á llorar ruidosamente, vertiendo abundantes lágrimas; aunque para nada les sirvió su llanto.

203 »Formé con mis compañeros de hermosas grebas dos secciones, á las que di sendos capitanes; pues yo me puse al frente de una y el deiforme Euríloco mandaba la otra. Echamos suertes en broncíneo yelmo y, como saliera la del magnánimo Euríloco, partió con veintidós compañeros que lloraban; y nos dejaron á nosotros, que también sollozábamos. Dentro de un valle y en lugar visible descubrieron el palacio de Circe, construído de piedra pulimentada. En torno suyo encontrábanse lobos montaraces y leones, á los que Circe había encantado, dándoles funestas drogas; pero estos animales no acometieron á mis hombres, sino que, levantándose, fueron á halagarles con sus colas larguísimas. Como los perros halagan á su amo siempre que vuelve del festín, porque les trae algo que satisface su apetito; de tal manera los lobos, de uñas fuertes, y los leones fueron á halagar á mis compañeros, que se asustaron de ver tan espantosos monstruos. En llegando á la mansión de la diosa de lindas trenzas, detuviéronse en el vestíbulo y oyeron á Circe que con voz pulcra cantaba en el interior, mientras labraba una tela grande, divinal y tan fina, elegante y espléndida, como son las labores de las diosas. Y Polites, caudillo de hombres, que era para mí el más caro y respetable de los compañeros, empezó á hablarles de esta manera:

226 «¡Oh amigos! En el interior está cantando hermosamente alguna diosa ó mujer que labra una gran tela, y hace resonar todo el pavimento. Llamémosla cuanto antes.»

Circe, tocándolos con su varita, los convirtió en cerdos y los encerró en pocilgas

(Canto X, versos 237 á 240.)

229 »Así les dijo; y ellos la llamaron á voces. Circe se alzó en seguida, abrió la magnífica puerta, los llamó y siguiéronla todos imprudentemente; á excepción de Euríloco, que se quedó fuera por temor de algún engaño. Cuando los tuvo dentro, los hizo sentar en sillas y sillones, confeccionó un potaje de queso, harina y miel fresca con vino de Pramnio, y echó en él drogas perniciosas para que los míos olvidaran por completo la tierra patria. Dióselo, bebieron, y, seguidamente, los tocó con una varita y los encerró en pocilgas. Y tenían la cabeza, la voz, las cerdas y el cuerpo como los puercos, pero sus mientes quedaron tan enteras como antes. Así fueron encerrados y todos lloraban; y Circe les echó para comer, fabucos, bellotas y el fruto del cornejo, que es lo que comen los puercos, que se echan en la tierra.

244 »Euríloco volvió sin dilación al ligero y negro bajel, para enterarnos de la aciaga suerte que les había cabido á los compañeros. Mas no le era posible proferir una sola palabra, no obstante su deseo, por tener el corazón sumido en grave dolor; los ojos se le llenaron de lágrimas y su ánimo únicamente en sollozar pensaba. Todos le contemplábamos con asombro y le hacíamos preguntas, hasta que por fin nos contó la pérdida de los demás compañeros:

251 «Nos alejamos á través del encinar como mandaste, preclaro Ulises, y dentro de un valle y en lugar visible descubrimos un hermoso palacio, hecho de piedra pulimentada. Allí, alguna diosa ó mujer cantaba con voz sonora, labrando una gran tela. Llamáronla á voces. Alzóse en seguida, abrió la magnífica puerta, nos llamó, y siguiéronla todos imprudentemente; pero yo me quedé fuera, temiendo que hubiese algún engaño. Todos á una desaparecieron y ninguno ha vuelto á presentarse, aunque he permanecido acechándolos un buen rato.»

261 »De tal manera se expresó. Yo entonces, colgándome del hombro la grande broncínea espada, de clavazón de plata, y tomando el arco, le mandé que sin pérdida de tiempo me llevara por el camino que habían seguido. Mas él comenzó á suplicarme, abrazando con entrambas manos mis rodillas; y entre lamentos decíame estas aladas palabras: