¿Por qué, oh infeliz, dejaste la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta región desapacible?

(Canto XI, versos 93 y 94.)

100 «Buscas la dulce vuelta, preclaro Ulises, y un dios te la hará difícil; pues no creo que le pases inadvertido al que sacude la tierra, quien te guarda rencor en su corazón, porque se irritó cuando le cegaste el hijo. Pero aún llegaríais á la patria, después de padecer trabajos, si quisieras contener tu ánimo y el de tus compañeros así que ancles la bien construída embarcación en la isla Trinacria, escapando del violáceo ponto, y halléis paciendo las vacas y las pingües ovejas del sol, que todo lo ve y todo lo oye. Si las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu vuelta, aún llegaríais á Ítaca, después de soportar muchas fatigas; pero, si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y aunque tú te libres, llegarás tarde y mal, habiendo perdido todos los compañeros, en nave ajena, y hallarás en tu palacio otra plaga: unos hombres soberbios, que se comen tus bienes y pretenden á tu divinal consorte, á la cual ofrecen regalos de bodas. Tú, en llegando, vengarás sus demasías. Mas, luego que en tu mansión hayas dado muerte á los pretendientes, ya con astucia, ya cara á cara con el agudo bronce, toma un manejable remo y anda hasta que llegues á aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas, ni tienen noticia de los manejables remos que son como las alas de los buques. Para ello te diré una señal muy manifiesta, que no te pasará inadvertida. Cuando encontrares otro caminante y te dijere que llevas un aventador sobre el gallardo hombro, clava en tierra el manejable remo, haz al soberano Neptuno hermosos sacrificios de un carnero, un toro y un verraco, y vuelve á tu casa, donde sacrificarás sagradas hecatombes á las deidades que poseen el anchuroso cielo, á todas por su orden. Te vendrá más adelante y lejos del mar, una muy suave muerte, que te quitará la vida cuando ya estés abrumado por placentera vejez; y á tu alrededor los ciudadanos serán dichosos. Cuanto te digo es cierto.»

138 »Así se expresó; y yo le respondí: «¡Tiresias! Esas cosas decretáronlas sin duda los propios dioses. Mas, ea, habla y responde sinceramente. Veo el alma de mi difunta madre, que está silenciosa junto á la sangre, sin que se atreva á mirar frente á frente á su hijo ni á dirigirle la voz. Dime, oh rey, cómo podrá reconocerme.»

145 »Así le hablé; y al punto me contestó diciendo: «Con unas sencillas palabras que pronuncie te lo haré entender. Aquel de los difuntos á quien permitieres que se acerque á la sangre, te dará noticias ciertas; aquel á quien se lo negares, se volverá en seguida.»

150 »Diciendo así, el alma del rey Tiresias se fué á la morada de Plutón apenas hubo proferido los oráculos. Mas yo me estuve quedo hasta que vino mi madre y bebió la negra sangre. Reconocióme en el acto y díjome entre sollozos estas aladas palabras:

155 «¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida á esta obscuridad tenebrosa? Difícil es que los vivientes puedan contemplar estos lugares, separados como están por grandes ríos, por impetuosas corrientes y, antes que todo, por el Océano, que no se puede atravesar á pie sino en una nave bien construída. ¿Vienes acaso de Troya, después de vagar mucho tiempo con la nave y los amigos? ¿Aún no llegaste á Ítaca, ni viste á tu mujer en el palacio?»

163 »Tal dijo; y yo le respondí de esta suerte: «¡Madre mía! La necesidad me trajo á la morada de Plutón, á consultar el alma de Tiresias el tebano; pero aún no me acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, pues voy errante y padeciendo desgracias desde el punto que seguí al divino Agamenón hasta Ilión, la de hermosos corceles, para combatir con los troyanos. Mas, ea, habla y responde sinceramente: ¿Qué hado de la aterradora muerte te hizo sucumbir? ¿Fué una larga enfermedad, ó Diana, que se complace en tirar flechas, te mató con sus suaves tiros? Háblame de mi padre y del hijo que dejé, y cuéntame si mi dignidad real la conservan ellos ó la tiene algún otro varón, porque se figuran que ya no he de volver. Revélame también la voluntad y el pensamiento de mi legítima esposa: si vive con mi hijo y todo lo guarda y mantiene en pie, ó ya se casó con el mejor de los aqueos.»

180 »Así le hablé; y respondióme en seguida mi veneranda madre: «Aquélla continúa en tu palacio, con el ánimo afligido, y pasa los días y las noches tristemente, llorando sin cesar. Nadie posee aún tu hermosa autoridad real: Telémaco cultiva en paz tus heredades y asiste á decorosos banquetes, como debe hacerlo el varón que administra justicia, pues todos le convidan. Tu padre se queda en el campo, sin bajar á la ciudad, y no tiene lecho, ni cama, ni mantas, ni colchas espléndidas: sino que en el invierno duerme entre los esclavos de la casa, en la ceniza, junto al hogar, llevando miserables vestiduras; y, no bien llega el verano y el fructífero otoño, se le ponen por todas partes, en la fértil viña humildes lechos de hojas secas, donde yace afligido y acrecienta sus penas deplorando tu suerte, además de sufrir las molestias de la senectud á que ha llegado. Así morí yo también, cumpliendo mi destino: ni la que con certera vista se complace en arrojar saetas, me hirió con sus suaves tiros en el palacio, ni me acometió enfermedad alguna de las que se llevan el vigor de los miembros por una odiosa consunción; antes bien la soledad que de ti sentía y el recuerdo de tus cuidados y de tu ternura, preclaro Ulises, me privaron de la dulce vida.»

204 »De tal modo se expresó. Quise entonces realizar el propósito, que formara en mi espíritu, de abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces me acerqué á ella, pues el ánimo incitábame á abrazarla; tres veces se me fué volando de entre las manos como una sombra ó un sueño. Entonces sentí en mi corazón un dolor que iba en aumento, y dije á mi madre estas aladas palabras: