348 »Aderezaban el palacio cuatro siervas, que son las criadas de Circe y han nacido de las fuentes, de los bosques, ó de los sagrados ríos que corren hacia el mar. Ocupábase una en cubrir los sillones con hermosos tapetes de púrpura, dejando á los pies un lienzo; colocaba otra argénteas mesas delante de los asientos, poniendo encima canastillos de oro; mezclaba la tercera el dulce y suave vino en una cratera de plata y lo distribuía en áureas copas; y la cuarta traía agua y encendía un gran fuego debajo del trípode donde aquélla se calentaba. Y cuando el agua hirvió dentro del reluciente bronce, llevóme á la bañera y allí me lavó, echándome la deliciosa agua del gran trípode á la cabeza y á los hombros hasta quitarme de los miembros la fatiga que roe el ánimo. Después que me hubo lavado y ungido con pingüe aceite, vistióme un hermoso manto y una túnica, y me condujo, para que me sentase, á una silla de argénteos clavos, hermosa, labrada y provista de un escabel para los pies. Una esclava dióme aguamanos que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata y me puso delante una pulimentada mesa. La veneranda despensera trajo pan, y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándome con los que tenía reservados. Circe invitóme á comer, pero no le plugo á mi ánimo y seguí quieto, pensando en otras cosas, pues mi corazón presagiaba desgracias.
375 »Cuando Circe notó que yo seguía quieto, sin echar mano á los manjares, y abrumado por fuerte pesar, se vino á mi lado y me habló con estas aladas palabras:
378 «¿Por qué, Ulises, permaneces así, como un mudo, y consumes tu ánimo, sin tocar la comida ni la bebida? Sospechas que haya algún engaño y has de desechar todo temor, pues ya te presté solemne juramento.»
382 »Así se expresó; y le repuse diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cuál varón, que fuese razonable, osara probar la comida y la bebida antes de libertar á los compañeros y contemplarlos con sus propios ojos? Si me invitas de buen grado á beber y á comer, suelta mis fieles amigos para que con mis ojos pueda verlos.»
388 »De tal suerte hablé. Circe salió del palacio con la vara en la mano, abrió las puertas de la pocilga y sacó á mis compañeros en figura de puercos de nueve años. Colocáronse delante y ella anduvo por entre los mismos, untándolos con una nueva droga: en el acto cayeron de los miembros las cerdas que antes les hizo crecer la perniciosa droga suministrada por la veneranda Circe, y mis amigos tornaron á ser hombres, pero más jóvenes aún y mucho más hermosos y más altos. Conociéronme y uno por uno me estrecharon la mano. Alzóse entre todos un dulce llanto, la casa resonaba fuertemente y la misma deidad hubo de apiadarse. Y deteniéndose junto á mí, dijo de esta suerte la divina entre las diosas:
401 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ve ahora adonde tienes la velera nave en la orilla del mar y ante todo sacadla á tierra firme; llevad á las grutas las riquezas y los aparejos todos, y trae en seguida tus fieles compañeros.»
406 »Tales fueron sus palabras y mi ánimo generoso se dejó persuadir. Enderecé el camino á la velera nave y la orilla del mar, y hallé junto á aquélla á mis fieles compañeros, que se lamentaban tristemente y derramaban abundantes lágrimas. Así como las terneras que tienen su cuadra en el campo, saltan y van juntas al encuentro de las gregales vacas que vuelven al aprisco después de saciarse de hierba; y ya los cercados no las detienen, sino que, mugiendo sin cesar, corren en torno de las madres: así aquéllos, al verme con sus propios ojos, me rodearon llorando, pues á su ánimo les produjo casi el mismo efecto que si hubiesen llegado á su patria y á su ciudad, á la áspera Ítaca donde nacieron y se criaron. Y, sollozando, estas aladas palabras me decían:
419 «Tu vuelta, oh alumno de Júpiter, nos alegra tanto como si hubiésemos llegado á Ítaca, nuestra patria tierra. Mas, ea, cuéntanos la pérdida de los demás compañeros.»
422 »De tal suerte se expresaron. Entonces les dije con suaves palabras: «Primeramente saquemos la nave á tierra firme y llevemos á las grutas nuestras riquezas y los aparejos todos; y después apresuraos á seguirme juntos para que veáis cómo los amigos beben y comen en la sagrada mansión de Circe, pues todo lo tienen en gran abundancia.»
428 »Así les hablé; y al instante obedecieron mi mandato. Euríloco fué el único que intentó detener á los compañeros, diciéndoles estas aladas palabras: