266 «¡Oh alumno de Júpiter! No me lleves allá, mal de mi grado; déjame aquí; pues sé que no volverás ni traerás á ninguno de tus compañeros. Huyamos en seguida con los presentes, que aún nos podremos librar del día cruel.»
270 »Así me habló; y le contesté diciendo: «¡Euríloco! Quédate tú en este lugar, á comer y beber junto á la cóncava y negra embarcación; mas yo iré, que la dura necesidad me lo exige.»
274 »Dicho esto, alejéme de la nave y del mar. Pero cuando, yendo por el sacro valle, estaba á punto de llegar al gran palacio de Circe, la conocedora de muchas drogas, y ya enderezaba mis pasos al mismo, salióme al encuentro Mercurio, el de la áurea vara, en figura de un mancebo á quien comienza á salir el bozo y está graciosísimo en la flor de la juventud. Y, tomándome la mano, me habló diciendo:
281 «¡Ah infeliz! ¿Adónde vas por estos altozanos, solo y sin conocer la comarca? Tus amigos han sido encerrados en el palacio de Circe, como puercos, y se hallan en pocilgas sólidamente labradas. ¿Vienes quizás á libertarlos? Pues no creo que vuelvas, antes te quedarás donde están los otros. Ea, quiero preservarte de todo mal, quiero salvarte: toma este excelente remedio, que apartará de tu cabeza el día cruel, y ve á la morada de Circe cuyos malos propósitos he de referirte íntegramente. Te preparará una mixtura y te echará drogas en el manjar; mas, con todo eso, no podrá encantarte porque lo impedirá el excelente remedio que vas á recibir. Te diré ahora lo que ocurrirá después. Cuando Circe te hiriere con su larguísima vara, tira de la aguda espada que llevas cabe al muslo, y acométela como si desearas matarla. Entonces, cobrándote algún temor, te invitará á que yazgas con ella: tú no te niegues á compartir el lecho de la diosa, para que libre á tus amigos y te acoja benignamente, pero hazle prestar el solemne juramento de los bienaventurados dioses de que no maquinará contra ti ningún otro funesto daño: no sea que, cuando te desnudes de las armas, te prive de tu valor y de tu fuerza.»
302 »Cuando así hubo dicho, el Argicida me dió el remedio, arrancando una planta cuya naturaleza me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca como la leche su flor, llámanla moly los dioses, y es muy difícil de arrancar para un mortal; pero las deidades lo pueden todo.
307 »Mercurio se fué al vasto Olimpo, á través de la selvosa isla; y yo me encaminé á la morada de Circe, revolviendo en mi corazón muchos propósitos. Llegado al palacio de la diosa de lindas trenzas, paréme en el umbral y empecé á dar gritos; la deidad oyó mi voz y, alzándose al punto, abrió la magnífica puerta y me llamó; y yo, con el corazón angustiado, me fuí tras ella. Cuando me hubo introducido, hízome sentar en una silla de argénteos clavos, hermosa, labrada, con un escabel para los pies; y en copa de oro preparóme la mixtura para que bebiese, echando en la misma cierta droga y maquinando en su mente cosas perversas. Mas, tan luego como me la dió y bebí, sin que lograra encantarme, tocóme con la vara mientras me decía estas palabras:
320 «Ve ahora á la pocilga y échate con tus compañeros.» Así habló. Desenvainé entonces la aguda espada que llevaba cerca del muslo y arremetí contra Circe, como deseando matarla. Ella profirió agudos gritos, se echó al suelo, me abrazó por las rodillas y me dirigió entre sollozos estas aladas palabras:
325 «¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? Me tiene suspensa que hayas bebido estas drogas sin quedar encantado, pues ningún otro pudo resistirlas, tan luego como las tomó y pasaron el cerco de sus dientes. Hay en tu pecho un ánimo indomable. Eres sin duda aquel Ulises de multiforme ingenio, de quien me hablaba siempre el Argicida, que lleva áurea vara, asegurándome que vendrías cuando volvieses de Troya en la negra y velera nave. Mas, ea, envaina la espada y vámonos á la cama para que, unidos por el lecho y el amor, crezca entre nosotros la confianza.»
336 »Así se expresó; y le repliqué diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cómo me pides que te sea benévolo, después que en este mismo palacio convertiste á mis compañeros en cerdos y ahora me detienes á mí, maquinas engaños y me ordenas que entre en tu habitación y suba á tu lecho á fin de privarme del valor y de la fuerza, apenas deje las armas? Yo no querría subir á la cama, si no te atrevieras, oh diosa, á prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño.»
345 »Así le dije. Juró al instante, como se lo mandaba. Y en seguida que hubo prestado el juramento, subí al magnífico lecho de Circe.