569 »Tan luego como nos encaminamos, afligidos, á la velera nave y á la orilla del mar, vertiendo copiosas lágrimas, acudió Circe y ató al obscuro bajel un carnero y una oveja negra. Y al hacerlo logró pasar inadvertida muy fácilmente, ¿pues quién podrá ver con sus propios ojos á una deidad que va ó viene, si á ella no le place?
Ulises desciende al Orco, por consejo de Circe, á fin de consultar el alma de Tiresias
CANTO XI
EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS
1 »En llegando á la nave y al divino mar, echamos en el agua la negra embarcación, izamos el mástil y descogimos el velamen; cargamos luego las reses, y por fin nos embarcamos nosotros, muy tristes y vertiendo copiosas lágrimas. Por detrás de la nave de azulada proa soplaba favorable viento, que hinchaba las velas; buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados cada uno de los aparejos en su sitio, nos sentamos en la nave. Á ésta conducíanla el viento y el piloto, y durante el día fué andando á velas desplegadas, hasta que se puso el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos.
13 »Entonces arribamos á los confines del Océano, de profunda corriente. Allí están el pueblo y la ciudad de los Cimerios entre nieblas y nubes, sin que jamás el Sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo á la tierra, pues una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales. Á tal paraje fué nuestro bajel, que sacamos á la playa; y nosotros, asiendo las ovejas, anduvimos á lo largo de la corriente del Océano hasta llegar al sitio que nos indicara Circe.
23 »Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo, desenvainando la aguda espada que cabe al muslo llevaba, abrí un hoyo de un codo por lado; hice alrededor del mismo una libación á todos los muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera vez con agua; y lo polvoreé todo de blanca harina. Acto seguido supliqué con fervor á las inanes cabezas de los muertos, y voté que, cuando llegara á Ítaca, les sacrificaría en el palacio una vaca no paridera, la mejor que hubiese, y que en su obsequio llenaría la pira de cosas excelentes, y también que á Tiresias le inmolaría aparte un carnero completamente negro que descollase entre nuestros rebaños. Después de haber rogado con votos y súplicas al pueblo de los difuntos, tomé las reses, las degollé encima del hoyo, corrió la negra sangre y al instante se congregaron, saliendo del Érebo, las almas de los fallecidos: mujeres jóvenes, mancebos, ancianos que en otro tiempo padecieron muchos males, tiernas doncellas con el ánimo angustiado por reciente pesar, y muchos varones que habían muerto en la guerra, heridos por broncíneas lanzas, y mostraban ensangrentadas armaduras: agitábanse todas con grandísimo clamoreo alrededor del hoyo, unas por un lado y otras por otro; y, al verlas, enseñoreóse de mí el pálido terror. Incontinenti exhorté á los compañeros y les di orden de que desollaran las reses, tomándolas del suelo donde yacían degolladas por el cruel bronce, y las quemaran inmediatamente, haciendo votos al poderoso Plutón y á la veneranda Proserpina; y yo, desenvainando la aguda espada que cabe al muslo llevaba, me senté y no permití que las inanes cabezas de los muertos se acercaran á la sangre antes que hubiese interrogado á Tiresias.