51 »La primer alma que vino fué la de Elpénor, el cual aún no había recibido sepultura en la tierra inmensa; que dejamos su cuerpo en la mansión de Circe sin enterrarlo ni llorarlo porque nos apremiaban otros trabajos. Al verlo lloré, le compadecí en mi corazón, y, hablándole, le dije estas aladas palabras:

57 «¡Oh Elpénor! ¿Cómo viniste á estas tinieblas caliginosas? Tú has llegado á pie, antes que yo en la negra nave.»

59 »Así le hablé; y él, dando un suspiro, me respondió con estas palabras: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Dañáronme la mala voluntad de algún dios y el exceso de vino. Habiéndome acostado en la mansión de Circe, no pensé en volver atrás, á fin de bajar por la larga escalera, y caí desde el techo; se me rompieron las vértebras del cuello, y mi alma descendió al Orco. Ahora te suplico en nombre de los que se quedaron en tu casa y no están presentes,—de tu esposa, de tu padre, que te crió cuando eras niño, y de Telémaco, el único vástago que dejaste en el palacio:—sé que, partiendo de acá, de la morada de Plutón, detendrás la bien construída nave en la isla Eea; pues yo te ruego, oh rey, que al llegar á la misma te acuerdes de mí. No te vayas, dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle, á fin de que no excite contra ti la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros. Hazlo así y clava en el túmulo aquel remo con que, estando vivo, bogaba yo con mis compañeros.»

79 »Tales fueron sus palabras; y le respondí diciendo: «Todo lo haré, oh infeliz, todo te lo llevaré á cumplimiento.»

81 »De tal suerte, sentados ambos, nos decíamos estas tristes razones: yo tenía la espada levantada sobre la sangre; y mi compañero, desde la parte opuesta, hablaba largamente.

84 »Vino luego el alma de mi difunta madre Anticlea, hija del magnánimo Autólico; á la cual dejara yo viva cuando partí para la sagrada Ilión. Lloré al verla, compadeciéndola en mi corazón; mas con todo eso, á pesar de sentirme muy afligido, no permití que se acercara á la sangre antes de interrogar á Tiresias.

90 »Vino después el alma de Tiresias, el tebano, que empuñaba áureo cetro. Conocióme, y me habló de esta manera:

92 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Por qué, oh infeliz, has dejado la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta región desapacible? Apártate del hoyo y retira la aguda espada, para que, bebiendo sangre, te revele la verdad de lo que quieras.»

97 »Tal dijo. Me aparté y metí en la vaina la espada guarnecida de argénteos clavos. El eximio vate bebió la negra sangre, y hablóme al punto con estas palabras: