504 »Así habló; y le contesté diciendo: «Nada ciertamente he sabido del irreprochable Peleo; mas de tu hijo Neoptólemo te diré toda la verdad, como lo mandas, pues yo mismo lo llevé, en una cóncava y bien proporcionada nave, desde Esciro al campamento de los aqueos, de hermosas grebas. Cuando teníamos consejo en los alrededores de la ciudad de Troya, hablaba siempre antes que ninguno y sin errar; y de ordinario tan sólo el divino Néstor y yo le aventajábamos. Mas, cuando peleábamos con las broncíneas armas en la llanura de los troyanos, nunca se quedaba entre muchos guerreros ni en la turba; sino que se adelantaba á toda prisa un buen espacio, no cediendo á nadie en valor, y mataba á gran número de hombres en el terrible combate. Yo no pudiera decir ni nombrar á cuantos guerreros dió muerte, luchando por los argivos; pero referiré que mató con el bronce á un varón como el héroe Eurípilo Teléfida, en torno del cual fueron muertos muchos de sus compañeros ceteos á causa de los presentes que se habían enviado á una mujer. Aún no he conseguido ver un hombre más gallardo, fuera del divinal Memnón. Y cuando los más valientes argivos penetramos en el caballo que fabricó Epeo y á mí se me confió todo (así el abrir como el cerrar la sólida emboscada), los caudillos y príncipes de los dánaos se enjugaban las lágrimas y les temblaban los miembros; pero nunca vi con estos ojos que á él se le mudara el color de la linda faz, ni que se secara las lágrimas de las mejillas: sino que me suplicaba con insistencia que le dejase salir del caballo, y acariciaba el puño de la espada y la lanza que el bronce hacía ponderosa, meditando males contra los teucros. Y así que devastamos la excelsa ciudad de Príamo y hubo recibido su parte de botín y además una señalada recompensa, embarcóse sano y salvo, sin que le hubiesen herido con el agudo bronce ni de cerca ni de lejos, como ocurre frecuentemente en las batallas, pues Marte se enfurece contra todos sin distinción alguna.»
538 »Así le dije; y el alma del Eácida, el de pies ligeros, se fué á buen paso por la pradera de asfódelos, gozosa de que le hubiese participado que su hijo era insigne.
541 »Las otras almas de los muertos se quedaron aún y nos refirieron, muy tristes, sus respectivas cuitas. Sólo el alma de Ayax Telamonio permanecía algo distante, enojada porque le vencí en el juicio que se celebrara cerca de las naves para adjudicar las armas de Aquiles; juicio propuesto por la veneranda madre del héroe y fallado por los teucros y por Palas Minerva. ¡Ojalá no le hubiese vencido en el mismo! Por tales armas guarda la tierra en su seno una cabeza cual la de Ayax; quien, por su gallardía y sus proezas, descollaba entre los dánaos después del irreprochable Pelida. Mas entonces le dije con suaves palabras:
553 «¡Oh Ayax, hijo del egregio Telamón! ¿No debías, ni aun después de muerto, deponer la cólera que contra mí concebiste con motivo de las perniciosas armas? Los dioses las convirtieron en una plaga contra los argivos, ya que pereciste tú que tal baluarte eras para todos. Á los aqueos nos ha dejado tu muerte constantemente afligidos, tanto como la del Pelida Aquiles. Mas nadie tuvo culpa sino Júpiter que, en su grande odio contra los belicosos dánaos, te impuso semejante destino. Ea, ven aquí, oh rey, á escuchar mis palabras; y reprime tu ira y tu corazón valeroso.»
563 »Así le hablé; pero nada me respondió y se fué hacia el Érebo á juntarse con las otras almas de los difuntos. Desde allí quizás me hubiese dicho algo, aunque estaba irritado, ó por lo menos yo á él, pero en mi pecho incitábame el corazón á ver las almas de los demás muertos.
568 »Allí vi á Minos, ilustre vástago de Jove, sentado y empuñando áureo cetro, pues administraba justicia á los difuntos. Éstos, unos sentados y otros en pie á su alrededor, exponían sus causas al soberano en la morada, de anchas puertas, de Plutón.
572 »Vi después al gigantesco Orión, el cual perseguía por la pradera de asfódelos las fieras que antes matara en las solitarias montañas, manejando irrompible clava toda de bronce.
576 »Vi también á Ticio, el hijo de la augusta Tierra, echado en el suelo, donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno á cada lado, le roían el hígado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que pudiera rechazarlos con las manos; porque intentó hacer fuerza á Latona, la gloriosa consorte de Júpiter, que se encaminaba á Pito á través de la amena Panopeo.
582 »Vi asimismo á Tántalo, el cual padecía crueles tormentos, de pie en un lago cuya agua le llegaba á la barba. Tenía sed y no conseguía tomar el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con la intención de beber, otras tantas desaparecía el agua absorbida por la tierra; la cual se mostraba negruzca en torno á sus pies y un dios la secaba. Encima de él colgaban las frutas de altos árboles,—perales, manzanos de espléndidas pomas, higueras y verdes olivos;—y cuando el viejo levantaba los brazos para cogerlas, el viento se las llevaba á las sombrías nubes.
593 »Vi de igual modo á Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejaba con los pies y las manos é iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero, cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa hacía retroceder la insolente piedra que caía rodando á la llanura. Tornaba entonces á empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza.