210 «¡Madre mía! ¿Por qué huyes cuando á ti me acerco, ansioso de asirte, á fin de que en la misma morada de Plutón nos echemos en brazos el uno del otro y nos saciemos de triste llanto? ¿Por ventura envióme esta vana imagen la ilustre Proserpina, para que se acrecienten mis lamentos y suspiros?»

215 »Así le dije; y al momento me contestó la veneranda madre: «¡Ay de mí, hijo mío, el más desgraciado de todos los hombres! No te engaña Proserpina, hija de Júpiter, sino que esta es la condición de los mortales cuando fallecen: los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos, pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como la vida desampara la blanca osamenta; y el alma se va volando, como un sueño. Mas, procura volver lo antes posible á la luz y sabe todas estas cosas para que luego las refieras á tu consorte.»

225 »Mientras así conversábamos, vinieron—enviadas por la ilustre Proserpina—cuantas mujeres fueron esposas ó hijas de eximios varones. Reuniéronse en tropel alrededor de la negra sangre, y yo pensaba de qué modo podría interrogarlas por separado. Al fin parecióme que la mejor resolución sería la siguiente: desenvainé la espada de larga punta que llevaba al lado del muslo y no permití que bebieran á un tiempo la denegrida sangre. Entonces se fueron acercando sucesivamente, me declararon su respectivo linaje, y á todas les hice preguntas.

235 »La primera que vi fué Tiro, de ilustre nacimiento, la cual manifestó que era hija del insigne Salmoneo y esposa de Creteo Eólida. Habíase enamorado de un río que es el más bello de los que discurren por el orbe, el divinal Enipeo, y frecuentaba los sitios próximos á su hermosa corriente; pero Neptuno, que ciñe y bate la tierra, tomando la figura de Enipeo, se acostó con ella en la desembocadura del vorticoso río. La ola purpúrea, grande como una montaña, se encorvó alrededor de entrambos, y ocultó al dios y á la mujer mortal. Neptuno desatóle á la doncella el virgíneo cinto y le infundió sueño. Mas, tan pronto como hubo realizado sus amorosos deseos, le tomó la mano y le dijo estas palabras: «Huélgate, mujer, con este amor. En el transcurso del año parirás hijos ilustres, que nunca son estériles las uniones de los inmortales. Cuídalos y críalos. Ahora vuelve á tu casa y abstente de nombrarme, pues sólo para ti soy Neptuno, que sacude la tierra.» Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Tiro quedó encinta y parió á Pelias y á Neleo, que habían de ser esforzados servidores del gran Júpiter; y vivieron Pelias, rico en ganado, en la extensa Yaolco, y Neleo, en la arenosa Pilos. Además, la reina de las mujeres tuvo de Creteo otros hijos: Esón, Feres y Amitaón, que combatía en carro.

260 »Después vi á Antíope, hija de Asopo, que se gloriaba de haber dormido en brazos de Júpiter. Parió dos hijos—Anfión y Zeto—los primeros que fundaron y torrearon á Tebas, la de las siete puertas; pues no hubiesen podido habitar aquella vasta ciudad desguarnecida de torres, no obstante ser ellos muy esforzados.

266 »Después vi á Alcmena, esposa de Anfitrión, la cual del abrazo de Júpiter tuvo al fornido Hércules, de corazón de león; y luego parió á Megara, hija del animoso Creonte, que fué la mujer del Anfitriónida, de valor indómito.

271 »Vi también á la madre de Edipo, la bella Epicasta, que cometió inconscientemente una gran falta, casándose con su hijo; pues éste, luego de matar á su propio padre, la tomó por esposa. No tardaron los dioses en revelar á los hombres lo que había ocurrido: y, con todo, Edipo siguió reinando sobre los cadmeos en la agradable Tebas, por los funestos designios de las deidades; mas ella, abrumada por el dolor, descendió á la morada de Plutón, de sólidas puertas, atando un lazo al elevado techo, y dejóle tantos dolores como causan las Furias de una madre.

281 »Vi igualmente á la bellísima Cloris—á quien por su hermosura tomara Neleo por esposa, constituyéndole una dote inmensa—hija menor de Anfión Yásida, el que imperaba en Orcómeno Minieo: ésta reinó en Pilos y tuvo de Neleo hijos ilustres: Néstor, Cromio y el arrogante Periclímeno. Parió después á la ilustre Pero, encanto de los mortales, que fué pretendida por todos sus vecinos; mas Neleo se empeñó en no darla sino al que le trajese de Fílace las vacas de retorcidos cuernos y espaciosa frente del robusto Ificlo; empresa difícil de llevar al cabo. Tan sólo un eximio vate prometió traérselas; pero el hado funesto de los dioses, juntamente con unas fuertes cadenas y los boyeros del campo, se lo impidieron. Mas, después que pasaron días y meses y, transcurrido el año, volvieron á sucederse las estaciones, el robusto Ificlo soltó al adivino, que le había revelado todos los oráculos, y cumplióse entonces la voluntad de Júpiter.

298 »Vi también á Leda, la esposa de Tíndaro, que le parió dos hijos de ánimo esforzado: Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil. Á éstos los mantiene vivos la alma tierra, y son honrados por Júpiter debajo de la misma; de suerte que viven y mueren alternativamente, pues el día que vive el uno muere el otro y viceversa. Ambos disfrutan de los mismos honores que los númenes.

305 »Después vi á Ifimedia, esposa de Aloeo, la cual se preciaba de haberse ayuntado con Neptuno. Había dado á luz dos hijos de corta vida: Oto, igual á un dios, y el celebérrimo Efialtes; que fueron los mayores hombres que criara la fértil tierra y los más gallardos, si se exceptúa el ínclito Orión, pues á los nueve años tenían nueve codos de ancho y nueve brazas de estatura. Oto y Efialtes amenazaron á los inmortales del Olimpo con llevarles el tumulto de la impetuosa guerra. Quisieron poner el Osa sobre el Olimpo, y encima del Osa el frondoso Pelión, para que el cielo les fuese accesible. Y dieran fin á su propósito, si hubiesen llegado á la flor de la juventud; pero el hijo de Júpiter, á quien parió Latona, la de hermosa cabellera, exterminólos á entrambos antes que el vello floreciese debajo de sus sienes y su barba se cubriera de suaves pelos.