431 «¡Ah infelices! ¿Adónde vamos? ¿Por qué buscáis vuestro daño, yendo al palacio de Circe que á todos nos transformará en puercos, lobos ó leones para que le guardemos, mal de nuestro grado, su espaciosa mansión? Se repetirá lo que ocurrió con el Ciclope cuando los nuestros llegaron á su cueva con el audaz Ulises y perecieron por la loca temeridad del mismo.»

438 »De tal modo habló. Yo revolvía en mi pensamiento desenvainar la espada de larga punta, que llevaba á un lado del vigoroso muslo y de un golpe echarle la cabeza al suelo, aunque Euríloco era deudo mío muy cercano; pero me contuvieron los amigos, unos por un lado y otros por el opuesto, diciéndome con dulces palabras:

443 «¡Alumno de Júpiter! Á éste lo dejaremos aquí, si tú lo mandas, y se quedará á guardar la nave; pero á nosotros llévanos á la sagrada mansión de Circe.»

446 »Hablando así, alejáronse de la nave y del mar. Y Euríloco no se quedó cerca del cóncavo bajel; pues fué siguiéndonos, amedrentado por mi terrible amenaza.

449 »En tanto Circe lavó cuidadosamente en su morada á los demás compañeros, los ungió con pingüe aceite, les puso lanosos mantos y túnicas; y ya los hallamos celebrando alegre banquete en el palacio. Después que se vieron los unos á los otros y contaron lo ocurrido, comenzaron á sollozar y la casa resonaba en torno suyo. La divina entre las diosas se detuvo entonces á mi lado y me habló de esta manera:

456 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ahora dad tregua al copioso llanto: sé yo también cuántas fatigas habéis soportado en el ponto, abundante en peces, y cuántos hombres enemigos os dañaron en la tierra. Mas, ea, comed viandas y bebed vino hasta que recobréis el ánimo que teníais en el pecho cuando dejasteis vuestra patria, la escabrosa Ítaca. Actualmente estáis flacos y desmayados, trayendo de continuo á la memoria la peregrinación molesta, y no cabe en vuestro ánimo la alegría por lo mucho que habéis padecido.»

466 »Tales fueron sus palabras y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Allí nos quedamos día tras día un año entero y siempre tuvimos en los banquetes carne en abundancia y dulce vino. Mas cuando se acabó el año y volvieron á sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar muchos días, llamáronme los fieles compañeros y me hablaron de este modo:

472 «¡Ilustre! Acuérdate ya de la patria tierra, si el destino ha decretado que te salves y llegues á tu casa, de alta techumbre, y á la patria tierra.»

475 »Así dijeron y mi ánimo generoso se dejó persuadir. Y todo aquel día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, acostáronse los compañeros en las obscuras salas.

480 »Mas yo subí á la magnífica cama de Circe y empecé á suplicar á la deidad, que oyó mi voz y á la cual abracé las rodillas. Y, hablándole, estas aladas palabras le decía: