483 «¡Oh Circe! Cúmpleme tu promesa de mandarme á mi casa. Ya mi ánimo me incita á partir y también el de los compañeros, quienes aquejan mi corazón, rodeándome llorosos, cuando tú estás lejos.»
487 »Así le hablé. Y la divina entre las diosas contestóme acto seguido: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No os quedéis por más tiempo en esta casa, mal de vuestro grado. Pero ante todo habéis de emprender un viaje á la morada de Plutón y de la veneranda Proserpina, para consultar el alma del tebano Tiresias, adivino ciego, cuyas mientes se conservan íntegras. Á él tan sólo, después de muerto, dióle Proserpina inteligencia y saber; pues los demás revolotean como sombras.»
496 »Tal dijo. Sentí que se me quebraba el corazón y, sentado en el lecho, lloraba y no quería vivir ni ver más la lumbre del sol. Pero cuando me sacié de llorar y de revolcarme por la cama, le contesté con estas palabras:
501 «¡Oh Circe! ¿Quién nos guiará en ese viaje, ya que ningún hombre ha llegado jamás al Orco en negro navío?»
503 »Así le hablé. Respondióme en el acto la divina entre las diosas: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No te preocupe el deseo de tener quien guíe el negro bajel: iza el mástil, descoge las blancas velas y quédate sentado, que el soplo del Bóreas conducirá la nave. Y cuando hayas atravesado el Océano y llegues adonde hay una playa estrecha y bosques consagrados á Proserpina y elevados álamos y estériles sauces, detén la nave en el Océano, de profundos remolinos, y encamínate á la tenebrosa morada de Plutón. Allí el Piriflegetón y el Cocito, que es un arroyo del agua de la Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte; y hay una roca en el lugar donde confluyen aquellos sonorosos ríos. Acercándote, pues, á este paraje, como te lo mando, oh héroe, abre un hoyo que tenga un codo por cada lado; haz alrededor del mismo una libación á todos los muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera vez con agua; y polvoréalo de blanca harina. Eleva después muchas súplicas á las inanes cabezas de los muertos y vota que, en llegando á Ítaca, les sacrificarás en el palacio una vaca no paridera, la mejor que haya, y llenarás la pira de cosas excelentes, en su obsequio; y también que á Tiresias le inmolarás aparte un carnero completamente negro que descuelle entre vuestros rebaños. Así que hayas invocado con tus preces al ínclito pueblo de los difuntos, sacrifica un carnero y una oveja negra, volviendo el rostro al Érebo, y apártate un poco hacia la corriente del río: allí acudirán muchas almas de los que murieron. Exhorta en seguida á los compañeros y mándales que desuellen las reses, tomándolas del suelo donde yacerán degolladas por el cruel bronce, y las quemen prestamente, haciendo votos al poderoso Plutón y á la veneranda Proserpina; y tú desenvaina la espada que llevas cabe al muslo, siéntate y no permitas que las inanes cabezas de los muertos se acerquen á la sangre hasta que hayas interrogado á Tiresias. Pronto comparecerá el adivino, príncipe de hombres, y te dirá el camino que has de seguir, cuál será su duración y cómo podrás volver á la patria, atravesando el mar en peces abundoso.»
541 »Tal dijo, y al momento llegó la Aurora, de áureo trono. Circe me vistió un manto y una túnica; y se puso amplia vestidura blanca, fina y hermosa, ciñó el talle con lindo cinturón de oro y veló su cabeza. Yo anduve por la casa y amonesté á los compañeros, acercándome á los mismos y hablándoles con dulces palabras:
548 «No permanezcáis acostados, disfrutando del dulce sueño. Partamos ya, pues la veneranda Circe me lo aconseja.»
550 »Así les dije; y su ánimo generoso se dejó persuadir. Mas ni de allí pude llevarme indemnes todos los compañeros. Un tal Elpénor, el más joven de todos, que ni era muy valiente en los combates, ni estaba muy en juicio, yendo á buscar la frescura después que se cargara de vino, habíase acostado separadamente de sus compañeros en la sagrada mansión de Circe; y al oir el vocerío y estrépito de los camaradas que empezaban á moverse, se levantó de súbito, olvidósele volver atrás á fin de bajar por la larga escalera, cayó desde el techo, se le rompieron las vértebras del cuello y su alma descendió al Orco.
561 »Cuando ya todos se hubieron reunido, les dije estas palabras: «Creéis sin duda que vamos á casa, á nuestra querida patria tierra; pues bien, Circe nos ha indicado que hemos de hacer un viaje á la morada de Plutón y de la veneranda Proserpina para consultar el alma del tebano Tiresias.»
566 »Así les hablé. Á todos se les quebraba el corazón y, sentándose allí mismo, lloraban y se mesaban los cabellos. Mas, ningún provecho sacaron de sus lamentaciones.