601 »Vi después al fornido Hércules ó, por mejor decir, su imagen; pues él está con los inmortales dioses, se deleita en sus banquetes, y tiene por esposa á Hebe, la de los pies hermosos, hija de Júpiter y de Juno, la de las áureas sandalias. En contorno suyo dejábase oir la gritería de los muertos—cual si fueran aves—que huían espantados á todas partes; y Hércules, semejante á tenebrosa noche, llevaba desnudo el arco con la flecha sobre la cuerda, y volvía los ojos atrozmente como si fuese á disparar. Llevaba alrededor del pecho un tahalí de oro, de horrenda vista, en el cual se habían labrado obras admirables: osos, agrestes jabalíes, leones de relucientes ojos, luchas, combates, matanzas y homicidios. Ni el mismo que con su arte construyó aquel tahalí, hubiera podido hacer otro igual. Reconocióme Hércules, apenas me vió con sus ojos, y lamentándose me dijo estas aladas palabras:

617 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¡Ah mísero! Sin duda te persigue algún hado funesto, como el que yo sufría mientras me alumbraban los rayos del sol. Aunque era hijo de Júpiter Saturnio, hube de padecer males sin cuento por encontrarme sometido á un hombre muy inferior que me ordenaba penosos trabajos. Una vez me envió aquí para que sacara el can, figurándose que ningún otro trabajo sería más difícil; y yo me lo llevé y lo saqué del Orco, guiado por Mercurio y por Minerva, la de los brillantes ojos.»

627 »Cuando así hubo dicho, volvió á internarse en la morada de Plutón; y yo me quedé inmóvil, por si viniera algún héroe de los que murieron anteriormente. Y hubiese visto á los hombres antiguos á quienes deseaba conocer (á Teseo y á Pirítoo, hijos gloriosos de las deidades); pero congregóse, antes que llegaran, un sinnúmero de difuntos con gritería inmensa y el pálido terror se apoderó de mí, temiendo que la ilustre Proserpina no me enviase del Orco la cabeza de la Gorgona, horrendo monstruo. Volví en seguida al bajel y ordené á mis compañeros que subieran al mismo y desatasen las amarras. Embarcáronse acto continuo y se sentaron en los bancos. Y la onda de la corriente llevaba nuestra embarcación por el río Océano, empujada al principio por el remo y más tarde por próspero viento.


Circe con alguna de sus criadas va á la orilla del mar al encuentro de Ulises

CANTO XII

LAS SIRENAS, ESCILA, CARIBDIS, LAS VACAS DEL SOL

1 »Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó á las olas del vasto mar y á la isla Eea—donde están la mansión y las danzas de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol;—la sacamos á la arena, después de saltar á la playa, nos entregamos al sueño, y aguardamos la aparición de la divinal Aurora.